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Ernesto Sabato, el escritor que interrogó como pocos a la naturaleza humana

Los caminos de la educación llevaron a Ernesto Sabato a experimentar con las radiaciones atómicas. Pero los caminos de la vida lo posicionaron como uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX, un hombre que se interrogó hasta el final sobre la naturaleza humana. En el 108° aniversario de su nacimiento, Google le rinde un homenaje con un doodle especial, que evoca a una de sus mejores obras, «El Túnel».

Bastará decir que es Ernesto Sabato. Nacido en Rojas, plena provincia de Buenos Aires, el 24 de junio de 1911, realizó sus estudios en La Plata, donde siguió la carrera de Física. Sus investigaciones lo llevaron por el mundo. Conoció Francia y Estados Unidos. Allí, además de seguir adelante con su trabajo académico, entró en contacto con corrientes literarias que lo ayudaron a afinar la pregunta por la condición del hombre.

A comienzos de la década del 40 dejó la Física. Se sumergió en los senderos de la narrativa, además de su otra afición, la pintura.Mirá también

Ernesto Sabato en su casa de Santos Lugares.

Ernesto Sabato en su casa de Santos Lugares.

No tardó en demostrar su valor. «El túnel» sale publicada en 1948. Es una de las apenas tres novelas firmadas por Sabato. Las otras son la monumental «Sobre héroes y tumbas» y «Abaddón el exterminador».

El refugio familiar donde se inspiraba Ernesto Sábato es hoy un museo.

El refugio familiar donde se inspiraba Ernesto Sábato es hoy un museo.

Sus 40 obras se completan con antologías y, sobre todo, con ensayos. Se destacan «El escritor y sus fantasmas», «Hombres y engranajes» y «Uno y el universo» (de 1945).

En 1984 fue galardonado con el premio Miguel de Cervantes a la Literatura.

Las pintores de Ernesto Sabato en su casa museo. (Gustavo Castaing)

Las pintores de Ernesto Sabato en su casa museo. (Gustavo Castaing)

Ya ícono de la literatura, también se convirtió en un vecino ilustre del conurbano bonaerense. Su casona de Santos Lugares, su rincón en el mundo durante más de sesenta años, es hoy un museo abierto a la comunidad, donde se pueden respirar su literatura y su pintura.

Proponer usar la Internet del cuerpo humano para mejorar la seguridad de los equipos inalámbricos

Sabato murió en su hogar el 30 de abril de 2011, pocas semanas antes de cumplir cien años. El  legado continúa. Las preguntas sobre la condición humana, que llevan siglos y siglos, también.

Fuente: Revista Ñ.

El laberinto de la imaginación: lectura de la última novela de Bazán

Melancólica y existencialista, obscena y fantástica, La Imaginación Sumergida, última novela del escritor Pedro Bazán nos conduce mediante una prosa pausada y milimétrica por los inquietantes vericuetos de la memoria y las pasiones dormidas. Obra madura y filosófica, LIS es un referente ineludible de la nueva narrativa sanluiseña.

El telón de fondo es una ciudad portuaria, sin nombre ni ubicación geográfica, de la que sabemos poco, salvo que nieva con frecuencia. En ese entorno fantasmal, Bazán ubica un elenco de personajes que nada nos costaría imaginar en una ciudad prototípica del interior provincial, excepto por la carencia del protagónico piélago. Con estos elementos, y un proyecto narrativo alejado del regionalismo tradicional, el autor de Trece segundos sin otoño y La Calma nos propone una historia fragmentaria y fragmentada, con pinceladas de realismo mágico y cierta atmósfera humeante de novela policial.

La historia principal está contada por Sebastián, quien ya desde las primeras páginas se define a sí mismo como ermitaño. “No me gusta hablar con nadie. Imagino, y con eso me basta”. Erudito y fantasioso, a lo largo de sus veintitrés episodios Sebastián nos va revelando su naturaleza sensible, su parálisis e incomprensión frente al mundo que lo rodea, su propia identidad y la de los otros.

¡Atención!: a partir de aquí la nota contiene una serie de spóilers.
Se recomienda leer LIS antes de continuar…

El centro de los monólogos o meditaciones ecuóreas del protagonista es siempre el mismo: su propia madre, núcleo ausente alrededor del cual orbitan sus dudas y certezas. La madre inseminada por la espuma de mar. La madre entregada con idéntico fanatismo a la ciencia y a la prostitución. La madre que un día, y sin razón aparente, decide quitarse la vida, dejando un reguero de preguntas sin respuesta. Como un ensayista afiebrado, Sebastián alterna sus recuerdos con repentinas teorías sobre la memoria, la paternidad, la petulancia, el arte de la masturbación, el suicidio, divagaciones cuyo tono oscila entre lo fúnebre y lo absurdo.

El contrapunto dinámico lo constituye la historia de la rivalidad entre Jefferson García y Julián Salcedo. (Como buena novela onanista, La Imaginación Sumergida es también una novela sobre escritores). En esta subtrama, Bazán nos sorprende con un artilugio borgeano por excelencia: el duelo entre dos escritores. Si Sebastián encarna el tipo de lector ideal (“Imagino y con eso me basta”), Jefferson García es el narrador por antonomasia. Infalible contador de historias, su talento se derrumba, sin embargo, cuando quiere poner sus pensamientos por escrito. Como escritor es pretencioso, ególatra, altisonante, una caricatura que por momentos nos recuerda a aquel insigne y ridículo Carlos Argentino Daneri, del cuento “El Aleph”. De su frondosa producción sólo ha publicado una obra, El Estigma de la Putez, objeto de burla y desprecio en círculos literarios. En la otra esquina se encuentra el inspector de policía Julián Salcedo. Pusilánime, tosco, iracundo, también él tiene aspiraciones literarias y llegó a plasmar algunas ideas en lo que dio en llamar Ensayo sobre el criminal de hoy. Por supuesto, tanto Jefferson como Salcedo son escritores fallidos, frustrados.

