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Mario Benedetti: a diez años de su muerte, muchos homenajes y un poco de olvido

El uruguayo convocaba multitudes. Fue uno de los autores de habla hispana más leídos de la segunda mitad del siglo pasado, pero hoy sus libros venden poco en la Argentina. El Instituto Cervantes quiere devolverle protagonismo.

Poeta del amor y del exilio, y escritor prolífico, Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920- Montevideo, 2009) rogaba, en sus últimos años, que no le hicieran más homenajes. Fiel a una idiosincrasia más propia de los rioplatenses de la otra orilla, y más allá de la popularidad que él mismo había forjado y terminaría por abrumarlo en cierto modo, el uruguayo era cultor de una discreción que ejercía en sus modos y también se traducía a sus poemas, en los que hacía de la sencillez una estética. A diez años exactos de su muerte, que se cumplen este viernes, quizás valga contradecir su voluntad y rendirle tributo al autor, uno de los más leídos y vendidos de habla hispana, yun auténtico best seller en su pequeña patria de escritores enormes.

Galardonado en 1999 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y en 2005 con el Internacional Menéndez Pelayo, Benedetti abordó todos los géneros literarios: fue novelista, cuentista y periodista. La coherencia con sus convicciones políticas -fue un hombre de izquierda, detractor histórico de las políticas de los Estados Unidos- le valió, a su vez, el exilio en los tempranos 60.

Antes de convertirse en uno de los poetas más leídos durante la segunda mitad del siglo XX en América latina, donde marcó a una generación de lectores con la que supo establecer un vínculo estrecho, pasó por privaciones económicas y ejerció los más diversos oficios -fue cajero, vendedor, librero, periodista, traductor, empleado público y comercial-. Hasta que con sus obras abrió un paréntesis que lo consagró en el mercado de habla hispana.

Es sabido que muy pocos autores tuvieron en vida tantos fervorosos admiradores como él, dueño de público multitudinario: él mismo se consideraba un “reclutador de prójimos”. Lo nutrieron también numerosos artistas que cantaron sus letras, entre ellos Joan Manuel Serrat, Pablo Milánés, Daniel Viglietti o Nacha Guevara. También aportó a su éxito Sergio Renán, que llevó a la pantalla grande sus novelas Gracias por el fuego (1985) y La Tregua (1974), protagonizada por Héctor Alterio y Ana María Picchio y que se convertiría en la primera película argentina en ser nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera.

La cotidianidad gris y rutinaria, marcada por la frustración y la ausencia de perspectivas de la clase media urbana, impregna las páginas de esta última ficción, que, adopta la forma de un diario personal, y relata un breve período de la vida de un empleado viudo, próximo a la jubilación, cuya existencia se divide entre la oficina, la casa, el café y una precaria vida familiar dominada por una difícil relación con unos hijos ya adultos. Una inesperada relación amorosa, que parece ofrecer al protagonista un horizonte de liberación y felicidad personal queda trágicamente interrumpida y será tan sólo un inciso –¿una tregua?– en su lucha cotidiana contra el tedio.

¿Se lee?

Aunque ahora, a diez años exactos de su muerte,  y mientras la conmemoración del aniversario promete animar las calles de su Montevideo natal, las nuevas generaciones de lectores parezcan desconocerlo en gran medida. ¿Se trata de un autor olvidado?

“Hoy se lee poco, no son demasiados los lectores que piden por sus libros”, admiten en la libreríaEterna CadenciaY lo mismo asumen en Cúspide: “Ventas no tiene, aunque se trate de un autor valioso”.Mientras que en Hernández el librero Ecequiel Leder Kremer explica: “Benedetti ya no es lo que era; hace bastante tiempo que está desposicionado de la preferencia de los lectores y de las ventas. Se sigue vendiendo La Tregua en edición pocket, porque la piden algunas escuelas, algo de Montevideanos o La borra del café, que también vienen en ediciones pocket, alguno de sus títulos de cuentos… pero las nuevas generaciones de lectores parecen no conocerlo, algo imprevisto si se tiene en cuenta que con el retorno de la democracia fue furor. Hoy, sin embargo, parece haber caído en el olvido”.

Convencidos, de todos modos, de que su legado merece ser recordado e incluso revalorizado en estos tiempos, el viernes en Montevideo se concretarán diversas actividades durante el día, que impulsa la Fundación Mario Benedetti, heredera legal de la obra del autor: habrá una muestra del artista plástico Antonio Frasconi, una ponencia del crítico y un espectáculo a cargo de tres músicos que leerán sus poemas, entre otras. Mientras que el Instituto Cervantes también encara, de ambos lados del océano, una gesta orientada a devolverle protagonismo a la obra del autor: el programa se conocerá el año próximo, cuando se celebre el centenario de del nacimiento del Benedetti, aunque el director de la institución, Luis García Montero, y el coordinador general del Instituto Nacional de Artes Escénicas de Uruguay, José Miguel Onaindia ya suscribieron esta semana en la capital uruguaya un acuerdo de cooperación para promover la obra del uruguayo de manera coordinada.

En México también lo recuerdan: el sábado habrá una guerra de bandas con canciones inspiradas en su obra.

En ese marco, el protocolo general de actuación contempla que el Instituto Cervantes difunda, tanto en su sede central en España como en sus centros por todo el mundo, la obra de creadores uruguayos, especialmente la de Benedetti, para dotarlo de una vigencia renovada. Montero resaltó en este sentido que el autor dejó como enseñanza en su obra que “la poesía no es inventarse un lenguaje raro”. Dijo que “hay gente que quiere confundir calidad con dificultad y cree que el mejor poema es el que no entiende ni Dios.Él nos enseñó que la poesía no es inventarse un lenguaje raro al margen de la sociedad sino tratar de la manera más respetuosa posible el lenguaje de la tribu”, dijo. Y agregó: “La necesidad de una dimensión cívica y ética de las palabras me parece importante y ahí está la enseñanza de Mario Benedetti”. En 2010, además, se celebrará la tercera edición del Festival Internacional Cervantino de Montevideo, creado tras el nombramiento de la capital uruguaya como “ciudad cervantina” en 2016.

La editorial Planeta, por su parte, aportará a este nuevo impulso sobre Benedetti. En dos meses y hasta fin de año relanzará La tregua, Montevideanos, Gracias por el fuego e Inventario. No viene mal: aunque hay títulos del autor en las librerías argentinas, se lo encuentra de manera despareja.

Hasta en el Luna Park
Lejanos parece haber quedado aquel tiempo en que Benedetti, que perteneció a la generación del 45, junto a otros grandes compatriotas uruguayos como fueron Idea Vilariño o Juan Carlos Onetti y publicó en total más de 80 libros, ejercía con sus lecturas un efecto magnético en los países por los que pasaba y en los que llenaba auditorios y hasta estadios, entre ellos el Luna Park, en Buenos Aires. Su relación con el público parecía inquebrantable.

“En Hernández era un escritor sagrado”, recuerda Leder Kreme. “Una noche, debe haber sido a mediados de los 90, llegó a firmar libros con un ataque de asma que le impedía respirar: tenía la cara de varios colores, se lo veía realmente muy mal. Le dije que suspendiéramos todo. Había muchísima gente esperándolo. No hubo manera, bajó al subsuelo y con la puerta del patio abierta se puso a firmar. Lo hizo durante más de tres horas seguidas. Yo pensaba ‘Se nos muere acá…’. Por suerte pudo terminar bien”.

Su primer libro fue de poesía, La víspera indeleble (1945), el segundo del género fue Sólo mientras tanto (1950) y el tercero –con el que obtuvo éxito masivo- Poemas de la oficina (1956). De los que siguieron pueden mencionarse Poemas del hoy por hoy (1961), Inventario (1963) y Contra los puentes levadizos (1966).

“Cuando la poesía abre sus puertas, uno siente una verdad gratuita y novedosa, todo cambia y cambiamos con el cambio, todos traemos desde la infancia uno o dos versos que son como un lema y los guardamos como una reserva que nos hace bien”, decía él. ¿Y quién no lleva en su reserva personal –o llevó en su juventud- alguno de sus versos?

Entre sus novelas, además de La Tregua y Gracias por el fuego (1965) sobresale Primavera con una esquina rota (1982), pero también están sus artículos periodísticos y críticos, reunidos en libros como Peripecias y novela (1948), Marcel Proust y otros ensayos (1951), El país de la cola de paja (1960), Literatura uruguaya del siglo XX (1963) o Sobre artes y oficios (1968). Mientras que su actividad como cuentista –en general, la más apreciada por la crítica- incluye los volúmenes Esta mañana (1949), El último viaje (1951) y Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968) y Esta mañana y otros cuentos (1972).

Mario Benedetti promovía aquella “defensa de la alegría” -que hoy puede sonar naif, porque cada época impone sus propios lenguajes- entendida como una apuesta por la vitalidad y la humanidad, y que alguna vez Joan Manuel Serrat convirtió en himno: “Defender la alegría como un estandarte / defenderla del rayo y la melancolía / de los males endémicos y de los académicos / del rufián caballero y del oportunista. / Defender la alegría como una certidumbre / defenderla a pesar de dios y de la muerte / de los parcos suicidas y de los homicidas / y del dolor de estar absurdamente alegres.”

Uno de sus poemas

No te salves


No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora ni nunca

no te salves

no te llenes de calma

no reserves del mundo

sólo un rincón tranquilo

no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo

pero si pese a todo

no puedes evitarlo

y congelas el júbilo

y quieres con desgana

y te salvas ahora

y te llenas de calma

y reservas del mundo

sólo un rincón tranquilo

y dejas caer los párpados

pesados como juicios

y te secas sin labios

y te duermes sin sueño

y te piensas sin sangre

y te juzgas sin tiempo

y te quedas inmóvil

al borde del camino

y te salvas

entonces, no te quedes conmigo.

Fuente: Clarín.

Tobares, el poeta del Cerro Blanco

El primer tomo de su obra poética y narrativa es un necesario viaje por los temblores y misterios del paisaje.

“Todas las arterias me unen a la sangre/ de los mineros muertos y de los que no llegaron”, así se presentó ante la comunidad don Tobares en 1962 con el poemario “Cerro Blanco” hoy, entrañable para él y muchos lectores.

El autor prefiere el nosotros como tono dominante en sus versos. Música y pinceladas fluyen, martillean o dinamitan en más de 300 páginas que reúnen cuatro obras, con algunos poemas inéditos, más los relatos campestres de Río Grande (2003).

“Cerro Blanco está frente a mi pueblo, es un tótem prácticamente sagrado”, expresó el escritor oriundo de San Martín durante la presentación de este primer volumen de sus obras completas.

Cada tanto, cuando la investigación histórica le daba algunos respiros, Tobares se sumergía en su convicción estética. Así surgieron los poemarios “Gente de mi pago” (1991) y Calandrias de Septiembre” (1994).

“Creo que escribir poesía no es un mero pasatiempo; una gimnasia intelectual cuyo último objetivo sea acertar consonantes y asonantes, sino un acto serio, trascendental en la vida del hombre. Lamentablemente hay gente que escribe poesía porque quiere alcanzar lo que considera un título: el de poeta”, dijo en la conferencia titulada “El hombre y la poesía”, ante el Rotary Club en 1963.

“Cuando un artista olvida que a su lado otros hombres luchan y sufren; trabajan y cantan, aman y sueñan, en una palabra, viven; evidencian falta de responsabilidad. Más aún, está ausente en él el sentimiento de fraternidad que nunca puede estar ausente en el arte porque es el hilo secreto que hace vibrar la sensibilidad de los hombres a través del tiempo y la distancia”, señaló en este documento que abre el tomo cuya importancia destacó el poeta Gustavo Romero Borri: “La edición revisada de todas sus obras viene a prevenir el peligro que implicaría su dispersión y también, por qué no decirlo, la posibilidad de que su tarea sucumba en el olvido o la invisibilidad. Estas palabras distintas significan, en este caso, lo mismo porque ambas dañan la vigencia de la memoria”.

