Todos, pero todos, los libros de una vida

En su último ensayo, el notable historiador del arte revela su tesoro más preciado: el intenso itinerario de sus lecturas y el hallazgo de una vocación.

Todos, pero todos, los libros de una vida

José Emilio Burucúa en su biblioteca. Foto: David Fernandez

 

Lejos y hace unos meses se discutía si lo que un lector ha retirado de una biblioteca –la lista de libros que tomó prestados– es de su propiedad y no debe ser revelado al público. Es una polémica que puede dar sus dividendos. Como sea, en una época en la que casi todo se vuelve obvio, detectable, resumible, público, gritado, la lectura callada persiste como un último bastión de lo íntimo. Esto es obvio, pero la intimidad es lo menos obvio que pueda haber, y no significa que quien exhiba sus estantes esté desparramando secretos.

En Excesos lectores, ascetismos iconográficos, José Emilio Burucúa cuenta todo lo que leyó y deja entrever algunos de sus efectos. No cuenta, en cambio –no lo recuerda, no lo sabía del todo, o prefiere guardarlo para sí–, qué sucedía en el momento de la lectura con cada uno de los libros que para él fueron decisivos y que configuran el caudaloso repertorio de su canon privado. Sería entrar en la demencia –y por otra parte inverosímil– retratar documental, diariamente, una vida de lector. De una “biografía lectora”, como la llama Burucúa, apenas quedan retazos y restos de un milagro. Y otro, y otro, y otro.

En contra de las biografías, Valery Larbaud decía que lo esencial de la vida de un escritor consiste en la lista de libros que ha leído. Burucúa es un escritor –antes y después que un historiador del arte– y su vida no carece de interés, pero tuvo a bien confeccionar un inventario de lecturas de siete décadas, que sirve ahora de larga demostración de la categoría irrepetible de cada lector devoto. Estamos ante un índice onomástico glosado, expandido, tan exhaustivo como sus otros ensayos. Burucúa despliega aquí una especie de enciclopedismo de sí mismo (simpatiquísimo, por cierto) y el itinerario que traza en retrospectiva evidencia que una lectura puede actuar de sutil pronóstico de quien lee. Y que un ábaco de lecturas son puras conexiones, prolongaciones, contrastes: el que empezó leyendo Corazón de Edmundo De Amicis terminó leyendo a Aby Warburg (quizá el arco es menos incongruente de lo que parece). El sendero de Burucúa –con momentos de via crucis– es el del hallazgo de una vocación. Y prueba otra vez lo que se puede tardar –aun en una mente de extrema lucidez– en encontrar una dirección definitiva.

Libro sobre la lectura, Excesos lectores… es por ende muchos libros. Es asimismo una autobiografía (y por lo tanto un retrato de los padres del autor), es decir un libro vital sobre la melancolía. Se trasluce en el autor un bello sentido del tiempo ligado al de la familia. Son los de este polígrafo indisciplinado trabajos de amor no perdidos: lo suyo es terminar la tarea comenzada por otro, no importa si es un pintor renacentista, un pariente rumano que había empezado a redactar sus memorias, o un simple novelista que estaba a la espera de un lector que completara su círculo. Tareas raras para alguien a quien se insiste en encerrar en la palabra erudito, pero como susurraba Góngora “la erudición engaña”.

Es un libro honesto, incluso valiente en más de una ocasión, capaz de narrar hazañas de lector (el fichado de miles de páginas) o admitir saludables lagunas. Lateral o subterráneamente, es una historia íntima de la producción y circulación de libros en la Argentina. Acaso sea, sobre todo, un libro sobre maestros –en especial Héctor Schenone y Héctor Ciocchini–, sobre la proximidad entre lectura y magisterio. A veces por cariño o por bondad se exagera ante otro la influencia de un maestro; da la impresión de que Burucúa sólo quiere ser justo, y fiel a lo sucedido. (A propósito, en más de un pasaje el lector se convence de que es por medio de la lectura que una ausencia nos hace compañía). Los historiadores –de Herodoto y Tucídides, pasando por Saldías, Irazusta y Busaniche, hasta Roger Chartier y Carlo Ginzburg– ocupan aquí un lugar de privilegio. Las memorias de Halperín Donghi son “una idea platónica de esto que escribo”.

Si un eclecticismo de lecturas conformó la singularidad de Burucúa lector, es en los cruces de territorio que sus libros encuentran su originalidad. El sistema binario –Historia y ambivalencia, La imagen y la risa, Corderos y elefantes, Sabios y marmitones– es una máscara veneciana que estalla en el interior de esos libros.