El desaire inicial entre ambos adquiere proporciones insospechadas cuando se materializa en la enigmática figura de Blitz, “medio monstruo y medio humano, sin corazón y sin alma”, un demonio o voluntad cargada de un odio inquebrantable. Esta proyección o tulpa, concebido para hostigar a Salcedo, se convierte en un instrumento de venganza y de tortura, un rol con el que Blitz, poseedor de una rudimentaria consciencia moral, se encuentra, no obstante, satisfecho. “Quiere sentirse culpable. Quiere ser el garante absoluto de todos los males”. Su irrupción en la vida de Salcedo es fulminante (no olvidemos que en alemán Blitz significa precisamente “rayo”, “relámpago”), y la tensión psicológica entre ambos personajes, que transcurre en pasajes difusos y oníricos, crece hasta alcanzar los límites de una verdadera pesadilla.

En La Imaginación Sumergida encontramos personajes alienados, obsesivos, desmesurados, que pululan bajo el engañoso barniz de una existencia común y corriente. A medida que avanza la trama queda de manifiesto la delicada red que los une entre sí, el modo en que sus acciones afectan la vida de los otros, a veces sin que ellos mismos lo sepan. Fiel al precepto de JLB, de que un hombre equivale a todos los hombres, Pedro Bazán dota a sus personajes de una significancia cósmica, como si ellos no hicieran más que volver a escenificar la misma antigua tragedia de la condición humana. Pero también nos advierte que la imaginación es madre de la realidad. La imaginación, en la cosmovisión del autor, no es sólo una vía de escape, sino una forma de ser en el mundo. Desprovistos de esta poderosa fuerza, terminaríamos por disolvernos como los copos de nieve que Blitz observa caer a través de los barrotes de la cárcel, acaso intuyendo su propia fragilidad mortal.

Por su meticuloso entramado y su ambiciosa estructura formal, por sus juegos metaliterarios y la calidad de su prosa de alto vuelo, La Imaginación Sumergida es un referente insoslayable de la nueva literatura sanluiseña y una lectura repleta de agradables sorpresas.

Artículo elaborado por Maximiliano Ponce y «Sinforiano Digital» en exclusiva para Caminos de Tinta.

Fotografía: Cortesía Pedro Bazán.

Antonio Muñoz Molina: “Don Quijote no se escribió en Malibú”

Un diálogo desde Madrid con el escritor español, que acaba de publicar Un andar solitario entre la gente.

Llega puntual al hotel Wellington de Madrid. Zapatillas de caminar, mochila y una sonrisa cariñosa y cercana. Dice que para las entrevistas elige ese hotel a una cuadra del parque del Retiro porque en la cafetería se puede hablar tranquilo. Antonio Muñoz Molina lo explica con esa mirada sencilla que hace imposible imaginarlo de otra manera que no sea tranquilo.

El premio Príncipe de Asturias, autor de El jinete polaco, La noche de los tiempos y Sefarad, deja a un lado la mochila y pide un té. Si es cierto lo que escribió en su último libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral), en la mochila habrá un cuaderno y un lápiz. “Un hábito que he conservado desde que escribí este libro”, confirma. Dice que se impuso usar lápices y terminar todos los cuadernos que empezaba, “por una manía de solitario”.

La otra manía fue caminar durante horas por las mañanas y meter en el libro todo lo que le llamaba la atención: titulares de diarios, frases oídas en el semáforo, publicidades y menús de restaurantes; historias de escritores que caminaron sus ciudades y de escritores que soñaron con patrias ajenas, biografías de fotógrafos y pintores y recuerdos de la niñez con sus padres en una pequeña ciudad de Andalucía. Todo cabe en un libro que comenzó como una obsesión por los eslóganes publicitarios que lo asediaban en Madrid y ha terminado por ser una obra de difícil clasificación.

–Parece un libro escrito sin ningún plan.

–Esa es la maravilla. Era una manía, una cosa que se me impuso. Estaba haciendo una novela de la que estaba bastante seguro y esto fue como una interferencia, como cuando la radio no sintoniza bien y entran interferencias de otras emisoras. Siempre me llamaron la atención los lenguajes publicitarios con sus mensajes de invitación, tentación y deseo. Empecé a fijarme de manera maniática, a recoger papeles por la calle y a leer todo mensaje que veía. También empecé a tomar noticias del diario y buscar la métrica interna. Por ejemplo, con el atentado de Niza junté varias crónicas de El País, traduje algunas de Le Monde y vi que podía buscar la cadencia interna hasta convertirla en un poema.

–¿Cómo se transforma una noticia en poesía?