Borri describió que el estilo de Tobares, su amigo, es de frases cortas y muy científico. “Pero a su vez el poeta se le filtra en sus exactitudes, y entonces sus frases o conferencias terminan con la levedad de la metáfora”, destacó el curador de estas obras completas.

Con Liberato caminamos por laberintos de piedra. Y hay peligro de derrumbe. El autor acepta estas detonaciones. Cada verso funciona como un intersticio. Tal vez para que después de la lectura podamos respirar el aire fresco de la poesía bajo un sol de justicia.

Matías Gómez para ANSL.

Laura Pratto: “La poesía es la idiota de la familia”

Literatura serrana. La cordobesa Laura Pratto reflexiona sobre el arte de escribir/se. Costras, animales, fútbol y redes sociales en esta entrevista exclusiva para CdT.

_ Al escribir sobre su herencia piamontesa, ¿la nostalgia ha sido faro en sus poemas?

_ Creo que todo estaba muy vivo a la hora de escribir (me refiero a “Cría”, el libro donde esa herencia es directamente tratada por mí). No había una ausencia, no había un lugar del que sentirse lejos, no había sensación de pérdida. Con esa conciencia de proximidad fueron saliendo los poemas, me parece entonces que la nostalgia no fue mi guía.  Toda la escritura de “Cría” fue caer en la cuenta del código del padre como faro, como guía. Él me infundió la poesía.

_ ¿Qué poetas le arrancaron la costra antes de tiempo?

_ No escapo al gran conjunto de poetas que fueron descostrados por la temprana lectura de escritores como Alejandra Pizarnik o Fernando Pessoa. Más tarde, ya puesta a escribir, me descostró de mis primeros poemas mi maestra Irene Gruss.

_ ¿Hay metáforas que todavía la acompañan con el paso de los años?

Pienso mucho en la metáfora animal, los animales siempre nos dan algo para mirar, como decía John Berger, siento que nunca está todo dicho ahí. Pienso mucho en metáforas de la muerte y la enfermedad, y como contracara el origen.

_ ¿Cómo apareció el fútbol en sus poemas?

_ El fútbol aparece en mi poética a través de las anécdotas de mi padre, que fue réferi y jugador. Puede ser también que como consabida metáfora de guerra haya sido un buen campo de batalla en el que librar poéticamente la cuestión de la herencia.

_ ¿Hay alguna influencia de ingeniería en sistema en sus obras?

Seguramente las herramientas de pensamiento que adquirí durante los años en que me formaba dentro de esa carrera han influido. De hecho, cuando te vas metiendo en profundidad en la zona de las matemáticas, te das cuenta de que eso que presuntamente está hecho de números, en realidad consta de letras, por ejemplo, las fórmulas de las ecuaciones. Esas materias aparentemente distantes de lo poético te piden una capacidad de abstracción que te invita a volar como cuando lo hacés con un poema. Por otro lado, en ese lenguaje sin dudas transparente yo me las ingeniaba para encontrar opacidad. Con una amiga nos divertíamos encontrando el doble sentido en los postulados que hacían nuestros profesores.

_ ¿Por qué dar talleres de poesía?

De los talleres me gusta que me encuentro con otros seres disfuncionales a su familia, dicho esto según la idea de Diana Bellessi, que me parece maravillosa, de que la poesía es “la idiota de la familia”. Nos encontramos los “fallados” de cada familia, en el sentido más celebratorio del término, y nos sentimos menos solos. La sola mención de la palabra “poesía” ahuyenta y convoca según corresponda.

_ ¿Por qué recuperar el valor de la anécdota en el poema?

Creo que en todo poema hay un núcleo narrativo, más o menos evidente.  Contar y cantar. Hacerse cargo de la anécdota, primero, y luego torcerla, como dice Irene Gruss. Todo el arte proviene de la necesidad de dar cuenta de lo que nos sucede, dice María Teresa Andruetto.

_ ¿Qué hoteles demuele con su escritura?

_ Ojalá pudiera al menos ocasionar algún ligero temblor en los cimientos de algunas cuestiones que me preocupan, como la solemnidad. En mí quisiera demoler la tristeza.

_ ¿Cuál es el libro que más le costó criar y por qué?

_ Creo que el primer libro fue el más costoso, en el sentido de años cultivando la escritura como una cuestión clandestina, por ser el camino que nadie recomendaba seguir, reñido con la conveniencia. Todos esos cuadernos sufridos, por desarrollarse en forma paralela y oscura a la vida convencional, que en algún momento decidieron regalarse la luz.

_ ¿Qué lugar ocupan las redes sociales en su oficio de escritura?

_Utilizo Facebook para compartir algunas de las cosas que voy escribiendo y también como una especie de pensamiento en voz alta, como zapadas para ver si para tal lado puede andar o no, etc. Creo que siempre nos interesa el lector, más allá de que uno no escriba “para” el lector.  Y como esa figura suele ser una entelequia, las redes sociales te avivan de que el lector existe. Esa constatación es al mismo tiempo satisfacción y perturbación.

_ ¿Encuentra resonancias entre la poesía puntana y cordobesa?

_ Creo que a ambas “zonas”, en el sentido saeriano del término, no las tengo lo suficientemente practicadas como para desprender o arriesgar definiciones o comparaciones. No tengo a esos paisajes, ni siquiera el propio (hay tantas zonas, atmósferas sentimentales, de la lengua, ecosistemas dentro de un mismo mapa político como el de la propia provincia), lo suficientemente “manyados”, como dicen por mis pagos.

_ ¿Cómo le gustaría que sus lectores la recuerden?

_ Me gustaría que me recuerden por la risa y por las ganas de reír y hacer reír, en esto no separo a los lectores de mis seres queridos, más allá de lo que digan los poemas.

 

Bio/biblio en primera persona:

Nací en San Francisco, Córdoba, en 1976. Desde hace más de quince años resido en Buenos Aires. Coordino un taller de escritura creativa en mi ciudad natal, de modalidad semipresencial, que me implica una frecuencia quincenal de viajes entre los dos puntos.  La actividad del taller consta de esas reuniones grupales periódicas y las publicaciones, lecturas, reescrituras y sugerencias en un grupo de Facebook creado para tal fin. Publiqué cuatro libros de poemas: “Alcance” (2006, Bajo la luna), “El hilván” (2009, Bajo la luna), “Cría” (2009, Ediciones Recovecos) y “El menor escándalo” (2013, Ediciones Recovecos. Participé en algunas antologías con poemas y cuentos. Escribí durante un tiempo la columna “Visitas íntimas” en el diario sanfrancisqueño El Periódico.

 

Una de las obras de Laura…

LA AVIONETA

Estoy helada después del sueño
en el que tenías una avioneta.
Me había dormido con la ropa puesta
sobre la cama sin destender,
como en aquel año de facultad,
el primero lejos de mis padres.
Y es que a los cuarenta he vuelto
a mis dieciocho años:
el cuerpo tallado sin maternidad,
el tono alto de estar en guardia
por y para los hombres,
prendiendo todos los días ese fuego
y no el de las hornallas
-el acto de comer se descubre
en un modo solitario y yo
aprendí a cocinar como algo
que se hace para otro,
a comer como un gesto
ruidoso y conversado-,
estudiando para no trabajar
y sacando diez en esa práctica,
con seres queridos que me becan
para que ocupe una habitación
de alquiler y esté menos triste.
Otra vez durmiendo en cama de una plaza,
vestida porque he perdido el amor
por los rituales, al menos tuve un sueño
en el que te vi despegar,
y de él volví con el frío
que preserva la carne.

 

 

Nota: Acrílico.

Foto: Gentileza Laura Pratto.

Matías Gómez: «Contar significa asumir las heridas»

Matías tiene en la voz la calma de los huracanes, su trato es amable, su mirada apacible y regala el humor de los niños, ese que cura. Es como un viajero de otra huella, como si todo en él hubiese salido de una tarde en soledad, mate en mano, a la orilla de un río.

“Debajo del agua el oxígeno es la única metáfora que no existe”, impulsa el poeta en sus acuáticas definiciones sobre “Profundidad”.

Matías Adrián Gómez nació el 12 de mayo de 1987 en la ciudad de San Luis. Es poeta y Periodista Universitario. Se desempeña en prensa gubernamental y escribe para el portal literario “Caminos de tinta”.

En 2016 publicó su primer poemario “Latidos despoblados” y en coautoría el libro “El periodismo de San Luis en el siglo XXI”.

Ha obtenido premios y menciones literarias en la provincia. Se lo puede contactar a través de patioserrano.blogspot.com.ar 

¿Cómo era el hogar dónde naciste, Matías? ¿Qué libros había en tu casa? ¿A qué edad percibiste el efecto qué tenían las palabras en tu universo?

Una casa de barrio alquilada. No sé porqué todavía recuerdo que una vez metí un termómetro en la cerradura.

Pocas obras. Julio Verne, mordido por el polvo. A mi mamá le encantaba coleccionar las revistas de Anteojito, Billiken y unos libros rojitos de esa editorial. Ahí descubrí la soledad en la poesía.

Ni sé a qué edad. Mis primeros refugios creativos fueron las historietas y unos ficheros caseros sobre los animales de Discovery Channel.

Sos periodista, me pregunto ¿desde dónde se para un poeta para contar una realidad determinada?

Considero que contar significa asumir las heridas. Por ahí me parecen que confluyen ambos oficios, en la fragilidad. 

¿Qué autores puntanos son los qué más has releído? ¿Cuáles de literatura universal no faltan en tu biblioteca? 

Sara Goldestein de Tapiola, Enrique Menoyo y Julio Cejas.

Según la estación y el azar. Por ejemplo: me gusta leer en verano a Whitman o en invierno a Pessoa. Aunque convendría al revés porque el portugués sería refrigerante en enero.

San Luis tiene paisajes que nos hablan, desde un cerro o en una pendiente o arroyo. ¿Distinguís momentos de comunión en algún lugar puntual? Me refiero a esas contemplaciones que suelen salirse solas de las retinas y terminar en un papel.  

Sí, cerca de un río, pero no es magia. Depende bastante del pie y la fiaca. Para mí el sentido es la piedra de Sísifo que necesitamos empujar. Pasa que durante el camino la poesía juega a los dados. ¡Por suerte!

En tu poemario “Latidos despoblados” hacés un ritual de lo cotidiano, lo llevás a un altar sereno y prolijo, como en “Verano” donde declarás: “El follaje vibra con un malambo, lo demás se detiene, excepto los pájaros”. Esta voz en tu poema en qué momentos se despierta o qué cosas la despiertan? 

Todavía me sorprende que ese tono sereno haya surgido en medio de las lágrimas. Últimamente el ritmo aparece cuando camino, planto o visito la tumba de mi abuela.

En tu libro, citás una frase de Rilke, puntualmente dice: “Querían florecer, y florecer es ser bellos; pero nosotros queremos madurar, y eso significa ser oscuros y esforzarse”. ¿Qué tan oscuro puede ser Matías, el poeta y cuánto se esfuerza por encontrar la belleza? 

El poeta se alimenta de metáforas pero no su estómago. Aunque sin unas cuantas metáforas, la existencia sería irrespirable. El problema radica en priorizar sólo un aspecto. A mí, durante muchos meses esa presión me condujo a la ansiedad. Ahora con frecuencia me repito como Vicente Aleixandre: primero la vida, después la escritura. Y así he aprendido a desandar, con pasos de bebé. Además, hay tantos escritores fabulosos que podría pasarme los próximos cuarenta, cincuenta años que me quedan (si todo marcha bien y no me devora un puma) solamente leyendo. O mejor: viajando.

En tu poema “Masas”, hacia el final, marcás: “El día se nos pasa entre cálculos y esperas. Somos cuerpos alimentando la terrible marea que nos lleva. Cuesta regresar de todo lo sentido”. Me pregunto, sentís qué es difícil encontrar poesía al ritmo que vivimos, pensás que nos distraen demasiadas cosas, qué nos salvaría entre tanta materia.