Gracias a Excesos lectores… uno se entera de que Burucúa supo por primera vez que sabía leer por los subtítulos del cine, que sus primeros libros fueron los primeros de muchísimas generaciones de las más diversas geografías (De Amicis, Mark Twain, etc.), que ha cultivado una seria afición por lo serial (leyó la colección completa de Tintín 30 veces), y que lo que no tiene formato de serie es convertido en tal por medio de sucesivas relecturas (Don Quijote).

Burucúa reconoce que Zama es “la mejor novela argentina que he conocido”, que “la despedida de Fierro y sus hijos es la que anhelaría para mi propio final”, y que “la lectura nunca me dio veneno, sino plenitud enaltecida”. Desde el primer día la lectura satisfizo en él un apetito de mundo que luego también colmarían los viajes, cristalizados por extensas estadías en puntos de Europa (Florencia, Berlín) o en Ushuaia.

Difícil no simpatizar con sus arrebatos: “nada me transportó más al horizonte de la literatura, del ingenio, del sentirme ser humano hasta el tuétano por el mero hecho de leer, que recorrer páginas y páginas de la novela más inteligente y disparatada del mundo, el Cándido de Voltaire”. Su método, sintetiza, consiste en “realizar mis lecturas como si estuviera más allá de la circunferencia última a la que me aproximo como un polígono que multiplica y multiplica sus lados”.

Como adicto a imágenes –sus planos, sus capas, sus dobles fondos– vistas o leídas, Burucúa debe ser uno de los coleccionistas mentales más ricos del mundo. Esto alienta a especular si lo que más quiere creer cierto lector es en una superstición privada: las imágenes perduran dentro suyo, actuando en su defensa. Las imágenes leídas y vistas más queridas acaso como un sistema inmunológico. Puede sospecharse que tal vez Burucúa ha leído novelas –en esto, como tantos otros– para ampliar el repertorio de imágenes de una vida (y alguno quizá lee para reemplazarlas). Las bibliotecas son para él depositarias y centinelas de textos, pero también de imágenes, y fue en bibliotecas donde dice haber encontrado el paraíso (especialmente la del Instituto Warburg, que le obsequió una metodología de lo azaroso para su insaciable curiosidad).

El título de este último libro de Burucúa explicita su relación con el exceso, con lo barroco (en su caso, la información desbordante). Su afición por el amoroso écfrasis –descripción de cuadros, museos, edificios– manifestado magistralmente en sus libros de cartas, tal vez responde a una fantasía temerosa de una eventual destrucción total de la que sólo quedarían los libros. No hay que olvidar que lo que lo sedujo de los textos de Warburg es que “la erudición parecía no colmarse nunca, como si Warburg no rehuyera la confesión explícita de que algo fundamental de lo estudiado quedaba abierto e inconcluso”. La marca de un lector es casi siempre el exceso –lo que se sale de programa– pero en Burucúa esa es también su marca como escritor. La tentación por extralimitarse es la que configura su estilo, el de alguien que, paradójicamente, no redacta pensando en un lector. Y esto su lector no lo toma como una ofensa, sino como un elogio a su paciencia, de la que desconfían, dicho sea de paso, no pocos narradores.

La voz de Excesos lectores… es tan consistente como seductora, y buena parte de su magnetismo pasa por la constante ironía de Burucúa hacia sí mismo. Lo que le falta al mundo es lo que le sobra a él: ánimo de reírse (a pesar y en contra de las atrocidades pasadas y presentes), aquello que llama precisamente el “rasgo singular que nos diferencia de los animales”.

En una oportunidad, en Berlín, Burucúa oyó al músico Helmut Lachenmann decir que “el arte es una magia reflexiva”. Leyendo al autor de Cartas norteamericanas, uno termina pensando que la clase de ensayo que él practica bien puede ser eso, un encanto introspectivo. Es el que saben ejercitar estudiosos discretos como el belga Simon Leys o narradores floridos como el inglés Patrick Leigh Fermor: cosmopolitas, hondos, versátiles (especializados en una materia pero bifurcados hacia mil jardines). Uno puede pasarse una noche entera leyendo a cualquiera de ellos, como si avanzara en una novela de aventuras, como si volviera a leer la historia de aquel pequeño escribiente florentino que se quedaba despierto hasta tarde para copiar lo que no había podido transcribir su padre. Autor y lector, entonces, desvelados en medio de la noche, haciendo un trabajo para otro: el que serán.

Excesos lectores, ascetismos iconográficos, José Emilio Burucúa. Ampersand, 232 págs.
Fuente: Clarín.

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