–Sólo hay que cortar en determinados momentos según el ritmo interno. Por ejemplo, si al texto “En Niza ayer por la noche un conductor…” le cortas la continuidad y escribes “En Niza ayer por la noche/un conductor…”. Lo otro que hacía era juntar diferentes titulares para formar un poema. No sabía para qué pero iba acumulando. Sólo sabía que me gustaba mucho hacerlo y que cualquier interferencia me venía bien. En un momento tuve que ir a París y pensé que iba a interrumpir el trabajo pero terminé metiendo también a París en el libro. Y así se fueron filtrando otros temas que me preocupan. Uno fundamental, el desecho, el reciclaje y la basura, fue convirtiéndose en el tema central sin que me lo propusiera.

–Tema y también forma. ¿No es un reciclaje esa transformación de titulares y eslóganes en poemas?

–Exacto, por eso me invento ese personaje al que le hago pronunciar la única frase escuchada que no escuché yo de verdad: “El gran poema de este siglo solo podrá escribirse con materiales de derribo”.

–Hay fragmentos encabezados por versos y otros por eslóganes. ¿Algún mensaje ahí?

–Es que el lenguaje publicitario roba mucho de la poesía. Hay eslóganes que no se pueden distinguir de un verso. La belleza salta en cualquier sitio y cortar y pegar es algo característico del arte del siglo XX. En el libro hablo mucho de Joaquín Torres García, que era hijo de carpintero y recogía trozos de madera por la calle para hacer esculturas y juguetes. O como Basquiat, que recogía puertas viejas que la gente tiraba en Nueva York para convertirlas en cuadros.

–¿En qué momento su manía toma la forma de un libro?

–Al principio era como una irresponsabilidad feliz. Una tarde se me ocurría escribir sobre el fotógrafo checo Miroslav Tichý, o sobre el Bosco, por una exposición, y simplemente lo hacía. Pero aquello se iba amontonando y empecé a preguntarme si iba a alguna parte. Estaba trabajando mucho y tenía una confusión muy grande así que hice una cosa que no había hecho nunca: irme dos meses solo con mis cuadernos a Nueva York para poner orden. Y se me ocurrió caminar toda la extensión de Broadway, desde la punta de Manhattan hasta el final del Bronx, 25 kilómetros en unas cinco horas y media. Me acordé de que en el Bronx había una casita en la que había vivido Poe y me dirigí allí. En ese itinerario me vino por fin la idea, ya muy tarde, de que el libro iba a tener las dos partes que tiene.

–Hace poco dijo que sentía cada vez más melancolía por el valor de su propia escritura, ¿me lo explicaría?

–Es la melancolía de que siempre te quedas muy lejos de lo mejor que tú quieres hacer. Pero es así, trabajas todo lo que puedes pero no te acercas a lo que más admiras.

–También dijo que sólo creía en la novela como género literario cuando se justifica. ¿No todo puede contarse en novela?

–Una novela es una especie de último recurso para contar aquello que solo se puede contar en forma de novela. Pero hay historias que se cuentan mejor sin ficción. Lo que nos pasa en el mundo hispánico es que tenemos una jerarquía interior, que no queremos confesar, en la que lo importante es la novela. Literatura es ficción, pensamos, y lo otro no es literatura, o es menos literatura. ¿Cómo es que en la historia de la literatura no está el viaje del Beagle escrito por Darwin? No es ficción pero es una literatura extraordinaria. Hay mucha buena literatura en la historia. Como La decadencia y caída del imperio romano de Gibbon, que a Borges le gustaba tanto.

–¿Cuándo se justifica una novela?

–Un ejemplo muy claro es el de Vasily Grossman. Como periodista, él había escrito reportajes sobre el exterminio de los judíos en su ciudad natal, con una crónica extraordinaria sobre el descubrimiento de las cámaras de gas. Ahora bien, él tiene una historia personal con eso. Grossman debería haberse llevado a Moscú a su madre, que estaba en su región natal, pero por dificultades en la relación entre su esposa y su madre fue retrasando el traslado. Él sabía que su madre no estaba segura porque ella le escribía contándole lo que estaba pasando. La madre acabó en una cámara de gas. Después de años, él escribió Vida y Destino, una novela en la que la madre del protagonista acaba en la cámara de gas y se cuenta desde el punto de vista de la madre. La no ficción habría tenido que terminar en la puerta de la cámara, pero tú necesitas saber qué ha sentido una persona en el interior de la cámara de gas. En ese espacio en blanco es donde está la ficción. Por eso digo que hay cosas que solo pueden ser contadas en ficción.

–Dejarse llevar por un deseo y terminar componiendo un libro suena sencillo pero no debe serlo, ¿o sí?

– Puede ser que sea algo que se vaya adquiriendo con el tiempo. Lo que me admira de la gente que hace cosas, cualquier cosa, es la conquista de la naturalidad, cuando parece que no hay esfuerzo. Había un grandísimo pianista de jazz español, Tete Montoliu, que era ciego y muy aficionado al club de fútbol Barcelona. Lo recuerdo tocando el piano con el auricular para oír el partido a la vez. Pero estaba tocando como no te puedes imaginar. Había conquistado esa libertad. Esa naturalidad es para mí lo máximo que hay en el arte. Charlie Parker estaba tocando un solo en un club cuando pasó un coche con una sirena muy fuerte y él comenzó a improvisar sobre aquel sonido. Convertir lo que hay a tu alrededor en parte de lo que uno está haciendo.

–En su preocupación por el medioambiente, ¿hay también una inquietud por el exceso de ruidos y estímulos?

–Extraño un mundo menos ruidoso. A lo largo del libro hay una busca de cierto silencio.