Antes habría que desmontar el mito de que la poesía es sólo para entendidos. Luego contemplar lo peor, el fin. Nadie se ha muerto por una buena dosis de pesimismo. Al contrario, a veces me parece que funciona como antídoto en la sociedad de consumo donde vivimos. Puede ser que algunos poetas hayan exagerado con la nostalgia, sin embargo reducir la poesía a una imagen positiva para compartir por las redes sociales también es simplificar un arte que viene desde las cavernas. “´Toda verdad es simple´, ¿no será esto una doble mentira”, martilleó Nietzsche. En la poesía tampoco hay recetas exprés.

Por lo pronto, disfruto cuando a la hora del mate, a veces mi familia baja el volumen del noticiero para escuchar algún poema. Eso me vuela los sesos. Y me basta.

 

Fuente: Cultura Rundún.

“Poesía es transgredir”

Amelia Arellano ha publicado 14 libros. Considera a la escritura como un oficio social. Su última obra “Desvelos de triángulos” está en proceso de edición.

Amelia Arellano ha publicado catorce libros.

Arellano ha ganado premios y distinciones provinciales, nacionales internacionales, con jurados como Osvaldo Bayer, Horacio Salas, Tununa Mercado, Jorge Brega. Además registra una cuantiosa colaboración en revistas de diversos mapas. En diálogo con CdT reflexiona sobre su vocación nacida entre verbenas y ranchos.

_ Su poema “Alguien te busca” concluye: “No te he encontrado… o no me has buscado, poesía…”, ¿cómo nació esa paradójica búsqueda?

_ Diría que desde la primera búsqueda: La concepción. El poeta es un buscador de luz, aunque en esa búsqueda deba recorrer caminos, laberintos oscuros cuasi ominosos.

A veces el poema da señales pero está en el poeta leerlas o dejarlas pasar. Se aleja, se muestra, se esconde pero existe con independencia a nosotros.

Además en esa dialéctica entre búsqueda y encuentro debemos tener en cuenta que el hacer del artista se da en un contexto social y en relaciones que lo determinan.

_ ¿Su poesía creció con la transgresión?

_ Indudablemente. Yo, crezco en la transgresión. Mi madre era directora de un pueblo pequeño en cuya biblioteca crecí. Allí conozco los clásicos infantiles y recuerdo con nostalgia una colección de leyendas guaraníes (muchas veces me rondó la idea de robarlas) Además tenía mi propia biblioteca con los clásicos, infantiles y  para adolescentes. Pero lo que me fascinaba eran aquellos libros que mi madre marcaba con un “no”. Por supuesto eran los primeros que leía

Los rusos: Tolstoi, Dostoievski, Nikolái Leskov, Iván Turguénev, Mijaíl Saltykov Shchedrín, Iván Goncharov, Dmitry Mamin-Sibiryak, Vladímir Korolenko, Antón Chéjov.

También  Víctor Hugo y un libro que recuerdo particularmente porque esa noche no dormí: Teresa Raquín de Emilio Zola. Del mismo autor, “Naná”.

Algunos conceptos no entendía pero indudablemente me marcaron.

Creo que esa transgresión me acompañó toda la vida, es más, creo que la poesía es transgredir.

_ ¿Ha escrito algún poema de un tirón? ¿Qué hace cuando no surge la inspiración?

_ Varias veces y no sé si llamarles actos catárticos, por eso los dejo “macerar” y luego los descarto o paso en limpio.

En cuanto a lo de “inspiración” no me gusta demasiado la expresión. Lo remplazaría con el término de necesidad, de un sujeto situado en un tiempo y  un espacio. Hablaría de oficio. Un oficio hecho con responsabilidad y compromiso.

_ ¿Ha publicado ensayos pero algunos de sus poemas también han surgido de la investigación?

_ Sí, he publicado ensayos y me agrada mucho esa línea de trabajo, pero requiere tiempo y mucha, mucha investigación.

Hablaría de investigación sistemática: Ensayos, y de Investigación asistemática: poesía y otros géneros, como puede ser la narrativa.

_ ¿Cuánto ha influido la psicología en su escritura?

_ Indudablemente estamos atravesados por nuestro hacer, nuestra profesión, nuestro oficio.

He tenido aprendizajes vicarios sobre los vínculos y eso ha influido notablemente en mis producciones. Muy especialmente cuando incorporo el método dialéctico a través de mi otra formación: Psicóloga Social.

_ ¿Cómo ve el panorama literario actual en la provincia? ¿Y qué significó para usted el grupo «Poetas del Exilio» en la cultura local?

_ El movimiento actual de la provincia amerita varias reflexiones. Por un lado hay pocos talleres literarios, y los que hay no son gratuitos y por lo tanto se prioriza la cantidad a la calidad.

Si bien el oficio de poeta es solitario faltan grupos en los que se realice un aprendizaje mutuo y eleve el grado de motivación.

Hay un sector de la población que se dice poeta, es más, se dice escritor, que produce creaciones de dudosa calidad literaria y que están negados a la crítica y a la corrección que enriquecen sobremanera el quehacer del creador.

El grupo “Poetas del Exilio” me produce una gran gratificación y una profunda nostalgia. Nuestra participación en la cultura local fue vasta y nos unía una gran pertenencia lo que facilitaba la interacción.

_ ¿Es posible “vivir en poesía” como planteaba el poeta Agüero?

_  No sabría qué decir. Por un lado indudablemente en la poesía se da una transformación de lo siniestro en maravilloso. Pero, me pregunto si aquellas personas que deben trabajar como animales para mantener la familia les queden deseos de escribir poesía.

_ ¿Qué siente al leer sus poemas en otros idiomas?

_ Es atrapante leer y/o escuchar poemas en otro idioma. Es como una música extraña y desconocida que sin embargo trae y remueve lo más recóndito de nuestra identidad.

_ ¿Cuál de todos sus poemas considera que más la describe en este momento?

_ Son muchos pero creo que el miedo es una constante del ser humano, por lo tanto elijo “Miedo”, no sé si me representa pero sí, se acerca a esa vivencia universal. Ineludible. Fue un poeta, Eduardo Dalter, de Buenos Aires, que en este momento me acompaña en mi que quehacer literario, quien hizo esa comprobación que yo ratifico.

 

MIEDO

“Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy duro con él,

 le digo quédate ahí dentro, no voy a permitir que nadie te vea…”

CHARLES BUKOWSKI

 

Ya lo siento llegar.

En un rumor de pasos que adelgazan la noche.

El viento ha silbado tres veces. Ha llorado tres veces.

Tres veces lo ha negado.

 

Pero él avanza con su falo y su dedo, erectos.

Se acomoda en mi cama.

Me cubre con su cuerpo pesado.

Su aliento me apuñala la espalda.

Me huele, me habla, casi secretamente.

Se hunde en mí. Me muerde.

Es una enorme boca que devora la casa de mi infancia.

Los ladrillos de luna. Los racimos.

Engulle sin piedad la patria de mis ruidos impúberes.

El viento en las ventanas. Las voces sacrosantas.

El tintineo de las amapolas en la lluvia.

Y no hay barcos, ni albergues, ni barriletes nuevos.

Y las palomas migran, y los cielos y los dioses.

Solo quedan los miopes y las cucarachas.

Los paralíticos y una que otra langosta.

 

Y cuando bendigo la impalpable luz de la locura.

Un mendigo  me acaricia los ojos y la boca.

Y lo beso, y lo tomo y lo albergo.

Trae un pájaro azul en su mirada

Me besa las yemas de los dedos.

Y me dice con su voz de cristal amargo.

Déjalo que salga… y anda.

 

 

Nota para CdT: Acrílico.

Foto: Gentileza Poesía Fusión.

Neruda, un profeta contra la oscuridad

Tras el resurgimiento de la hipótesis de que el poeta fue asesinado, un escritor clave evoca el significado de su figura.

Ariel Dorfman, especial para The New York Times

Aún puedo recordar lo impactado que quedé y el pesar que sentí aquel día que escuché que había muerto Pablo Neruda, el más grande poeta chileno y uno de los pilares de la literatura del siglo XX. Era el 23 de septiembre de 1973. Dos semanas antes, el ejército chileno había perpetrado un golpe de Estado en contra del presidente Salvador Allende y había instalado una dictadura que iba a durar diecisiete años.

Temía por mi vida, como muchos otros intelectuales y defensores de Allende, y estaba escondido en una casa de seguridad de Santiago cuando me llegó la noticia de que, además de perder nuestra nación a manos del fascismo, perdíamos también al mayor escritor de esa tierra cuando más lo necesitábamos.

Aunque había motivos para dudar de cada una de las palabras emitidas por la Junta mientras torturaban, asesinaban, perseguían y exilaban a los seguidores de Allende, jamás se me ocurrió que fueran tan estúpidos como para asesinar al mismo Neruda. Sabía que estaba postrado en cama y que padecía cáncer de próstata. Parecía natural que el horror de ver destruida a la democracia chilena y la pena por las muchas muertes de sus camaradas del Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda hubieran acelerado su deceso.

Neruda, un profeta contra la oscuridad

Sueños truncos. El presidente Salvador Allende, derrocado por Pinochet, con el gran poeta. AFP

A lo largo de los años, igual que la mayoría de los chilenos, desestimé los rumores de que un agente de la dictadura había envenenado a Neruda durante su estancia en la Clínica Santa María. Los testimonios de amigos que habían estado a su lado durante sus últimos días y horas reforzaban ese escepticismo. La viuda del poeta, Matilde Urrutia, me dijo que, en efecto, el cáncer era la causa de su muerte, aunque la abrumadora angustia de su esposo ante el destino de nuestra nación había asestado el golpe final.

Sentía recelo de las historias descabelladas que no podían corroborarse y que hacían más mal que bien. De cara a incontables atrocidades reales e indiscutibles, era inútil proponer crímenes que no parecían tener fundamento y podían interpretarse como propaganda.

Décadas más tarde, sin embargo, las acusaciones presentadas a la revista mexicana Proceso por el antiguo chofer de Neruda, Manuel Araya, sobre que una inyección letal le había sido administrada al poeta horas antes de su muerte llevaron a un juez chileno a ordenar la exhumación del cuerpo y a buscar ayuda de organizaciones forenses extranjeras para determinar la verdadera causa de la muerte. Ahora dieciséis expertos anunciaron que Neruda murió por una infección bacteriana y no de caquexia por cáncer, como se consignó fraudulentamente en su certificado de defunción.

Aunque no ofrecieron pruebas de que hubo mano negra, su investigación ha provocado cierta especulación. En contraste con la inevitable circunspección de los forenses, muchos chilenos —comentaristas, políticos e intelectuales, acompañados por uno de los sobrinos de Neruda— dan por hecho que se trató de un asesinato.

Estas conjeturas renovadas son reforzadas por el hecho de que, algunos años después de la muerte de Neruda, el expresidente Eduardo Frei Montalva murió en circunstancias sospechosas en la misma habitación de la misma clínica donde había fallecido el gran poeta.

Neruda, un profeta contra la oscuridad

Isla Negra, Chile. La exhumación de los restos de Neruda, en abril de 2013. EFE/Felipe Trueba.

Llevó muchos años de investigación, pero las cortes chilenas dictaminaron que Frei había sido asesinado por un grupo de agentes de la policía secreta DINA. Es fácil suponer por qué lo mataron: aunque en un principio Frei había apoyado la toma de poder de los militares, se había convertido en el valiente líder de la oposición al general Augusto Pinochet.

Eliminarlo era una manera de deshacerse de una figura que podía unir a la gente y a quienes querían que se restaurara la democracia. Fue un motivo similar al del asesinato en Washington de Orlando Letelier, el popular y carismático ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Allende.

Sin embargo, matar a Neruda sigue pareciendo no tener sentido. ¿Por qué los secuaces de Pinochet se arriesgarían a asesinar a un poeta que ya estaba muriendo, a un ganador del Nobel reverenciado por los chilenos de todos los tipos y filiaciones? ¿No estaba ya enfermo y debilitado, a punto de exilarse en México, donde pronto fallecería de cualquier modo?

