¿Vuelve el filósofo que diseccionó el capital?

Su  pensamiento desapareció con la caída del Muro. Hoy se lo explora en busca de respuestas sin obligación revolucionaria.

Los aniversarios pueden ser inoportunos. Es lo que aconteció con el centenario de la muerte de Karl Marx, allá por marzo de 1983: no podía haber coincidido con una coyuntura menos favorable. Eran los tiempos grises del comunismo de Breznev, del golpe de Estado del General Jaruzelski en Polonia, del apoteosis de Juan Pablo II, heraldo del anticomunismo internacional. En una París hasta poco tiempo atrás epónimo de la Revolución, brillaban en la tevé unos “nuevos filósofos”, hijos desencantados de Mayo de 1968. La edición londinense del semanario Time los había convertido en noticia internacional bajo un título de tapa que ofrecía una síntesis elocuente de aquellos tiempos: “Marx is dead”. Los países del Cono Sur todavía estaban sometidos a dictaduras militares. Sólo recordaron el cumpleaños del viejo Marx algunas revistas semiclandestinas, aunque en el año de gracia de 1983 no faltó en el diario La Nación la nota de un “filósofo” del Proceso, Jorge L. García Venturini, sobre el totalitarismo de Marx y su maestro Hegel desafiando el“espíritu de Occidente”.

Pasaron desde entonces 35 años. No me atrevería a afirmar que nuestro mundo es mucho mejor que el de 1983, pero todo indica que el bicentenario del nacimiento de Marx va a ser celebrado a nivel global en un clima mucho más propicio. El signo más visible de este nuevo interés por Marx es la notable proliferación contemporánea de reediciones de su obra. Los soviéticos, durante los 70 años que gobernaron Rusia, fueron incapaces de concluir el tantas veces anunciado plan de edición de Obras Completas de Marx y Engels. Hoy el Internationale Marx-Engels-Stiftung(Fundación Internacional Marx-Engels) con sede en Ámsterdam, viene llevando a cabo un colosal plan de edición crítica en 120 tomos, lo que constituye a su vez un cantero extraordinario para preparar nuevas y más cuidadas traducciones.

Aunque el marxismo ya no es “el horizonte intelectual de nuestra época” como quería Sartre, ni el “careo con Marx” sigue siendo la piedra de toque de todo pensador, como pretendía Lukács, la producción de obras sobre el pensamiento de Marx también conoce en este comienzo de siglo un notable incremento. Su teoría del valor, su concepción del fetichismo, su noción de autonomía de lo político en las experiencias bonapartistas o sus tesis sobre la expansión del capitalismo a la periferia inspiraron obras contemporáneas tan diversas como las de Slavoj Žižek, Enrique Dussel, Ernesto Laclau, Álvaro García Linera o Moishe Postone (murió el 19 de marzo).

Y si la última generación de viejos marxistas actualizaron ese paradigma –Immanuel Wallerstein con su teoría del sistema-mundo, Giovanni Arrighi con su concepción de los ciclos capitalistas y sus crisis– o lo expandieron hacia nuevas dimensiones del saber –Fredric Jameson hacia la crítica cultural, David Harvey hacia la geografía, Mike Davis hacia el urbanismo, Perry Anderson hacia la filosofía política, Toni Negri hacia el nuevo orden mundial posnacional–, una nueva generación de pensadores radicales –no nece-sariamente “marxistas”– recuperan ciertos núcleos teóricos de la obra de Marx para pensar nuevas subjetividades y renovadas formas de resistencia. Como ha señalado Razmig Keucheyan en Hemisferio izquierda, el marxismo ya no es hegemónico en el universo del pensamiento crítico, pero ni la teoría queer, ni los poscoloniales, ni los acontecimentalistas, ni los deconstructivistas, por mencionar algunas variantes, han dejado de dialogar con Marx. El autor de El Capital ha bajado de su pedestal para dialogar de igual a igual, como seguramente le hubiera complacido, con Spinoza o con Pascal, con Hannah Arendt o Carl Schmidt.

El propio itinerario biográfico de Marx conoce en estos días un interés imprevisto pocas décadas atrás. Por una parte, hace pocos meses se estrenaba en Europa El joven Karl Marx, el film del haitiano Raoul Peck que recogió críticas favorables en todo el mundo. Por otra, Penguin lanzaba hace apenas un año Karl Marx. Greatness and Illusion (Karl Marx. Grandeza e ilusión), un volumen de casi 800 páginas de notable agudeza y erudición del historiador de la Universidad de Cambridge Gareth Stedman Jones, cuya versión española anuncia para los próximos meses la editorial Taurus de Madrid. El filósofo alemán Michael Heinrich, formado en la escuela del marxismo crítico de Elmar Altvater, tiene en preparación desde hace años una biografía monumental en tres volúmenes (Karl Marx o el nacimiento de la edad moderna), el primero de los cuales deberá aparecer en abril próximo, simultáneamente en varios idiomas y en diversas regiones del globo (los próximos volúmenes están previstos para 2020 y 2022). Nadie hubiera esperado estas nuevas biografías cuando no pasaron siquiera cinco años desde que apareció la penetrante obra de Jonathan Sperber, historiador de la Universidad de Chicago: Karl Marx: A Nineteenth-Century Life(2013), traducida por Galaxia Gutenberg como Karl Marx. Una vida decimonónica.