–Con tanto ruido, ¿es posible escribir hoy una obra como Don Quijote?

–Más que nunca, porque ahora lo necesitamos más que nunca. La percepción que tenemos de nuestra época es bastante narcisista, como si hubiéramos estado sometidos a dificultades que otros no tuvieron. ¿Y la presión del hambre? ¿Y la de los piojos? El Quijote no se escribió en un retiro en Malibú. Lo escribió un pobre desgraciado que iba de un sitio a otro ganándose la vida, al que metieron preso. Esta es una época opresiva por la falta de silencio y eso hace que la necesidad de buscar la concentración o la soledad sea más fuerte.

–¿El suyo es un libro político?

–Es político porque habla de la destrucción del mundo. Un mundo basado en la producción de basura.

Un andar solitario entre la gente, Antonio Muñoz Molina. Seix Barral, 496 págs.

Revista Ñ.

Pablo Martínez Burkett en «20 preguntas a los que escriben»

Compartimos esta interesante entrevista al escritor Pablo Martínez Burkett, aporte de Juanci Laborda Claverie, en su formato de veinte preguntas literarias.

Martínez Burkett nació en 1965 en Santa Fe (Argentina). Es abogado (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe) y Magíster en Derecho Empresario (Universidad Austral, Buenos Aires). Tiene estudios de postgrado en la Universidad de Navarra (España), la Universidad Adolfo Ibáñez (Santiago de Chile) y la Louisiana State University (Estados Unidos). Enseña en la Universidad Austral. Es autor de los libros de relatos Forjador de penumbras (2011, 1º Premio Mundos en Tinieblas 2010), Los ojos de la divinidad (Muerde Muertos, 2013, Premiado por el Fondo Metropolitano de la Cultura, las Artes y las Ciencias) y su flamante Mondo cane (Muerde Muertos, 2016, con prólogo de Ricardo Acevedo Esplugas). Escribe para revistas del país y el extranjero, y ha participado en diez antologías. Ha escrito ensayos cervantinos para diversas universidades y las Jornadas Cervantinas Internacionales de Azul. Recibió premios en una docena de concursos literarios y forma parte del comité de redacción de Axxón. Algunas de sus narraciones han sido traducidas al inglés, francés, portugués, italiano y rumano. Dirige el blog El Eclipse de Gyllene Draken abocado a la literatura fantástica.

 

1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o un escritor que se transforma en lector?

Creo firmemente que no hay escritura sin lectura. Un libro es un amasijo de letras esperando que un lector lo abra y resignifique lo escrito a partir de sus propias representaciones. Y viceversa, no hay lectura sin un escritor que logre encantar las palabras. En mi caso, primero está el lector incansable y luego, bien atrás, el escritor.

 

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.

Hay una expresión latina que se aplica perfectamente: multum in parvo cuya traducción académica sería algo así como “mucho en un espacio pequeño” pero que un reo de la cortada San Ignacio en Boedo traduciría como “un reverendo kilombo”: la notebook, el telefonito, columnas de libros en precario equilibrio, revistas, papeles, artículos de escritorio, en fin, un caos.

 

3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?

Uno de mis postulados personales es conservar el asombro del universo, que es otra forma de decir: seguir mirando las cosas con ojos de niño. Si Tolstoi tenía razón con aquello de “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” es probable que todo lo que escribo esté teñido de mi infancia y, por lo tanto, de mi barrio Candioti Sur, frente a la Cervecería Santa Fe, en mi ciudad natal de Santa Fe. Aunque de hecho no se nota.

 

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?

Por varias razones. La primera y más obvia, para aprender. Tener una computadora no nos convierte en escritores. Subir aforismos divertidos a las redes sociales no nos convierte en escritores. En segundo lugar, para testear una composición con los compañeros. La lectura en voz alta y frente al público confiere una nueva dimensión a lo escrito y nos permite comprobar como respira el texto. Finalmente, para conocer gente y hacerse de amigos. También están los que van al taller de tal o cual porque de ahí salen todos los premios Vellocino de Oro o porque quien coordina el taller dirige la revista “Patas arriba” y te garantiza un canal de publicación. Todas las razones son válidas.

 

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?

Menos es más.

 

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?

Afortunadamente son muchas. Primero de todo, los amigos que la literatura me fue regalando. Claramente es la mayor alegría. También podría nombrar algún premio en concursos, como por ejemplo el Mundo en Tinieblas que significó la publicación de mi primer libro. Sería muy falso si no reconociera que cuando me empezaron a pagar por escribir también fue ocasión de una gran alegría (o en todo caso, una vindicación) Y no puedo dejar de mencionar alguna que otra vez cuando en un lugar inesperado (una estación de servicio en Villa Mercedes, una escalera mecánica en Buenos Aires) alguien te pregunta: usted es el escritor, ¿no? Ahí más vale que tengas la autoestima con la rienda corta porque si no, se te desboca.

 

7- ¿Qué escritor te robó una idea antes de que se te ocurriera?

Si todavía no se me ocurrió será una idea que navega en el mar de los arquetipos y entonces cualquiera puede aprovecharse de ella sin pagar royaties. Pero si ya se me ocurrió… me pasa bastante a menudo que en una película o peor aún, en hechos de la realidad se presenta una situación que parece calcada de alguno de mis relatos (tanto que con el escritor Lucas Berruezo jugamos a “denunciar” esos falsos latrocinios). Sin ir más lejos, la semana pasada vi por primera vez una película que tiene un momento muy similar a lo que pasa en una de mis novelas sin publicar. Lo grave es que la película es bien anterior a mi texto. ¿Quién me va a creer que no le hice, digamos, un homenaje?