Cualquiera que haya sido el motivo de su muerte, su efecto fue impresionante. El funeral de Neruda, celebrado el 26 de septiembre de 1973, se convirtió en el primer acto de desafío público en contra de los nuevos gobernantes chilenos.

Llenos de valor de cara a los soldados en las calles y al miedo en sus corazones, miles de patriotas acompañaron el ataúd de Neruda al Cementerio General, para despedirse del poeta que había contado la historia de todos ellos y la de Latinoamérica en su búsqueda de la liberación. ¿Cómo podrían no haber acompañado en su viaje final al cuerpo del poeta que había celebrado el cuerpo humano en todos sus deseos sensuales y su más profunda desesperanza?

Estas personas habían aprendido a través de sus versos cómo dar forma a sus sueños y cómo soñar su amor, así que desolados y furiosos, cantaron que su bardo viviría en ellos por siempre. Prometieron que Allende, nuestro presidente muerto, no sería olvidado; juraron que Chile no sucumbiría a la tiranía.

Lo significativo del evento no solo residió en el simbolismo de que tantos hombres, mujeres e incluso niños se pusieran en peligro para expresar su necesidad de ser libres. Ese funeral también fue el prototipo de la manera en que la resistencia finalmente vencería a Pinochet en los duros años que vendrían, apoderándose de cualquier espacio disponible, grande o pequeño; empujando los límites de lo permisible; declarando, con bayonetas y balas enfrente, que el silencio no prevalecería.

En los versos más famosos de su “Canto General”, Neruda les habló a los muertos anónimos de Latinoamérica, cuando escribió: “Sube a nacer conmigo, hermano”, con lo que les pedía a los olvidados y profanados por la historia que renacieran. “Hablad por mis palabras y mi sangre.”

La discusión renovada sobre la muerte de Neruda nos permite recordarlo una vez más, verlo de nuevo como un profeta en la lucha en contra de la oscuridad, la condena y el olvido. Igual que ayer, cuando estaba vivo, nuestro Pablo continúa, desde más allá de la muerte, enviando a la humanidad un mensaje de esperanza, alentando la batalla por la justicia y la libertad en estos tiempos nefastos.

Quizá tome mucho tiempo, pero los crímenes del pasado no se borrarán. Quizá tome mucho tiempo, nos dice el recuerdo de Neruda, pero habrá, finalmente, un ajuste de cuentas. Quizá tome mucho tiempo, nos dice la poesía de Neruda, pero es seguro que las víctimas de la historia encontrarán una manera de nacer de nuevo.

Clarín.

“El regreso del poeta”: la UNLC homenajeó a Agüero, tras 33 años de su retorno a San Luis

La Universidad Nacional de los Comechingones celebró dos actos en memoria a Antonio Esteban Agüero, al cumplirse un nuevo aniversario de su repatriación a la Villa de Merlo.

Se cumplió otro aniversario de “El Regreso del Poeta”, Antonio Esteban Agüero, uno de los hombres más influyente en la cultura de San Luis, y la Universidad de Los Comechingones participó de dos actos que le rindieron homenaje en la Villa de Merlo, su pueblo natal.

Agustina Rodríguez Saá, rectora de la institución, encabezó los actos y descubrió dos placas que recordarán, a las futuras generaciones, su nombre y la huella que dejó en la comuna que inspiró gran parte de su obra.

El primero fue por la mañana, en el cementerio de la localidad, donde yacen sus restos desde el 12 de octubre de 1984. En esa fecha su cuerpo fue trasladado a la localidad, para cumplir con el deseo del poeta, de descansar en una sepultura que le permitiera ver las sierras de los Comechingones, por toda la eternidad.

La placa quedó erigida en una de las paredes de su tumba.

La ceremonia se repitió por la tarde, en los jardines de “La Casa del Poeta”, hoy convertida en museo.

Los homenajes fueron organizados por la Secretaría de Turismo y Cultura de Merlo, la Asociación Cultural Antonio Esteban Agüero y la Casa del Poeta.

Junto a la rectora participaron los directivos, personal docente y no docente de la UNLC, y el intendente Miguel Ángel Flores, junto a otros funcionarios municipales.

El Diario de la República.

«En la poesía siempre se está en los comienzos»

Ha publicado seis libros y prepara uno de aforismos. Julio Cejas lleva medio siglo entre versos con pretensión de lluvia.

Julio Cejas lleva medio siglo en la poesía.

Cejas figura en varias antologías nacionales e internacionales. “Del amor a todas partes” y “Poemas para no guardar”, son las obras que más disfrutó escribir hasta ahora. El poeta chileno Edmundo Herrera, quien pronunció el discurso de despedida en el funeral de Pablo Neruda, prologó el último libro de Julio.

“La mayoría de los primeros poemas escritos no están publicados. Eran extensos y fueron hechos mientras hacía tareas en el campo, pero uno de estos trabajos rescatables y que está en la página 49 de ‘Pretensión de lluvia’ se llama ‘Sentir’”, comparte Cejas.

“No siempre me detengo en los jardines. / Mis manos se amoldaron como el árbol/ a grietas y sudores”, comienza ese poema.

En ese libro, publicado en 1988 y reeditado en 1996, repica el entorno. “Todo paisaje concreto o no, permite transmitir de manera más directa y profunda lo que se quiere decir. El paisaje urbano suena y resuena por naturaleza en el hombre más allá de su estado de condición, de convivencia. Si existe en mi obra no lo he buscado, tal vez sea mi voz o mi estilo”, reflexiona.

Cejas ha publicado seis libros y prepara uno de aforismos.

El poema “Tamarindo” ofrece esa vibración: “Donde pueblan las voces singulares/ donde pinceles no lograron el paisaje/ sólo estos árboles desafiaron/ amaron/ se brindaron”.

—¿Qué sintió cuando le reeditaron este poemario? ¿Cuánto influyó Oscar Sosa Ríos en esta obra? ¿Cambiaría algunos versos?

—Lo más trascendente a nivel emocional fue que además de ser mi primer libro, fuese elegido por un jurado para ser editado. En cuanto a su reedición, de antemano sabía que sería un hecho porque su primera edición contaba con muy pocos ejemplares. El poeta Oscar Sosa Ríos vivía en Buenos Aires y su apoyo a esta obra se ve reflejado en su aceptación para ser posteriormente el autor del prólogo. “Pretensión de lluvia” es uno de mis libros al cual no me atrevería a cambiarle versos.

En la indagación poética de Julio se percibe la renovación de César Vallejos, la ternura de Gelman y las banderas de Miguel Hernández, entre otros. También ecos del estilo español tal vez por las conversaciones que mantenía con el poeta Enrique Menoyo que vivía en Justo Daract.

“Debo decir que una de las más grandes influencias que tuve en mis comienzos fue haber leído a Pablo Neruda, esto me permitió aclarar un poco más mis conceptos sobre la poesía, y Antonio Esteban Agüero, fue como algo que no se toca o se tiene ahí al alcance de la mano y uno comienza a mirar un poco más allá de lo indiscutido”, señala el poeta radicado en Villa Mercedes.

—¿Qué se necesita para vivir en poesía, como planteaba Agüero?

—Simplemente haber nacido poeta.

—Enrique Menoyo compartía la idea de Agüero de que “por medio de la poesía la humanidad ha de alcanzar su pleno entendimiento”, ¿cree lo mismo?

—La poesía entre otras cosas, es un aporte más a todo aquello que nos lleva a comprender aspectos relacionados al comportamiento del hombre. Por lo cual la opción, queda en nuestras manos.

El libro fue reeditado en el 96.

—¿Cómo ve el panorama literario actual en Villa Mercedes?

—El despegue ya se ha hecho, la siembra está, y mucho tiene que ver el programa literario Villa Mercedes Grande, que tiene como aspecto fundamental editar, difundir y promocionar los libros a través de distintos medios como por ejemplo, la realización mensual de un café literario, un kiosco cultural para la venta de ejemplares, y por supuesto, la gran Feria del Libro que este año ya tiene su 5° edición.

Julio Cejas nació en Fraga, el 12 de agosto de 1952. Su infancia transcurrió en una escuela rural de Las Isletas, un pueblo ubicado al sur de Villa Mercedes. Después incursionó en el folclore, fue presidente de la SADE, filial Villa Mercedes, y asesor de la Ley del Libro.

—Si empezó a escribir desde la adolescencia lleva aproximadamente medio siglo con la poesía, ¿ha vuelto a las preocupaciones literarias del comienzo?

—En la poesía siempre se está en los comienzos. Por eso al terminar un poema uno pretende que el próximo sea mejor.

—¿Qué ha aprendido durante su camino de tinta?

—Escribir me ha permitido conocer lugares, hacer amigos y sobre todo descubrir un panorama más amplio y conceptual a la hora de ver la vida.

 Nota para Caminos de Tinta: Acrílico.

Fotos: Gentileza Julio Cejas.

Video: ANSL.

Ayelén Pilmayken: talento olongasta bien definido

Hay una dimensión de maravilla en la obra de la joven poeta Ayelén Pilmayken que al mismo tiempo provoca fascinación e inquietud. Nacida en Villa General Roca, San Luis, a principios de los noventa, Pilmayken de manera silenciosa ha construido en su primer libro «Para huir gritando y otros poemas», un universo diminuto y perturbador en donde su escritura se distingue más que por la capacidad de ver por su especial facultad de convertir cada detalle de esa percepción en un acontecimiento epifánico que sacude al lector.

«Para huir gritando…» es un libro que emociona, seduce, asombra y nos arrastra hacia esa orilla ubicada más allá de las palabras, donde la poesía irrumpe desnuda y sin prejuicios. Su intención, afirmaba en una entrevista hace algunos años, “es aprehender un tiempo lejano del que no quedan registros, así como combinar la franqueza y el poder emotivo de una chispa que es a veces sutil fuego, a veces cruel espina”.  Aclaraba, también, que concebía a la poesía como un medio para conocer la realidad que la rodeaba. “Pero una realidad ajena a mi intimidad. A tal punto que en mis poemas teorizo sobre lo que se me escapa. Quiero separar las obras de lo que soy”. Algo de eso se percibe en este libro, editado por la también joven editorial Perniciosa, donde le da voz a esos seres inasibles que casi no existen en términos colectivos y los retrata con sus aflicciones y pesadumbres, iluminados por breves e imprevistos chispazos de dicha. Porque tal vez como afirmaba John Berger, “cada vida tiene su propia propensión a la iluminación y no hay dos iguales”, y en esos resquicios de plenitud efímera habita una fuerza que Pilmayken  transforma en poesía.

“Y este dejo a fiesta/que nos despierta /acariciadas por un ángel/ que reparte nombres vacíos”, escribe en «Hemos dicho verano», un poema donde lucha por evitar que el desaliento entre a su vida y a solas se compadece de sus huesos, de esos pies que han comprendido al fin que el camino no es algo a buscar, es algo que se halla, que se encuentran. Pilmayken también parece advertir que la mayor parte de los caminos, sin embargo, tienen una consecuencia, como dejan entrever los versos con que cierra el último poema del libro: «Madre,/ mis días ya han sido disueltos/ son restos óseos. No habrá útero/ que no contenga el polvo/ y lejos de mí, en lo gris/ abrirás tu cuerpo al viento”.

A diferencia del la exuberancia de la que hacen gala sus contemporáneas, Pilmayken despliega un refinamiento etéreo atravesado por la infancia y la violencia familiar, en poemas que hablan de excavar en los lugares donde nos hicieron daño, de caminos difíciles y de pasarse de largos las paradas, mientras se sueña con algo que nunca va a llegar. Esa sensación de suspensión irremediable, de maravilla sombría, se refleja gracias al lirismo de Ayelén, que es capaz de crear todo un universo en unas pocas líneas. “Van a partirme el corazón sin piedad./ A lo largo de los años por venir/ no haré otra cosa que parir,/ y lavar ropa, y preparar comida/ y volver a parir, y juntar monedas/ y ahogar mi sufrimiento».
Una buena mujer debe callar su dolor./ Van a partirme el corazón sin piedad./ No le ha de importar que mi cuerpo/ aún es extrañamente hermoso”, escribe en el bello poema «Sin saber qué decir», y así redondea un libro donde una voz etérea y encantadora expresa sus necesidades sin vueltas, así como sus pocas expectativas de satisfacerlas.

