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Del Siglo de Oro al Destape en los 80

El guionista Javier Olivares habla de la exitosa serie española de ciencia ficción, historia y aventuras que redefine el género de los viajes en el tiempo.

España tiene un ministerio oculto desde la época de Isabel La Católica. Fue el rabino Abraham Levi quien, a cambio de salvarse de la Inquisición, le rebeló a la Corona la existencia de unas puertas que permiten viajar en el tiempo. Y este Ministerio del Tiempo continúa vigente hasta hoy, con sede en Madrid, tras la fachada de un edificio supuestamente abandonado y en el más absoluto secretismo. Su objetivo: que nadie altere la Historia.

Este es el leitmotiv de El Ministerio del Tiempo, creada por los hermanos Javier y Pablo Olivares, estrenada en febrero de 2015 en TVE y que a través de Netflix podrá verse en Argentina y en muchos otros países a partir del 28 de enero.

“Esta serie es un homenaje eterno a Pablo. Él tuvo la idea inicial y escribió los primeros capítulos con un ordenador de reconocimiento ocular. Con las pupilas, pestañeo a pestañeo”, cuenta Javier Olivares, quien asumió en soledad la dirección creativa de la serie luego de que el ELA se llevara a su hermano a finales de 2014, impidiéndole ver el estreno.

–La serie da una vuelta de tuerca al género de los viajes en el tiempo. ¿Cómo se les ocurrió este formato?

–La serie en sí es una mezcla de géneros: el fantástico, el de aventuras y el histórico. Y las primeras inspiraciones no fueron de series sino literarias: Las puertas de Anubis, de Tim Powers, Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain o La patrulla del tiempo de Anderson. Y novelas españolas del XIX casi desconocidas, anteriores a las de H.G. Wells, como El anacronópete, de Gaspar y Rimbau o El soldado español de veinte siglos, de Gómez de Arteche. En series, la que más nos ha influido fue Life on Mars, que quisimos hacer su versión en España y al final no pudimos. Y Dr. Who, por su concepto de serie pop que mantuvimos con El Ministerio del Tiempo, haciendo convivir diversas referencias: Lorca o Lope de Vega con Luis Aragonés o Serrat.

–El eje que vertebra toda la serie es la confrontación entre el lema del Ministerio de “El tiempo es el que es” y su función de proteger la Historia tal cual ocurrió frente a la tentación de los protagonistas por cambiar el pasado. ¿Esta discusión puede leerse como una analogía con la sociedad española y su manera de enfrentarse con el pasado?

–Proteger la historia oficial es algo que a muchos les huele a conservador, pero es más bien un reflejo de cierto fatalismo español de “deja, deja, que si lo cambiamos la cagamos más todavía”. En realidad, todos van cambiando pequeñas cosas desde el primer capítulo. Y, sobre todo, van cambiando ellos, nuestros protagonistas. Pero cuando vuelven al siglo XXI, se dan cuenta de que el ser humano tiene poco arreglo y que España siempre tiene los mismos problemas de falta de diálogo. Por eso se acaban preguntando: ¿por qué tengo que salvarle la vida a un tipo famoso que sale en los libros pero que es un impresentable, y no a mi esposa, que la atropelló un borracho? Respecto de la sociedad española, en general miramos poco nuestra historia. Si lo hiciéramos, seríamos más inteligentes y no cometeríamos siempre los mismos errores.

–En El Ministerio del Tiempo no se puede viajar al futuro. ¿Por qué esta decisión argumental?

–Esta serie tiene como una de sus claves la Historia, lo que pasó. Lo puedes reinterpretar, pero pasó. Si miras al futuro, no pasó: te lo tienes que inventar.

–¿De qué manera cree que recibirá el público argentino esta serie?

–Muchos amigos míos argentinos la han visto y les encanta. Está claro que hay guiños y referencias que no se van a pillar todas. Pero es una serie que tiene muchas capas y que apela a un público inteligente y curioso. Y el público argentino lo es.

–Ha trabajado como director y guionista en muchas series de TV. ¿Este es su trabajo más arriesgado?