 

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?

Una mescolanza de alivio, tristeza, duda, satisfacción, ausencia. A veces, orgullo. Otras, vergüenza.

 

9- ¿Qué debe tener un buen texto?

No lo sé. Hay una miríada de monos sabios que se ganan los garbanzos con recetas infalibles. Si tuviera que arriesgar, creo que empezaría por una sintaxis que, en nuestro caso, observe las socorridas reglas del castellano. Un pulso narrativo que se sostenga y por supuesto, una estructura balanceada entre la presentación, desarrollo, clímax y desenlace. Pero hay textos que observan estos requisitos y no son buenos. Y otros, que se saltean unos cuántos y, no obstante, son muy buenos. Así que no lo sé. Si tuviera que arriesgar una respuesta diría que la capacidad de interpelar al lector.

 

10- ¿Cómo es el lector ideal?

Umberto Eco postulaba la existencia de un lector modelo (que vendría a ser aquel que es capaz de darle sentido o contenido al texto propuesto). En este entendimiento, mi lector ideal sería aquel que fuera capaz de vibrar en la misma sintonía de lo que escribo. Sin embargo, personalmente, encuentro mucho más placer en las devoluciones que enfatizan cuestiones que jamás tuve en cuenta o precursores que nunca leí (o peor aún, que ni sospechaba de su existencia). Esa lectura es mucho más enriquecedora que la canónica del tándem escritor-lector ideal. Además, yo no quiero catequizar a nadie con mis ideas ni creo ser la voz autorizada para postular un sentido de lectura.

 

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?

No me parece que exponerse resulte un requisito necesario para ser buen escritor Tengo una educación prusiana por lo tanto la exposición de los sentimientos y, sobre todo, la vida privada, me causa un sagrado horror. De cualquier forma, no se me escapa que no son pocos los que escriben la historia de su vida apenas disimulada. No me queda claro si es un rito catártico o un atajo al narcicismo. Mi escritura está orientada al género fantástico, el llamado fantástico rioplatense y en particular, el terror y la ciencia ficción oscura por lo tanto es menos probable que me exponga. Pero igual, creo que es prácticamente imposible despojarse de uno mismo así que algo de exposición, aunque sea larvada, tiene que haber. Como dice Sabina: “Algunas veces vivo y otras veces, la vida se me va con lo que escribo”.

 

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?

Hay una vieja (y no menos sórdida) guerra que privilegia al escritor de culto (que no lo lee ni la madre) por encima del escritor que vende millonadas de ejemplares. Me parece que se tiende a sobrevalorar al escritor de culto y a despreciar al otro, pero lo siento más como el tema de la zorra y las uvas. Pareciera que para ser buen escritor no hay que tener éxito. Y como no leo best-sellers y estoy lejos de ser un escritor de culto me siento libre de tirar la primera piedra. No sé para que escriben los demás, pero yo escribo para que me lean y la mayor cantidad de gente.

 

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?

El Aleph o Ficciones de Borges. De hecho, alguna vez escribimos con Daniel Frini un relato a 4 manos sobre una situación análoga.

 

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?

Cuando uno empieza a escribir (no importa la edad concreta) tiende a farolear. Es una forma de decir: “acá estoy yo, mirá todo lo que sé, mirá que lindo que escribo”. Con el tiempo procuré desembarazarme de ese barroquismo inicial y lograr, como decía Borges: “… no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.

 

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?

Mi trabajo consiste en provocar un extrañamiento de lo cotidiano. Y para provocar la torsión fantástica es necesario estar muy atento a lo que sucede en derredor así que puedo decir que mis musas tienen la cara de la vecina, el compañero de asiento en el transporte público, una nena con un globo en la plaza o alguien que va por la vereda de enfrente.

 

16- Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.

La tentación que tengo de nombrar los ojos de Borges, la belleza de Kafka, la proporcionalidad de Lovecraft y así al infinito y más allá. Pero como se supone que soy un señor serio propongo el nominalismo filosófico de Borges y su capacidad para nombrar el universo. El dandismo de Bioy. La miserable tristeza de Poe. El horror cósmico de Lovecraft. El prolijo misterio de Walsh. La retorcida simpleza de Arlt. La pedagogía de Piglia. La imaginación de Verne. La urgida creatividad de Salgari. La misantropía de Schopenhauer. La locura postrera de Nietzsche. Pobre Frankenstein: lo estoy condenando al suicidio.

 

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.

No me gustó Cien años de soledad. Y nunca pude terminar el Ulises de Joyce. Ajustícienme, me la banco.

 

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?

Si como quieren los hindúes, el mundo no es otra cosa que el sueño de una divinidad dormida; creo que no habría mundo sin esos pequeños sueños que despachamos en forma de libro.

 

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.

Nunca se me ocurrió. Pero puesto a imaginar sería una suerte de animismo, en contacto con la Naturaleza y los seres que la habitan. Casi un panteísmo spinoziano. Y si como enseñaba algún Padre de la Iglesia, “el alma limita con Dios” los ritos tendrían que propiciar una introspección que habilite el diálogo y la comunión con la divinidad limítrofe. También creo que adicionaría rituales de devolución y agradecimiento a la Madre Tierra y al Padre Universo por todo lo que nos da.