Poderoso, pasional, grácil y delicado, «Para huir gritando…» es un libro extraño en la narrativa sanluiseña, tan acostumbrados a las elegías y los panegíricos. Sin excentricidades ni experimentalismo, Pilmayken concibe un libro intenso, desgarrador, que aborda emociones oscuras e irreparables, y cuyos protagonistas, cada uno a su manera, están atravesados por el dolor, tal vez porque saben que la suma de sus elecciones devendrá inexorablemente en un lento sacrificio.

Algunos de sus poemas…

Autobiografía

¿Cómo decir de quién, de qué manera se planta un pene
se pone semen macerado, se da a cuatro manos vida?
¿Cómo decir de cuándo, de qué cama surgió, de dónde vino?
Alguien llegó ebrio una noche, golpeó la puerta de una casa
humilde, azul de humilde, y una niña atendió. El hombre
entró, señaló un lunar en la piel de la niña y le ordenó
que se desvistiera, y hubo llantos, alaridos, y mucha sangre,
sobre todo mucha sangre, y entonces fui, fui ira, fui vergüenza
fui tristeza, fui un trapo húmedo, fui desconsoladamente Ayelén.

Me están esperando

Me están esperando. Esos hombres esperan que crezca.
Cada día que pasa observan con minuciosidad si mis pechos
han crecido lo suficiente. Están deseosos de comprobar
la humedad de mi sexo. Me están esperando.
La historia no deja de repetirse. Niñas que duermen solas.
Hombres que en mitad de la noche abren puertas.
La historia no deja de repetirse. Me están esperando.
Me están quemando por dentro. Los hombres
están arrimando piras a mi cuerpo adolescente.
Soy un periódico arrugado con el que van a encender el fuego.
Madre, estás demasiado lejos para oírme.
Saben que no ofreceré resistencia
cuando esos hombres me tomen como un fruto maduro.
Me están quemando por dentro. Debería morir.
Debería morir. Me estoy quemando por dentro.

A continuación la opinión de uno de los referentes de Perniciosa Editorial, sobre esta obra:

«Ayelén Pilmayken, poeta de la etnia olongasta, en ‘Para huir gritando y otros poemas’, su primer libro, demuestra que la poesía significa, entre otras cosas, nunca tener que renunciar a la belleza». Por Oliver Pedernera.

 

Ficha técnica de la obra:

«Para huir gritando y otros poemas»

Ayelén Pilmayken

Perniciosa ediciones.

Poesía

28 páginas

Contacto con la editorial: perniciosarevista@gmail.com.

 

Nota para Caminos de Tinta: Emma Shoshanna.

Edición: Sinforiano Digital.

Viel Temperley, el nadador que hizo de la poesía un mundo

Lejano a los círculos poéticos de su época, como así también a las presentaciones, lo conocemos gracias a una entrevista, a unas pocas tiradas de sus primeros libros que circulaban por las orillas y la edición de su obra completa en 2003. Algunos lo llaman padre; otros, poeta místico a falta de una biografía que al menos diga qué día fue el que murió. Héctor Viel Temperley, el nadador que hizo de la poesía un mundo.

Se la puede ver desde la entrada rodeada de verde y con algunos árboles. Con tan sólo acercarse ya se siente una vibración en todo el cuerpo. Parada en el costado más angosto, junto las manos como si fueran una, estiro los brazos, flexiono las piernas y por un instante no hay más tiempo que el que me separa de la orilla y el agua. Salto. El mar es cielo y para respirar no hay más que sumergirse. Dejarse ir, abandonar el puerto para poder comulgar como el ahogado.

Y entonces la libertad es esa bocanada y el esfuerzo para respirar. Así sale uno de los abrazos de agua que recibe de Viel Temperley con cada lectura, con cada nuevo libro que se termina. Googlearlo es sencillo, descubrir su biografía es como intentar encontrar en el puerto de Buenos Aires al marinero de los cigarillos John Player. Se sabe que murió en 1987 a los pocos días de que Sergio Bizzio lo entrevistara para «Vuelta Sudamericana», es la única entrevista a la que hemos podido acceder.

Viel fue publicista y periodista, un día decidió dejarlo todo y dedicarse a la poesía porque “lo mío tenía que ser todo un mundo”, como le dijo a Bizzio. Y fue esto lo que de alguna manera también lo llevó a ser un “orillero” sin escuela de la literatura argentina, tan custodiada por el canon nacional jerarquizado, zona que también la pueblan autores como Jacobo Fijman y Miguel Ángel Bustos. Evitó presentaciones, encontrar su voz fue desde romper su propia poesía hasta esconderse en ella para ir hacia lo que menos conocía.

Publicó nueve libros, en los primeros -Poemas con caballos (1956), El nadador (1967), Humanae Vitae (1969), Plaza Pabellón 40 (1971)-, se puede ver un “cuerpo ajeno que despega cuando se descalza del propio, de pies a cabeza” y esto es la presencia viva de lo otro, como dice Tamara Kamenszain.  Ya en “El nadador” corre la línea difusa del de agua que lo hará respirar, remontarse a sí mismo y descubrir el espejo que no es más que la naturaleza (árboles, piedras, la pampa) que está allí. Siempre la poesía como premonición a lo que le irá sucediendo después al yo, como con Febrero 72- Febrero 73 (1973), libro en el que hará resucitar fechas que actúan como testimonio. Cada brazada es un verso, cada verso es una respiración, cada respiración es la forma de ir hacia el cuerpo que tiembla. En ellos, como en el cielo, un ángel que acompaña y «que me dice esto o aquello».

Encontrar a Viel, y con él aprender a nadar para sacarle al tiempo la ventaja de su fecha, es como soñar con ser marinero o soñar con un marinero se parece a ver esos números en el fondo de la pileta: saber que está ahí, que está cerca pero que no hay por qué alcanzarlos y aferrarse a ellos. Leer a Viel es la vida en un abrazo que no se va, que como esa cuerda que ha tejido el crawl, sigue acá para guiarnos. 

"Bota sin pierna bajo el cielo".

«Bota sin pierna bajo el cielo».

Dos poesías seleccionadas de este autor…

Señor, soy el hombre que nada

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.del libro “El nadador”.

 

Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer -volaban los chimangos!-
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste…

En fin…
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin…
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin…
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba

con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme

del libro “Legión Extranjera”.

 

Nota para Caminos de Tinta: Emma Shoshanna.

Fotos: Internet.

Luis Vilchez, la voz del viento en las calles puntanas

El gestor cultural y editor acaba de publicar sus “Poemas imprescindibles”.  Un autor que hace memoria con sus huellas.

La nueva obra también fue presentada en Villa Mercedes este fin de semana.

—Ha escrito poemas en las marchas, con la guitarra, junto a su mujer, ¿cuál es el lugar más insólito dónde han surgido?

—Los poemas surgen de una necesidad de “vivir en poesía”, todas, todos podemos escribir poemas. Particularmente, yo he elegido una forma de vida para escribir, una poesía internacionalista. No conservadora de un lugar, sino comprometida con la realidad social, política y cultural del mundo. Probablemente en el Quisco, en diciembre del año pasado, para navidad, la camarera me pedía que le escribiera un poema para su Chile, para su amado pueblo de El Quisco. Y a medida que ella me hablaba yo sentía que fluía de su mirada laburante, amante de la vida, ese poema, que luego titulé “María Luz y El Quisco”.

Luis Vilchez nació en San Luis el 31 de enero de 1964 y vive en Juana Koslay hace casi veinte años. La poesía orbitó temprano en sus venas. En 2003 publicó en papel “Lavar nanas”, luego, en 2004, “Una filantropía de amor”, cuatro años después “Poemas de amor para una olla vacía”, al año siguiente “Esperándola”, en 2010 “Epitafios” y en 2013 “Como si fuera el fin del mundo”. También ha publicado en DVD sus “Poemas que destapan ollas”.

—Dijo que en su tercer libro “Poemas de amor para una olla vacía” se encuentra como poeta, ¿cuánto ha cambiado su visión de la poesía desde entonces?

—Yo desde muy niño que recito; sé más de 200 poemas míos de memoria, no los he estudiado, sino que nacieron de forma oral y luego pasaron al tiempo, al texto. Siempre fue una necesidad de comunicarme con el otro, con la o el que no conozco. Uno va caminado en la rueda azul de la poesía, que es la vida, y tiene dos posibilidades: o va para la derecha o va para la izquierda. En una están los oprimidos y las oprimidas de este mundo, en la otra el capitalismo. Yo elegí escribir para toda virtud o injusticia que tenga la primera. Esa es la visión que tuve caminado por los barrios de San Luis y el país, tomar conciencia de que todas, todos, somos sujetos históricos y que nos tenemos que hacer cargo del entorno que nos rodea. No nos tenemos que “salvar” solas o solos. Ese proceso de concienciación de la realidad que tuve al escribir “Poemas de amor para una olla vacía”, me hizo crecer mucho como ser humano, como posible escritor de poemas. Digamos, le encontré más sentido a la cosa, que escribir un poema bonito. La realidad (que es dura) comunicada en la belleza (al menos intento) de un poema.

—Dijo que en todas las revoluciones hubo grandes poetas, ¿con cuál libro haría la revolución?

—La revolución no se hace con un libro (pero vaya si no)… La revolución se hace con la coherencia en la palabra y gestos cotidianos. Yo lo que probablemente dije es que en toda época del mundo, en todo momento histórico siempre hubo poetas. Y no es casual que a las poetas y a los poetas como Violeta Parra, Nicolás Guillen, Roque Dálton, Vicente Zito Lema, Paco Urondo, Roberto Santoro, Mabel Redona, Pablo Melto, etc. de una u otra manera los gobernantes de turno los hayan torturado, encarcelado, desaparecido y muchas cosas más… entonces… pica la poesía… por algo será, ¿no?

Vilchez es gestor cultural. Desde 1999 dirige la revista «El Viento» que resultó ganadora del Primer Concurso Nacional de publicaciones callejeras “Contalo vos”, organizado por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, en 2006.

Gracias a la Revista Cultural Sur Americana (guturalmente hablando) “El Viento” ha construido una fraternidad entre poetas de San Luis, el país y América, ¿con qué sueña ahora?

—Sueño un mundo más habitable, sin violencia, sin guerras, sin tanta corruptela al por mayor, sin explotadoras ni explotadas. Sueño que la palabra amor, el abrazo, la amistad sincera, no nos cueste tanto pronunciar y sentir. Con respecto a lo cultural, sueño que la cultura nos sea sólo un “privilegio del clientelismo político”, que respire en la calle y con la gente.

—¿Cuál es el poema que más disfruta convidar de “Poemas imprescindibles”? ¿Le llevó mucho tiempo de corrección?

—Yo he disfrutado de todos, pero quizás hay dos especiales: “Poema imprescindible” y “Los abrazos y los pájaros”: al primero lo escribí pensando en la pasión que le ponemos a la revista «El Viento» y a Ediciones «Libros de la calle» con Mónica Algarbe, compañera de la vida, el segundo nace de la noticia del reencuentro de Estela de Carlotto (abuela de Plaza de Mayo) con su nieto recuperado. Me ayudó el poeta Pablo Melto en la corrección del libro, referente de las artes.

—¿Dónde se forma un poeta?