El subtítulo de la obra de Sperber nos da una pauta del tenor de estos nuevos estudios: Marx ya no es tanto el “Prometeo de Tréveris”–como se titulaba la biografía del alemán oriental Gunter Radczun–, como un hombre plenamente inserto en el horizonte y en el drama de su propio tiempo. Por decisiva que haya sido su gravitación sobre el siglo XX, sus nuevos biógrafos se esfuerzan por restituirlo a sus coordenadas históricas (no casualmente tanto Stedman Jones como Sperber son especialistas en la historia del siglo XIX). El británico ha añadido a su biografía un capítulo que se aventura más allá de 1883 (“regreso al futuro”), mientras que el estadounidense ha manifestado expresamente su intención de despejar Marx y marxismo. Esto no quiere decir que no atienda debidamente el legado dejado por Marx, sino que se abstiene de ingresar en un terreno que considera distinto y que en todo caso amerita otra obra: qué es lo que ha hecho la posteridad con ese legado.

Este esfuerzo por separar a Marx del marxismo, con todos los problemas que entraña, nos brinda de todos modos una pista para descifrar este nuevo interés por Marx. Los nuevos lectores y los jóvenes estudiosos ya no son los militantes de partido ni sus compañeros de ruta. No son los comunistas ortodoxos de antaño ni los partidarios de las disidencias comunistas –trotskistas, maoístas, etc.–. El último triunfo póstumo de Marx fue verse liberado de la pesada hipoteca de fines del siglo pasado, cuando era considerado el responsable intelectual de los comunismos reales. El desprestigio de estos “ismos”, la desaparición de los centros de codificación y edición del “marxismo” (Moscú, Berlín o Pekín), el descrédito de los manuales de “marxismo-leninismo” y de las interpretaciones canónicas que culminaban en el triunfo inexorable del comunismo, con sus líderes infalibles y sus estados guía, arrastraron en un primer momento a Marx y su obra. Sin embargo, Marx volvió a emerger de entre los escombros del Muro de Berlín. No el mismo Marx, claro, sino un pensador más secularizado, menos sujetado a las experiencias políticas y los sistemas ideológicos del siglo XX. Para corroborar esta mutación en el imaginario social, basta contrastar la solemne iconografía de los viejos retratos del barbado Marx con las irreverentes intervenciones a que los jóvenes diseñadores gráficos han sometido sus fotografías en la web, en las revistas estudiantiles, en los fanzines, en los volantes. Este Marx con su barba teñida de verde, sus ojos maquillados con rimmel o sus labios con carmín, dialoga mejor con las jóvenes generaciones del siglo XXI que aquel Marx hierático de las estatuas.

La narrativa dominante en 1983 según la cual el autor de El Capital era sin más el padre de la criatura y que de Marx al gulag no había más que una línea necesaria de desarrollo, comenzó a debilitarse a fines de siglo. Las preguntas por el fracaso de los “socialismos reales” comenzaron incluso a dirigirse a la obra de propio Marx, y aunque el filósofo de Tréveris no ofrecía, como en el pasado, una respuesta a cada interrogante, el siglo XX concluyó con la esperanza de“liberar a Marx” (John Holloway), de abordar un Marx “sin ismos” (Paco Fernández Buey).

Incluso admitiendo que la profecía de Marx de la emancipación humana había fracasado, el mundo globalizado de comienzos del tercer milenio era asombrosamente parecido al descripto por Marx en el Manifiesto comunista. La nueva crisis mundial que estalló en 2008 vino a recordarnos que al menos el diagnóstico crítico de Marx sobre la dinámica de expansión del capitalismo con sus crisis periódicas y con su carga de miseria, exclusión y violencia sistémica, permanece vigente. Las reediciones de El Capital se reactivaron entonces en todo el globo mientras que el nuevo best-seller en materia económica que vino a mostrar la relación entre aumento de la tasa de acumulación del capital y crecimiento de la desigualdad, se titulaba justamente El Capital del siglo XXI (Piketty). Así, aunque de otro modo, seguimos leyendo a Marx en el siglo XXI.

Karl Marx murió en Londres, el 14 de marzo de 1883, a la edad de sesenta y cinco años. Hoy sabemos que aquello se decía en El Prometeo de Tréveris –“los hombres de todo el mundo lloraron su muerte”– era en el mejor de los casos una hipérbole reconfortante. Apenas once personas asistieron a su funeral. Pero su obra, ciertamente, alcanzó un extraordinario reconocimiento póstumo. Ya lo señalamos al inicio de esta nota: la gran prensa lo dio por muerto cuando se cumplían cien años de su fallecimiento. Y sin embargo su espectro –como vino a recordar Jacques Derrida en años sombríos– no dejó de asediar al capitalismo. Hoy Marx ha vuelto. Es posible que muchas de las preguntas que nos planteamos a propósito de su obra nos lleven (para utilizar la expresión de Toni Negri) más allá de Marx. Pero lo que es indudable es que aún en el siglo XXI, ya sea para descifrar nuestro presente, ya sea para realimentar la utopía de excederlo, seguimos dialogando con él. Volvemos sobre sus análisis, su modo sintomático de leer, sus imágenes poderosas, su promesa de redención humana. “No hay porvenir sin Marx –escribió Derrida en aquellos tiempos oscuros–. Sin la memoria y sin la herencia de Marx”.

HoracioTarcus es Doctor en Historia (UNLP), director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina y autor, entre otros, de El socialismo romántico en el Río de la Plata.

Revista Ñ.

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