 

20- ¿Qué título tendría tu biografía póstuma?

Buenas noches, mariposas y difuntos.

 

Bonus Track: ¿Qué pusiste la primera vez que dedicaste un libro?

Asumo que la pregunta está referida a un libro mío. Igual no me acuerdo. Aunque tengo un par de yeites siempre trato de ser personal y evitar el lugar común. Y no pocas veces, agregar algún detalle de humor.

 

Homenajearán al poeta Antonio Esteban Agüero

Este lunes 18 de junio se cumplen 48 años del fallecimiento del artista puntano. El acto de conmemoración se realizará el miércoles 20 de junio, a las 18:00, en la Casa del Poeta Agüero en Merlo. La actividad estará coordinada por la profesora Laura Albornoz Britos, quien leerá obras de Agüero junto a otros escritores.

Durante el evento estarán las escritoras Liliana Mainardi, María Inés Lafranchini, Lorena Lara y la directora de la Casa del Poeta, María del Sol Uría, quienes leerán poemas de Agüero junto a músicos invitados.

Laura Albornoz Britos es farmacéutica, profesora universitaria, docente de nivel medio y artista musical. Puntana de nacimiento, vive en Villa de Merlo hace más de 10 años, y sobre esta conmemoración explicó que “el miércoles 20 de junio nos convoca un año más del fallecimiento del gran poeta Antonio Esteban Agüero, y vamos a estar tratando de humildemente de homenajear a este gran poeta puntano, quien nos ha legado una obra literaria fantástica y gigante, la cual vamos transitando y descubriendo día a día”.

Por su parte, la directora de la Casa del Poeta Agüero, María del Sol Uría, destacó: “Vamos a leer sonetos de distintas localidades del departamento Junín, enfocando el concepto de Puntanidad de Agüero. En la obra literaria del poeta se encuentran descriptas un montón de localidades y parajes. Nosotros hemos querido darle una mirada personal desde la Casa del Poeta, y vamos a ir rescatando distintos sonetos o versos que tienen que ver con distintas poblaciones que hoy en día constituyen a toda la Villa de Merlo, como Rincón del Este, Cerro de Oro, El Pantanillo, Piedra Blanca y algunas localidades que están sobre la ruta 1, que es todo el corredor turístico”.

ANSL.

Philip Roth: un novelista sin anestesia

Despedida del gran novelista estadounidense, autor de El lamento de PortnoyMe casé con un comunista y Némesis.

Los últimos años escribía de pie, a mano, peregrinando en círculos por una alta habitación monacal en Nueva York o en una cabaña pastoril de Connecticut. Caminaba en exceso, como todo lo que hacía: un kilómetro por página redactada. Con Philip Roth muere un escritor, pero también una fuerza desbordante. Técnicamente obsesivo, Roth buscaba de todas formas que sobrara mucho en una novela, que sobrara todo, por decirlo así, que una novela fuera eso: una desmesura, una corriente que arrastra consigo al lector. Con ese fin –para terminar un libro como El teatro de Sabbath, por ejemplo– lo que tenía que sobrarle era tenacidad.

Cerca, lo escoltaba un alfabeto enmarcado, como recordatorio de cuáles eran sus 26 herramientas, ni una más, ni una menos. Las mismas 26 letras que practicaba de chico en la papelería de Metropolitan, la aseguradora en la que trabajó su padre durante décadas. Fue sobre este padre que escribió uno de sus libros más logrados, Patrimonio. Significativamente, uno de los menos desmedidos. Para Roth, nada había más real que la familia, y a la familia él se autorizaba a reescribirla pero no a falsearla. Lo demostró también en Los hechos, que definió insidiosamente como “autobiografía de un novelista”.

Fue la cara más gritona de lo real la que obligó a Roth a levantar la voz. Y el siglo veinte de los Estados Unidos le ofreció un abecedario completo de excesos para sacarles punta a sus lápices. Para empezar, el anticomunismo y el antisemitismo. Su obra evidencia que la “actualidad” de una novela no queda fijada nunca, oscila según épocas y contextos, y puede disfrazar de profeta a un autor que sólo estaba recurriendo a un ojo perceptivo o a su sed de revancha.

En La mancha humana Roth avanzó sobre la manía persecutoria de la corrección política; en Pastoral americana exploró la tentación terrorista en una joven; con Me casé con un comunistavolvió a enfrentar al maccarthysmo; Operación Shylock denunció al pasar los efectos de remedios no testeados en manos de laboratorios inescrupulosos; Sale el espectro ahondó en los claroscuros de la vejez; en La conjura contra América una especulación retrospectiva pareció advertir sobre el posterior aterrizaje de Donald Trump. A las torpezas de la realidad, Roth les opuso un credo: “como artista tu tarea es el matiz. Tu tarea es no simplificar. De lo contrario uno produce propaganda, por la vida, por la vida como ella preferiría ser publicitada”.

Sabía salpimentar sus hojas verdes con la comicidad de la impudicia y la impotencia, pero el antagonismo fue el pan de cada día de Roth y a veces sus libros –El lamento de PortnoyEl profesor del deseo– se leen menos como novelas que como exorcismos. “Un escritor necesita sus venenos. El antídoto para sus venenos es a menudo un libro”, admitía el elegante iracundo que bien pudo haber sido rebautizado Philip Wrath.