—Yo me he formado con la lectura, creo que hay que leer mucho, que hace bien al alma, que uno aprende, juega, sueña cuando lee. Se forma, se deforma, se forma, se deforma… Un poeta se forma leyendo, compartiendo con otros referentes, preguntando. Yo he tenido la suerte de que soy amigo de muchos referentes en la poesía como el poeta Daniel Cristobo, Pablo Melto, Juan Miguel “Pelado” Bustos, Jorge Bustos, Beba Di Genaro, Nora Bruccoleri, Ernesto Cardenal, Enzo Mottura, Mabel Redona, Vicente Zito Lema, David Gatica, Pablo Torres, Fabio Boso, Roberto “Tato” Iglesias, Víctor “Pajarito” Cuello, Mariela Zobin… Un río, un mar interminable de palabras que caminan sobre la tierna birome de la realidad de los pueblos del mundo… allí me he formado, comiendo un asado, compartiendo un mate, un vino, escuchándolos, aprendiendo de sus defectos y virtudes… Me faltan nombres, son sólo algunas, algunos de estos ríos y mares los que nombré y agradezco me hayan formado.

Vilchez ha colaborado en diversas revistas y diarios del país. Escribió además “Otra publicación, Las Hojas”, una compilación de testimonios, notas, poemas, cuentos y crónicas de escritores de la década del 60 y 70. También  “Pra Frente”, historias de vida, contexto y educación Popular, Roberto “Tato” Iglesias. En 2015, el escritor Vicente Zito Lema integra parte de la obra de Vilchez en su libro de compilación “Trelew, una ardiente memoria”, donde se registran reflexiones de escritores como Julio Cortázar, Juan Gelman, Mario Benedetti, Osvaldo Bayer, entre otros. Asimismo, el año pasado el escritor ganó el concurso “Argentina le escribe a Palestina”.

—¿Cómo ve a la poesía puntana de los últimos años?

Hay grandes poetas en San Luis, lo que no funciona es la gestión cultural (podríamos remitirlo a cualquier ámbito de la cultura). Las respuestas son evidentes para mí. No veo voluntad de “convidar” en las o los gestores de la cultura puntana. Quizás tenga que ver con las primeras preguntas que me hacés y vamos a llegar a una conclusión juntos. Con «El Viento» trabajamos desde hace 18 años para que eso cambie, ojalá hayamos contribuido con algo: 98 números de la revista, 28 libros de ediciones de «Libros de la calle», cuatro CDs y varios DVDs de autores puntanos… pero falta.

—La poeta “Beba” Di Genaro publicó mediante su editorial, ¿qué recuerdos tiene de ella?

Tomaba el té casi todos los martes a las 17:00 en su casa. Aprendí mucho de ella, una mujer apasionada por la poesía, que superaba los tiempos de la sociedad puntana, una sociedad muy tradicionalista y conservadora, ella publicó con nosotros su último libro “Decisiones del cuerpo”. Siempre se sintió una integrante más de «El Viento». Una gran guía para mí. Una buena amiga.

—Este año se cumplió el centenario del natalicio del poeta Agüero, ¿cómo siente su legado de verde memoria?

Nosotros admiramos la obra de Agüero y la difundimos en los barrios, con la gente en la calle. Antonio fue un poeta ambientalista, un revolucionario para la época. Creo que no se difunde bien su obra (pero aplaudo el intento)… Los que la difunden, que tienen la posibilidad y los medios para mostrar los tomos de sus libros, lo hacen sólo por rédito propio, lucran para que los conozcan a ellos o a ellas (no hace falta dar nombres, todo el mundo lo sabe, pero calla). No conozco apasionadas o apasionados como por ejemplo Beba Di Genaro o el narrador Roberto Clark para convidar su obra con profundo amor y desinteresadamente. Sugiero lean el libro “De sombras y otro olvidos” que la editorial de la UNSL, allí aparte de la hermosa poesía de Beba, están las cartas de ella con Agüero, y vas a ver a un poeta marginado por su sociedad, pobre, enfermo y que “Beba” apoyó hasta el final.

 

Nota para Caminos de Tinta: Acrílico.

Fotos: Gentileza Revista «El Viento».

Criaturas un poco absurdas

Crónicas. El ensayista Luigi Amara retrata vidas anómalas y subterráneas.

En 1936, Roy Robert Smith es invitado al programa de Mr. Ripley Créase o no a contar su vida. O mejor dicho: su ausencia de vida. En esa gran enciclopedia de rarezas que es el programa de Ripley, la de Smith es la de no haber dejado marcas ni referencias en su existencia. Un largo listado registra parte de lo que Smith, de casi cuarenta años, no hizo: no tomó Coca-cola, vino ni cerveza, no jugó al fútbol, anduvo en bici, besó a una mujer, ni salió de excursión, no entró a un bar, no se peleó, no estudió un idioma, ni entró a un hospital, ni se desmayó, ni apostó algo, alguna vez, y nunca vio un muerto. “Indescifrable en su manera de darle la espalda al mundo”, escribe Luigi Amara (1971), “las razones de Smith para darle la espalda al mundo acaso permanecerán por siempre como enigma”.

Editor, poeta y ensayista mexicano, Amara escribe en La liberación de la mosca sobre seres en estado próximo a la nulidad, “imágenes discordantes de lo que pudimos ser y no hemos sido, imágenes que nos suscitan alivio y simpatía pero también repulsión”: Julia Pastrana, mujer barbuda, John Connish, que disfrutaba de hacer colas, Thomas Lloyd, el escritor que se comía los libros.

Sus textos están a mitad de camino entre el ensayo y el relato biográfico, más como si los separara que como si los juntara. En ese gesto de separar el relato de una vida de su sentido, los textos se construyen sobre una inquietud por la veracidad. Son “reducciones al absurdo del absurdo”. Roy Smith se le antoja a Amara como el reverso de Scott Fitzgerald y de los hombres intrépidos. La propagación de su absurdo irradia, dice, por contagio viral o por propagación espontánea; es una irrealidad que va a gestar “el desmoronamiento de una forma de vida, de un ideal basado en la vanagloria del anhelo y la conquista inmediata, que no antecede sino a la destrucción de los imperios”.

Fuente: Clarín

Luis Godoy, «Poeta y soñador»

Luis Godoy nació en Villa Mercedes, en 1963. Dice amar la vida y la libertad. Se presenta como poeta, dramaturgo y murguero. Hace unos meses presentó su libro «Poeta y soñador» en la Feria del Libro de Villa Mercedes.

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Luis también dicta talleres de redacción de poesía y ha involucrado a sus alumnos en su propia producción literaria. Participó en numerosos encuentros de café literario en la ciudad.
«Poeta y soñador» es su primera obra. Su nombre se debe al título del primer poema del libro. Las poesías, relatos y cuentos que lo componen suelen referirse a hechos y personas de barrios populares de Villa Mercedes, reconociendo los valores y la sencillez de los protagonistas, aunque también contando situaciones difíciles.

Luis Godoy conversó con Caminos de Tinta sobre su reciente publicación, y habló de sus comienzos, su compromiso social y su amor por San Luis.

—¿Cuando comenzó a escribir?
—Comencé en 1982. Vivía en Buenos Aires en ese tiempo, se me dio la oportunidad de acompañar a una mamá que iba a esperar a su hijo que volvía de Malvinas. Esa fue la primera historia que escribí, y seis meses después me llamó la familia de ese chico para que lo leyera frente a sus compañeros. Fue emocionante. Desde ahí, no paré más de escribir.

—Es decir que empezó hace 34 años, aproximadamente a sus 20 años. La mayoría de los escritores suelen empezar más temprano, ¿por qué cree que no se dio antes?
—No sé, fue totalmente extraño porque jamás había leído tampoco. Nada. A pesar de los contactos que tuve en la escuela con la lectura. Fue un clic en mi vida, y empecé a escribir, a estudiar teatro, a escribir obras de teatro. Me apasiona eso. Los poetas urbanos, los que nos formamos en la calle, tenemos contacto con la actualidad y podemos hablar algunas cosas. Eso es lo que me impulsa a seguir escribiendo cada vez más.

—¿Sus obras suelen tener un contenido social?
—Sí, porque son experiencias que uno vive y que nunca son blanco o negro, sino una escala de grises. Y en esa escala uno puede jugar con el lenguaje, con las palabras. Muchas personas en nuestra sociedad no son escuchadas, y escribiendo se puede hacer que se los escuche. He tenido la posibilidad de estar en varios lugares de la provincia, llevando estas vivencias, mostrando que hay cosas que nos pasan a todos y que la vida se compone de luces y sombras.

—¿A qué escritores tiene como referentes? ¿A cuáles ha leído?
—El primer libro que leí fue de Pablo Neruda. Era chico, y me impactó su trabajo, su obra, su manera de pensar. Leí también a García Márquez.

—Ambos tienen una impronta marcadamente latinoamericana…
—Sí, y también tienen un compromiso social. En mi caso, también en teatro, las obras que he escrito han abordado cuestiones sociales.

—¿Cómo comenzó a escribir para teatro?
—Estaba con un grupo de teatro del Plan de Inclusión Social, donde también trabajaba. Poníamos en escena nuestras propias obras, ahí fue cuando empecé con la dramaturgia. Hasta hemos representado a nuestra ciudad en ámbitos provinciales. Para mí ha sido importante tener esas oportunidades, viniendo de un lugar humilde, de un barrio humilde. Eso me da orgullo.

—En la Feria del Libro de Villa Mercedes, en septiembre, presentó su primer título: «Poeta y soñador». ¿Con qué se van a encontrar los lectores allí?
—En el libro se van a encontrar con vivencias de esta querida ciudad de Villa Mercedes. El 90% del libro son historias que han ocurrido aquí. Hay relatos breves y dos cuentos que decidí incluir. Son historias que nos van pasando en el día a día. Le escribí al barrio, a la ciudad, a los personajes que la habitan.

—¿Alguna vez estudió la carrera de Letras?
—No, jamás. Soy autodidacta. No he ido a ninguno de los cursos que se dictan. Tengo mi propio estilo, mi propio pensamiento.

—¿Qué es lo mejor que le pasó en su tarea literaria?
—Lo más lindo que me ha ocurrido desde que comencé a escribir es poder compartir este oficio con otros, como cuando conocí a Julieta Soledad (una de sus alumnas). Ella tenía 9 años en ese tiempo. Me gustó muchísimo cómo escribió desde el primer día. Conversé con sus padres, con ella, y hasta ahora ya ha estado en cuatro antologías. También conocí a una señora del barrio La Ribera, con la que hace un año que estamos trabajando. Evelyn, del barrio 96 Viviendas, o Débora, que también está con nosotros serán «mis herederos», de alguna manera. Me encanta compartir eso, además de los momentos juntos, mate de por medio.

—¿Le interesa entonces que esas personas después transmitan a otras lo que aprendieron, además del interés por lo social?
—Exactamente, esa es mi intención. No hace falta escribir un libro para ser un poeta; si escribís y lo volcás en un papel, aunque hagas una página ya sos un poeta. Tratamos de transmitir eso, de trabajar con la comprensión de los textos, y con las realidades. En mi libro se van a encontrar con muchas de ellas, algunas lindas y otras no tanto.

—¿Cómo definiría su propia literatura?
—Es difícil definirse uno mismo. Prefiero que me definan los lectores, pero diría que soy un hombre que le escribe a las cosas de la vida, que constantemente está en contacto con la gente más humilde.

—¿Se considera un escritor puntano?
—Sí, porque amo mucho a mi provincia, y en particular a Villa Mercedes. Desearía terminar mis días en esta ciudad. He tenido la oportunidad de ir a otros lados. Estuve un año, no aguanté más y volví. Ya no voy a irme más. Amo la provincia de San Luis, es el lugar que nos dio Dios en el mundo, y tenemos que cuidarlo.

 

Nota y foto: Kafka Tamura para Caminos de Tinta.

Adiós al poeta Oscar Sosa Ríos

Publicó 25 libros, ganó premios nacionales e internacionales, fue fundador de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Villa Mercedes, y conductor del programa radial “Arte Libre” durante 25 años. Su ciudad natal lo despide este lunes a las 17:00, frente a la Casa de la Cultura.

Villa Mercedes despide al poeta Oscar Sosa Ríos.

Villa Mercedes despide al poeta Oscar Sosa Ríos.