–Esta fue la serie más complicada de crear y de producir que he hecho y que, probablemente, haga nunca. Mezclar tres épocas diferentes como mínimo en cada capítulo, 200 figurantes (extras), un 70% en exteriores o interiores naturales. Todo ello hace de El Ministerio… una serie muy compleja, porque debe tener ritmo, aventura, comedia, drama. Y cada capítulo es una novela que se cierra en sí misma. Personalmente, me ha llevado al límite, pero lo importante es lo que se ve en pantalla, no lo que ha motivado a luchar por ello.

–La serie ha llegado a las escuelas secundarias, donde muchos profesores la usan para sus clases de Historia.

–En España había un público esperando una serie diferente y aparecimos. Y cuando te cuentan que en los colegios dan clase con tu serie o cuando ves que la Biblioteca Nacional o el Museo del Prado tuitea cada capítulo en directo, entonces te alegras aún más. Nuestro público es muy variado: niños, jóvenes, gente mayor. Gente que sabe que esta serie le va a sorprender y no se va a repetir. Pero el factor sorpresa es tan importante como saber que una buena serie no se basa siempre en darle al espectador lo que quiere. Ese espectador no me interesa. Quiero uno que viaje conmigo por el tiempo, de sorpresa en sorpresa y que nunca se acomode. Al que le pueda contar mis alegrías y mis miedos a través de los personajes y se vea reflejado en ellos. Que le apetezca imaginarse viajando por el tiempo para volver a ver un amor perdido o a Velázquez tomando un vino con Picasso y a Lope de Vega discutiendo con Cervantes y queriendo conocer a Shakespeare. Sobre todo, porque vuelvo a acordarme de Pablo y de una frase suya: “El principal objetivo de una serie es entretener. Pero no podemos conformarnos con eso”. Y me reafirmo en lo que siempre ha movido mi trabajo como guionista: hay que emocionar. Todos nos emocionamos con las mismas cosas: lo que queremos, lo que deseamos y no tenemos, lo que perdimos. Y el que se emociona, piensa.

Una mirada hacia el pasado

A través de una tríada entre ciencia ficción, historia y humor que se mantiene durante sus tres temporadas, El Ministerio del Tiempo también transita por el género policial y el de aventuras. Se permite la ucronía, en un capítulo en el que un argentino especializado en esoterismo se cuela en las puertas, conoce a Cristóbal Colón y le roba el crédito por el descubrimiento de América, alterando el presente. Y también la distopía, cuando Felipe II viaja al presente y gobierna España en 2016, aboliendo la Constitución y los derechos civiles.

Toda esta multiplicidad de géneros, en un recorrido que atraviesa momentos históricos clave de la vida de España, como los años de la Armada Invencible, el Siglo de Oro, el Franquismo o el Destape de los 80. Los funcionarios del Ministerio viajan a través de las puertas del tiempo y se disfrazan según la época en la que tienen que actuar, como si fueran Los Simuladores pero resolviendo problemas con la Historia.

Cada uno pertenece a épocas diferentes. Por ejemplo, Amelia Folch (interpretada por la magnética Aura Garrido), es una barcelonesa aristócrata de finales de siglo XIX y una de las pocas mujeres universitarias por esos años. O Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda) que viene del siglo XVI, en donde se desempeñaba como soldado en los Tercios de Flandes y que es reclutado por el organismo tras salvarlo de la horca. O Irene Larra, una lesbiana de los años 50 del siglo XX a la que su marido quiere internar por la fuerza en un manicomio por su condición sexual.

El Ministerio busca este tipo de perfiles y también personajes históricos famosos, como el pintor Diego Velázquez, que se encarga de trazar los identikits de aquellos desertores que usarán las puertas del tiempo para hacer negocios y alterar la Historia en su propio beneficio.

Porque dentro de la España que se narra en la serie también se librará una guerra civil intratemporal entre los absolutistas del Ángel Exterminador y los neorepublicanos Hijos de Padilla, cada uno de los cuales buscará cambiar la Historia de acuerdo a su propio ideal de sociedad.

El Ministerio del Tiempo es la quinta ficción televisiva creada por Javier Olivares y la primera que ha conseguido trascender las fronteras españolas. Su formato se ha vendido en Portugal y China y sigue generando un nutrido número de fans alrededor del mundo, que generan cosas tales como subtítulos piratas de todos los episodios en 14 idiomas y que han participado en experiencias transmedia con capítulos emitidos en realidad virtual.

Fuente: Revista Ñ.