Un escritor se inventa a sí mismo. Es un oficio que no puede heredarse (aunque haya habido casos de padres e hijos novelistas –los Dumas, los Mann, los Amis–, fue más común que hubiera hermanos escritores: los Mann, los Baroja, los Jünger, las Ocampo, los Theroux, los Barthelme, los Naipaul). Roth encontró modos interesantes de confundir su biografía y su literatura. En La contravida –cuyo manuscrito le leyó a su editor David Rieff en una larga noche– desliza algo revelador al respecto: “Es la distancia entre la vida del escritor y su novela el aspecto más intrigante de su imaginación”.

El mejor Roth es el más íntimo, cuando lidia consigo mismo como escritor, o lidia con su padre y su madre, o con sus mentores: La contravidaOperación ShylockLos hechosPatrimonioLa visita al maestro. Escribir es el tema de Roth, que tenía la decencia de la duda y un hábito que consistía en ir contra la condescendencia de cualquier clase: “una vida de escribir libros es una aventura exigente en la que uno no puede saber adónde está a menos que se pierda”.

Roth siempre subrayaba lo que Heine denominaba “la libertad que otorgan las máscaras” y la literatura efectuó para él una conversión más potente que la religiosa: a otra vida, a vidas multiplicadas. Así, se desdobló en un escritor llamado Nathan Zuckerman, en David Kepesh y también en un entrecomillado “Philip Roth”. Por momentos, el laberinto de espejos del estadounidense se parece a una trepidante instalación de Julio Le Parc. Su colega John Updike probó otro tanto con su alter ego Henry Bech, y sin los experimentos de Roth es difícil pensar en la existencia de libros de J. M. Coetzee como Verano Diario de un mal año. “Updike y Bellow apuntan su linterna hacia el mundo, lo revelan como es. Yo cavo un pozo en él e ilumino el agujero”, resumió Roth.

Contarse o ser contado, esa es la cuestión, podría haber susurrado uno de esos actores de sí mismos, veteranos, del Roth de Sale el espectro o Elegía. Una vida descentralizada, anotada, corregida, expandida, incompleta, nunca una versión definitiva. La vida era según él un proveedor de materia prima, un proveedor de problemas técnicos que convergen en un acertijo: cómo convertir todo eso en una novela legible. La apuesta es invariablemente alta: “somos todos la invención de los otros… todos los autores de unos y otros”. Lo plantea de otra manera en Decepción: “hay dos pesadillas posibles para un biógrafo. Una es que todos le cuenten la misma historia, la otra es que todos le cuenten algo distinto”.

Hablar y hablar es lo que hacen algunos protagonistas de Roth, que en un trueque conveniente cambió la cadena perpetua del psicoanálisis por la redacción diaria de ficción. Bajo juramento de una dedicación religiosa. En alguna ocasión admitió que de no haber sido escritor, habría preferido ser sacerdote, para oír confesiones. Que un libro no se calle nunca, comentaba Roth, es lo que lo hace un libro judío. “El libro de mi vida es un libro de voces”, suelta Zuckerman, cuyo creador cree que los escritores dividen a la humanidad en dos: los que escuchan y los que no escuchan. Tal vez el secreto de una narración lograda es la de una voz que ha desaparecido en otra.

Roth sabe poner en escena la tremenda dificultad de hablar con alguien que no nos cree; no lo que uno dice, sino la voz, el tono, más allá de las palabras exactas que sean usadas. El autor de La gran novela americana escondía otros recursos bajo la manga. En La contravida se oye: “seguí, contame lo que sabés que no deberías estar contándome. Es una de tus estrategias más enternecedoras”.

Roth, que dio clases durante años, tuvo dos gurúes de cabecera: Saul Bellow y Bernard Malamud. Nunca olvidó, tampoco, el impulso inicial de las ardientes páginas de Thomas Wolfe, maestro de la demasía. Otros guías fueron los autores de Europa del Este que editó en la colección de Penguin en la que los dio a conocer en el provinciano mundo angloparlante, allá lejos y hace tiempo: Bruno Schulz, Witold Gombrowicz, Bohumil Hrabal, Danilo Kis y Milan Kundera. Ese interés de Roth se coló en varias locaciones de sus novelas, sobre todo Praga.

Otros faros, menos evidentes, fueron sus amigos los notables pintores R.B. Kitaj y Philip Guston. A Kitaj –que dejó varios perfiles de Roth– lo retrató en pasajes de La mancha humana y El teatro de Sabbath. El físico de Guston se lo trasladó a Lonoff, el venerado escritor de La visita al maestro. Roth hablaba horas con Guston y Kitaj, cara a cara y por teléfono, acaso porque pensar sobre literatura es más lento que pensar sobre pintura; lleva más horas, más páginas.

Algo que Roth escribió sobre Guston, precisamente, tal vez resuene en algunos obituaristas dados a la hipérbole, cuando advirtió sobre “los errores de juicio y las simplificaciones en que se basan todos los grandes prestigios”. Una despedida convoca exageraciones y reducciones que Roth no se hubiera permitido. No por nada durante años le pagó veinticinco centavos adicionales a su diariero para que le arrancara las páginas culturales del New York Times. La ilusión no era lo suyo. ¿Y si Philip Roth se pasó la vida preguntándose eso: cuántas cerraduras necesita una puerta para ser invulnerable?

Revista Ñ.