“Sin dudas fue un grande de la poesía, no sólo de San Luis, sino del mundo”, contó el poeta Julio Cejas, quien incursionó en la lírica gracias al apoyo de Oscar Sosa Ríos. “Fue el primer poeta que conocí cuando comencé a escribir, y me invitó a dar a conocer mis versos. Yo tenía 26 años y él, diez más. Fue mi maestro, me decía que tenía que escuchar el ritmo de la poesía”, señaló Cejas, aún conmovido por la muerte del autodidacta que, después de haber vivido 23 años en Buenos Aires, regresó a Villa Mercedes, su ciudad natal, en 1979.

Sosa Ríos nació el 30 de julio de 1934 y publicó 25 libros. Aunque el azul fue la imagen poética que utilizó para uno de sus poemarios, se caracterizó por un mensaje menos plástico. “Su poesía es totalmente social, de lucha por la igualdad, el hombre, la paz y el amor”, lo describió Cejas, quien además destacó el impulso a la cultura que Ríos generó en su pequeña patria.

El poeta murió este domingo y sus restos serán velados frente a la Casa de la Cultura, este lunes a las 17:00. Tenía previsto presentar el miércoles su última obra titulada “Ayer… Hoy… y algunos nomeolvides”.

Ríos trabajó en revistas y diarios del país y del exterior. Fue jurado. Dio conferencias. Dirigió y participó en espectáculos poético-musicales. Concurrió a encuentros de escritores y poetas en el país y en Cuba, Chile, Puerto Rico, España y Uruguay; viajó por Paraguay, Brasil, Bolivia y Ecuador.

También participó en la antología “Antes que el viento se apague”, y escribió la obra de teatro “Los 7 pecados del capital”.

Ganó premios nacionales e internacionales. Fue fundador de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Villa Mercedes, en 1982, y conductor del programa “Arte Libre”, con 25 años de aire.

Ríos sobresalió por su generosidad con los escritores locales (por ejemplo, prologó dos obras de Julio Cejas) y por retratar a personajes entrañables. En los últimos años anhelaba escribir sus memorias.

“Dueño de una vasta como destacada  trayectoria, su labor fue reconocida en ocasión de la última Feria Nacional del Libro de Villa Mercedes. Su literatura se destaca por un fuerte compromiso social, su amor al terruño y a sus habitantes más desposeídos, con una mirada centrada en la humanidad y la ternura que otros no sabían ver. Su obra lo eterniza en la memoria literaria de su pueblo”, comunicó la Municipalidad de Villa Mercedes.

Sosa Ríos era un cantor de su pueblo azul y de sus pobres pájaros.

Sosa Ríos era un cantor de su pueblo azul y de sus pobres pájaros.

Ríos azuló durante años los ojos de sus lectores. Era un cantor de su pueblo azul y de los pobres pájaros, tal como él se definió: “¿Y por qué azul? Porque San Luis es así. Toda azul. Su cielo, su gente, sus ilusiones, su canto. Toda azul como el quinto del espectro solar. Como el Azul de Darío, Rubén de América. Como la esperanza de esta tierra mía, que me dio la primera aurora y el azul plenilunio de mi casto verso. ¿Y por qué los pobres pájaros? Porque ellos habitaron con gris presencia, con terrosos harapos, este viento azul de mi pueblo, construido a puro corazón y porque surcaron las rizas, los inviernos, los tiempos con la dignidad de vivir, sin saber, sin imaginar, que la poesía era también de ellos. Azul y pájaros para este canto mío”.

Su obra

Libros colectivos: “Aquí la Primavera”, “17 Poetas” y “Vocación de Buenos Aires” (Años 1966 – 67 y 68)

Sus libros: Al este del hombre (1970), Sueño Numeroso (1972), Antiguas Flores de Marzo (1983), Esta Campana Tibia (1987), Antes que el viento se apague (1989), Mi pueblo azul y los pobres pájaros (1993), Mi ciudad, las calles y algunas canciones (1996), 20 Clasificados 20 y un canto (1998), María Luz y Sombra (1998), Qué clase de amor (1999), América Rocíos y Cenizas (1999), Irremediablemente míos (2001), Obra de teatro: Los siete pecados del capital (2001), Mi ciudad, los pobres pájaros y algunas canciones (2002), Los Niños y el Asombro (2004), Homenaje (2005), Yo soy Argentino, soberbio y divino… y de vanguardia (2007), Irónicas (2008), Cerca de mí (2009), Pensamientos y esoterismo ecuménico (2009), Homenajea… dos (2010), 20 poemas cardinales y una historia de amor (2011), No está en mí (2016), Ayer, hoy y algunos nomeolvides (2016), y dos libros de cuentos inéditos.

Nota: Matías Gómez.

Fuente y foto: Municipalidad de Villa Mercedes.

Edición video: Martín Micali.

Voz off: Oscar Sosa Ríos.

Fuente: Agencia Noticias San Luis.

Poeta al fin

Carmela Quipildor esperó hasta la jubilación para dedicarse de lleno al arte. Nació en Catamarca pero vive hace varios años en Merlo, donde pule sus versos orquestados por la naturaleza y la pintura, otra de sus pasiones. Pronto publicará su quinto libro.

Además de poeta, Carmela ha sido docente, dibujante, pintora, fotógrafa y mimo.

Además de poeta, Carmela ha sido docente, dibujante, pintora, fotógrafa y mimo.

“El arte me dio el sentido de la vida y la poesía es una necesidad espiritual”, sentencia Carmela Quipildor, a los 78 años.

En su pequeño departamento en Merlo, donde vive desde 2001, tiene varios cuadros con diferentes técnicas que dan cuenta de su larga inquietud artística. Pero además de los pinceles y la pluma, Carmela ha trabajado con las tizas, los párpados y con guantes. Es que fue docente, fotógrafa y mimo.

En breve publicará su quinto libro que, a diferencia de los anteriores compuestos por versos al estilo haiku, ahora elabora un ensayo sobre educación, en base a su experiencia.

Quipildor nació en Tinogasta, provincia de Catamarca. “Desde pequeña buscaba cosas para hacer arte. A los siete años me fui a vivir a Córdoba con mi madrina, porque pertenecía a un hogar muy pobre y mi madre estaba muy enferma. Mis hermanos tuvieron que trabajar desde muy pequeños. En el 83, me reencontré con ellos en el sur del país”, cuenta.

“Una mañana me despierto y se me vino la palabra Merlo. ¡Ah! dije, debe ser el Merlo de San Luis, entonces me vine a averiguar”, agrega sonriendo.

Carmela trabajó doce años en el Instituto de Oncología “Ángel H. Roffo”, luego se desempeñó quince años en servicios sociales bancarios y posteriormente fue docente de dibujo en Buenos Aires, donde vivió por más de cuarenta años.

“Nunca viví del arte. Ahora que estoy jubilada, sí”, expresa. Durante su tiempo libre, Quipildor se dedicaba a su pasión. “Trabajé como técnica radióloga para trabajar menos horas y dedicarme al arte”, dice entre risas.

“Se ve que no nací para tener hijos. Mis hijos son todos estos”, reflexiona sonriente, mientras señala los cuadros en su hogar. El silencio hace que las cucharas del café suenen como martillazos. “En Catamarca no me conocen”, confiesa luego, seria.

Carmela Quipildor esperó hasta la jubilación para dedicarse de lleno al arte.

Carmela Quipildor esperó hasta la jubilación para dedicarse de lleno al arte.

Quipildor realizó exposiciones en Merlo y Buenos Aires. También escribe historietas, cuentos y ha participado en diversas antologías. En su biblioteca atesora obras de Roberto Juarroz, Vicente Huidobro, Santiago Kovadloff, entre algunos de sus preferidos.

Su tercer libro, titulado “Semillas”, va por la segunda edición. A menudo recibe cartas de puño y letra con cometarios desde otros países.

Agüero ha maravillado a la poeta. Lo relee siempre. Para el concurso “Agüero, poeta del arraigo”, le dedicó un poema que lee con resonante cadencia: “Salgamos vestidos de niebla/ con la ropa de los vagabundos y los humillados,/ para dar nuestro canto de viva voz, Antonio Esteban Agüero”.

En este poema, Carmela también parece presagiar su propio destino: “Ser polen que viaja/ meterse en la célula del canto/ armar y quebrar la vida/ ese es el destino del poeta/ y se entrega como niño/ y se sabe abandonado con la dulce y amarga sensación/ de un cantor prófugo que deja su nido cantando.”

Fuente: Agencia de Noticias San Luis

María Luisa Isaac, la poeta que se enraizó en Quines

Nació en San José, Córdoba, pero enseñó durante 48 años en el interior puntano. Sus dos libros publicados condensan recuerdos e imágenes precisas. Fuera de los párrafos, a sus 89 años, contagia humor.

Hace varios años, la poeta se enraizó en Quines donde hoy redacta comedias escolares.

Hace varios años, la poeta se enraizó en Quines donde hoy redacta comedias escolares.

El entusiasmo y la lucidez al hablar de María Luisa Isaac desencajan con sus 89 años. Aunque pasó poco más de la mitad de su vida enseñando en el campo, la poeta nacida en la localidad de San José, Córdoba, ha encontrado el secreto para la vitalidad: el humor.

Pero no le basta con tachar calendarios. Ya se eternizó, porque temprano trabajó el alquímico poder de la palabra. Primero íntimamente y luego en público con imágenes románticas, naturales y cristalinos mensajes.
“La literatura me fortalece el espíritu. Me da una eterna primavera en mi corazón a pesar de los años que tengo”, afirmó.

“Empecé a escribir cuando estaba en tercer año. Tenía 10 en Literatura y 2 en Matemática”, agrega sonriendo la autora de “Historia de San José” y “Los versos de mi vida”, obra que presentó en la última Feria del Libro, realizada en San Francisco del Monte de Oro.

La poeta reside en Quines, al norte de la provincia, hace varios abriles. Vino hasta la capital puntana exclusivamente para la entrevista. Soltó otra risa al contar que la trajo en camioneta un exalumno. A pesar del ruido de las tazas y las charlas matinales en la cafetería, Isaac sostiene un agudo tono docente: “Escribo lo que siento. No hay métricas, hay metáforas. Escribo lo que me sale de adentro, especialmente cuando estoy triste”.

“No se escribe todos los días -advirtió después, grave-. Hay un momento que te sale y otras veces es como si empacara la rima. Cuando no me sale leo mucha historia”.

Inicio literario

Actualmente, María escribe comedias para escuelas de Quines. Además integra la comisión de escritores y poetas de esa localidad, y prepara alumnos del secundario en Historia.

Su pasión literaria germinó por la familia. Su madre copiaba poemas en un cuaderno para luego leérselas. “Mi papá improvisaba poesía en árabe y después las traducía al castellano. Y tengo una hermana que tiene una redacción asombrosa”, indicó la escritora que integró un grupo encargado de investigar el origen de Quines.

Dos grandes plumas la foguearon. “La doctora María Delía Gatica de Montiveros me aconsejó que continuara escribiendo y corrigiendo”, dijo. Y el escritor colombiano Vargas Vilas de quien recita de memoria durante la mañana del viernes: “El sol se oculta en el ocaso dejando allá a lo lejos sus púrpuras ardientes como las últimas llamaradas de un incendio”.

Seria, con las palmas frente a su cara, Isaac expresa que hubo tres poesías que “le bajaron” casi enteras. Una trata de un novio que tuvo y que murió antes de que se casaran, y las otras dos están dedicadas a su hermano Ángel César, quién falleció en un accidente, y al sacerdote Juan Ogrin.

Vocación por enseñar

María desde pequeña jugaba a ser maestra. “Empecé siendo docente en una suplencia en Santa Rosa del Conlara, después me dieron un puesto titular en las Canteras de Albarracín, cerca de Colonia Zubeldu (departamento Chacabuco). Ahí sentí mucha soledad, extrañaba a mis padres. Era personal único, tenía 17 años. La escuela se llamaba Los Corralitos Nº 97, y la población escolar era de las canteras”, narró.

Luego enseñó en Los Nonos (Córdoba), en el paraje Las Palomas (San Luis) y asumió posteriormente como directora, primero en Balde de Escudero y al tiempo en San Miguel, poblado ubicado entre Quines y Candelaria. En total fueron 48 años de tizas. Al igual que Polo Godoy Rojo cuando era maestro rural, María registraba por escrito aquellas vivencias y ahora está por redactar sus memorias.

“Desde el 91 al 95 inauguramos una biblioteca con 3 mil volúmenes, jardín de infantes, y salón multiuso”, recuerda de su paso por San Miguel.

“Es muy linda la vida del docente, m´hijo. Porque uno llega con todo el corazón y entra en el corazón de los chicos. Hay que enseñar con amor. Recuerdo hasta los bancos donde estuvieron los niños en cada una de las escuelas”, aseguró en tono quinense.

“Inculcar en los niños el abecedario del amor y el verbo del saber”, remata en uno de sus poemas.

Poética añoranza

Entre el aroma a café y sus libros sobre la mesa, la charla vuelve a orbitar hacia la poesía. María abrió “Versos de su vida” en medio del barullo y leyó cálidamente en voz alta una estrofa que eriza la piel: “…Mis cenizas que se esparcirán cuando yo muera servirán para besar los pétalos de tus rosas, cuando mis recuerdos renazcan como el ave fénix en cada eco y en cada canto”.

El poema está dedicado a su pueblo natal San José, cerca de Villa Dolores. “Moriré físicamente, pero viviré de esta forma”, sentenció. “He dejado muchas huellas en esta vida. He sufrido de todo en la docencia pero nunca me quejé”, reflexionó.

“La poesía tiene que tener un sentido porque consiste en engalanar la palabra. Ya casi no hay poetas. La palabra poética está un poco descuidada porque los apuros económicos o los compromisos no dejan concentrarse para escribir”, profundizó.

Atenta a que la inspiración brote en cualquier momento, María apuesta por su vocación literaria a la cual considera su vida. Si las musas están mudas, la poeta paseará por la plaza o el río de Quines, para que regrese la música.
En “Arte poética”, Borges estrofó magistralmente esa sensación: “Ver en el día o en el año un símbolo/ de los días del hombre y de sus años,/convertir el ultraje de los años/ en una música, un rumor y un símbolo,/ ver en la muerte el sueño, en el ocaso/ un triste oro, tal es la poesía/ que es inmortal y pobre. La poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso./”.

“Cuando uno escribe deja el materialismo y se traslada hasta lo que sueña”, aportó Isaac.
Pero no todo es cuestión de categórica trascendencia. “Soy un poco humorista por eso me mantengo así m´hijo”, confesó la escritora.

Fuente: Agencia Noticia San Luis

Ariel Szpeiher, el poeta callejero

Por tanto “guerrearla”, el autor asegura que vive de lo que escribe. Su primer libro “Semillas de conciencia” va por la sexta edición y ahora prepara “El viaje del peregrino”, obra que reúne sorprendentes anécdotas de sus viajes terrestres y espirituales por Latinoamérica.

Ariel Szpeiher, el poeta callejero asegura que vive de lo que escribe.

Ariel Szpeiher, el poeta callejero asegura que vive de lo que escribe.

Cada tanto respira profundamente o toma una bocanada de la siesta invernal. Ríe. Como si pudiera absorber los componentes de este momento, la naturaleza en el Parque de las Naciones, o la intensidad de sus propias experiencias más allá de la razón instrumental. Parece que todo confluye desde su interior. A veces, su decir poético se levanta ilimitado, extraído de observaciones y ensoñaciones, navegando por las corrientes subterráneas del sentir y el vivir hoy. ¿Quién no ha escuchado al poeta de rastas en el colectivo o en la Plaza Pringles? ¿Quién negará que le canta a la esperanza?

Ariel Szpeiher (37) nació en Córdoba pero desde los tres vivió en Buenos Aires. Hijo de una asistente social, concurrió a un colegio pupilo y escribió “Vivir”, su primer texto, a los doce años. Estudió Rabinato, y Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Además, antes de viajar por Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y Chile, trabajó como paseador de perros.

“Semillas de conciencia”, su primera obra, fue “escrita de un tirón” -como asegura-, va por la sexta edición y actualmente prepara “El viaje del peregrino”, donde cuenta sorprendentes peripecias.

“Vamos a pedir todos olas gigantes para poder surfear. Vamos a ponernos a ver que vienen olas gigantes y empezamos a decir ‘gracias’, ‘gracias’, ‘gracias’, y nos pusimos todos en esa frecuencia”, narra Ariel con suspenso. “Y me acordé que una vez una chamán me había dicho que cuando le quiera pedir algo al elemento agua tenía que acercarme al río o al océano a esperar la primera ola que venga para pedir, en la segunda ola significa que me escuchó y en la tercera es que se va a cumplir lo que pedí. La cuestión es que me voy acercando al océano, me arrodillo, pido viene la primer ola. No habrán pasado ni treinta segundos que viene una segunda ola que me revuelca. Cuando vuelvo al fogón, viene detrás una ola que nos apaga el fuego. Y tuvimos que buscar refugio en el pueblo. Fue un maretazo. Después vinieron cinco días consecutivos de olas gigantes que destruyeron el pueblo, literalmente”, recuerda Szpeiher y concluye su asombroso relato del hecho acontecido durante un fogón en Mancora, Perú: “Después me buscaron por el pueblo para lincharme creyendo que tenía poderes de chamán. Un dueño de un restaurante se apiadó y me prestó una cabaña. Ahí me quedé exiliado como seis meses y ahí es donde empezó a nacer Semillas de conciencia”.

Lector de la Cabalá, del Bhagavad Gita y de Erich Fromm, Ariel cuenta que vino a San Luis porque en Ecuador conoció a su actual pareja, Melisa quien estudia Geología acá y es madre de Shantal. El poeta trotamundos también tiene dos hijas en Buenos Aires. “Estoy muy agradecido a la provincia por la aceptación”, señala.

¿Vive de la escritura?

—Sí, absolutamente. Hace años ya. Pero tuve que tocar fondo. Todo esto salió mágicamente y a veces uno tiene que tocar fondo para volver a salir, como la semilla que primero se pudre, se entrega a la tierra y después florece entre paisajes alucinantes. La verdad es que me alcanza para vivir. Hoy tengo ropa para vender.

“La lucha de estar con vida, es continua, pero vale la pena luchar, llegar a metas, objetivos y concretarlos es hermoso y nadie te quita esos logros que son únicos y tuyos; estos te sirven, te nutren de una experiencia que solo te da la vida misma y tómalas que sirven y de mucho, todos tenemos caídas en esta vida, saber tomarlas es lo que nos debería importar y no juzgues tu pasado porque fue lo mejor que te pudo pasar, porque este te fortaleció y te formó tal como sos, tomar las cosas por el lado positivo ayuda y mucho, siempre es bueno escuchar el tronar de las campanas y tomar su sabiduría, pensar en sí, en uno mismo sirve pero de vez en cuando, háblale mucho, mira tu imagen y júzgate porque tú eres el ángel o diablo de tus acciones, obsérvalas con atención tomando en cuenta que estas formarán tu historia futura”, comparte Ariel en “Vivir”, un texto que germinó por su vivencia en la calle durante la adolescencia.

Szpeiher dice que con sus poemas guerrea y patea la calle. A donde va lleva un morral con su libro o folletos para ganarse el pan. Recitar es su trabajo. Y pide que el poeta vuelva a ser juglar. “Uno cuando se entrega a la gente desde la expresión que sale del alma, también recibe algo. Y se va cargando de esa energía que va fluyendo en el momento y en el aire. Ahora los poetas si no tienen un vocabulario amplísimo no se consideran buenos o si no ganan un concurso”, apunta Ariel, quien ha propuesto diferentes proyectos culturales para la provincia.

—¿Ha pasado hambre mientras viajaba?

—Muchas veces, pero qué bueno que lo haya podido pasar porque eso me fortaleció para no volver a pasarlo. En realidad no pasé tanto hambre. En Copacabana, cuando empezó mi viaje, estuve seis meses al costado del lago Titicaca y era una época de baja temporada en el pueblo pero siempre iba a comer a casa de gente que me conocía. Lamentablemente estuve bastante tiempo en conflicto con mi trabajo, lo llamo trabajo a esto de entregarles palabras a las personas a cambio de la colaboración con la que tengo que vivir. Digo lamentablemente porque vivo acá, en este sistema, porque cuando he vivido en la montaña, en la playa o en la sierra no dependía de la economía. Estuve dos años caminando descalzo por Perú y recitaba a cambio de comida, ducha o frazada para dormir.

—En tantos lugares que ha visitado, ¿ve esto que en su poema “Ambición” señala como “gente rehén del egoísmo”?

—Constantemente, lamentablemente. Creo que todos tenemos parte de eso. El que esté libre que arroje la primera piedra (ríe). El reconocerse a uno mismo, según lo que dicen las leyes cabalísticas, que somos algo importante en este universo y en realidad somos sombra y polvo, ahí estamos hablando también de ambición. En realidad somos una chispa que enciende al ego también.

—Creo que todos tenemos un propósito que es empezar a darse cuenta de la conexión que uno puede tener con el medio que lo rodea y es un largo camino que tenemos, es la evolución humana.

—En una parte dice también que “somos guerreros de la luz al despertar de nuestras virtudes antiguas”, ¿cuáles serían esas virtudes que se tienen que despertar?

—Primero la conexión con nuestra madre tierra. Hay muchas virtudes que tenemos y están bastante dormidas, por ejemplo la telepatía, que hay que despertar la glándula pineal que está en el tercer ojo y hay ejercicios para poder comunicarte telepáticamente; eso es algo muy antiguo que se perdió.

—Y habla de una nueva educación…

—Este momento puede dejarnos una enseñanza a ambos y eso es la nueva educación. Tomar de cada momento que observemos lo que nos brinda en el entorno. Observar la pequeñez que existe. Muchas veces estamos nublados por la materia que nos sustenta. La gente está tan perdida en conseguir el mejor celular o la mejor pantalla y se olvidan de que realmente cuando te sentás frente a un paisaje tenés un plasma divino, inigualable.

—¿El futuro no interesa?

—El futuro es ahora, ahora. Es un presente continuo.

Por sus excentricidades e inquietudes, a Ariel sus amigos lo apodan “Mumm Ra” que es un personaje de los dibujos animados “Thundercats”. El poeta enfatiza que siempre escribe en trance, conectado con algo, incluso extraterrestre, que le dicta mensajes. “‘Semillas de conciencia’ habla mucho de pedirle al universo lo que uno quiere, visualizarlo, agradecerlo, y actuar como si a lo que pedimos ya lo tenemos. Es la ley de la atracción, hay varios libros que hablan de eso. Eso automáticamente enciende la fe que mueve montañas. Con el tiempo otros lectores me decían que lo que transmitía a la gente tiene que ver con la metafísica”, explica

—En el libro habla del “silencio del silencio”, ¿qué es?

—Entrar en meditación. He meditado bastante y me he cruzado con gente que me dice que uno puede estar en constante meditación. Podés hablar y vivir en un estado de conciencia diferente.

—¿Cómo definiría esa conciencia?

—Es como la transmutación, como convertir el plomo en oro. Darse cuenta de lo positivo que hay en nuestro entorno y darse cuenta de que está ahí por algún propósito. Tomar conciencia de nuestro entorno, por ejemplo, que nos pueden curar las plantas sin tantos químicos ni laboratorios. Hay una sola conciencia y es universal. Creo que todos deberíamos conectarnos con esa conciencia universal. Es la entrega. Dar sin esperar recibir.

Su poema titulado “Trance a la materialidad” dilucida: “Cuando la energía del pensamiento expresa su constancia, está en proceso a demostrarse en materialidad, se expande en ondas por el espacio cambiando la probabilidad, transformándola en verdad pura y constructiva, creando lo nuevo e inexplorado, demostrando otra realidad expresiva en el presente”.

 

Fuente: Agencia de Noticias San Luis.