Matías Gómez: «Contar significa asumir las heridas»

Matías tiene en la voz la calma de los huracanes, su trato es amable, su mirada apacible y regala el humor de los niños, ese que cura. Es como un viajero de otra huella, como si todo en él hubiese salido de una tarde en soledad, mate en mano, a la orilla de un río.

“Debajo del agua el oxígeno es la única metáfora que no existe”, impulsa el poeta en sus acuáticas definiciones sobre “Profundidad”.

Matías Adrián Gómez nació el 12 de mayo de 1987 en la ciudad de San Luis. Es poeta y Periodista Universitario. Se desempeña en prensa gubernamental y escribe para el portal literario “Caminos de tinta”.

En 2016 publicó su primer poemario “Latidos despoblados” y en coautoría el libro “El periodismo de San Luis en el siglo XXI”.

Ha obtenido premios y menciones literarias en la provincia. Se lo puede contactar a través de patioserrano.blogspot.com.ar 

¿Cómo era el hogar dónde naciste, Matías? ¿Qué libros había en tu casa? ¿A qué edad percibiste el efecto qué tenían las palabras en tu universo?

Una casa de barrio alquilada. No sé porqué todavía recuerdo que una vez metí un termómetro en la cerradura.

Pocas obras. Julio Verne, mordido por el polvo. A mi mamá le encantaba coleccionar las revistas de Anteojito, Billiken y unos libros rojitos de esa editorial. Ahí descubrí la soledad en la poesía.

Ni sé a qué edad. Mis primeros refugios creativos fueron las historietas y unos ficheros caseros sobre los animales de Discovery Channel.

Sos periodista, me pregunto ¿desde dónde se para un poeta para contar una realidad determinada?

Considero que contar significa asumir las heridas. Por ahí me parecen que confluyen ambos oficios, en la fragilidad. 

¿Qué autores puntanos son los qué más has releído? ¿Cuáles de literatura universal no faltan en tu biblioteca? 

Sara Goldestein de Tapiola, Enrique Menoyo y Julio Cejas.

Según la estación y el azar. Por ejemplo: me gusta leer en verano a Whitman o en invierno a Pessoa. Aunque convendría al revés porque el portugués sería refrigerante en enero.

San Luis tiene paisajes que nos hablan, desde un cerro o en una pendiente o arroyo. ¿Distinguís momentos de comunión en algún lugar puntual? Me refiero a esas contemplaciones que suelen salirse solas de las retinas y terminar en un papel.  

Sí, cerca de un río, pero no es magia. Depende bastante del pie y la fiaca. Para mí el sentido es la piedra de Sísifo que necesitamos empujar. Pasa que durante el camino la poesía juega a los dados. ¡Por suerte!

En tu poemario “Latidos despoblados” hacés un ritual de lo cotidiano, lo llevás a un altar sereno y prolijo, como en “Verano” donde declarás: “El follaje vibra con un malambo, lo demás se detiene, excepto los pájaros”. Esta voz en tu poema en qué momentos se despierta o qué cosas la despiertan? 

Todavía me sorprende que ese tono sereno haya surgido en medio de las lágrimas. Últimamente el ritmo aparece cuando camino, planto o visito la tumba de mi abuela.

En tu libro, citás una frase de Rilke, puntualmente dice: “Querían florecer, y florecer es ser bellos; pero nosotros queremos madurar, y eso significa ser oscuros y esforzarse”. ¿Qué tan oscuro puede ser Matías, el poeta y cuánto se esfuerza por encontrar la belleza? 

El poeta se alimenta de metáforas pero no su estómago. Aunque sin unas cuantas metáforas, la existencia sería irrespirable. El problema radica en priorizar sólo un aspecto. A mí, durante muchos meses esa presión me condujo a la ansiedad. Ahora con frecuencia me repito como Vicente Aleixandre: primero la vida, después la escritura. Y así he aprendido a desandar, con pasos de bebé. Además, hay tantos escritores fabulosos que podría pasarme los próximos cuarenta, cincuenta años que me quedan (si todo marcha bien y no me devora un puma) solamente leyendo. O mejor: viajando.

En tu poema “Masas”, hacia el final, marcás: “El día se nos pasa entre cálculos y esperas. Somos cuerpos alimentando la terrible marea que nos lleva. Cuesta regresar de todo lo sentido”. Me pregunto, sentís qué es difícil encontrar poesía al ritmo que vivimos, pensás que nos distraen demasiadas cosas, qué nos salvaría entre tanta materia.

Antes habría que desmontar el mito de que la poesía es sólo para entendidos. Luego contemplar lo peor, el fin. Nadie se ha muerto por una buena dosis de pesimismo. Al contrario, a veces me parece que funciona como antídoto en la sociedad de consumo donde vivimos. Puede ser que algunos poetas hayan exagerado con la nostalgia, sin embargo reducir la poesía a una imagen positiva para compartir por las redes sociales también es simplificar un arte que viene desde las cavernas. “´Toda verdad es simple´, ¿no será esto una doble mentira”, martilleó Nietzsche. En la poesía tampoco hay recetas exprés.

Por lo pronto, disfruto cuando a la hora del mate, a veces mi familia baja el volumen del noticiero para escuchar algún poema. Eso me vuela los sesos. Y me basta.

 

Fuente: Cultura Rundún.

Félix Dardo Palorma: un compadre con la pluma filosa

El amor, la tierra, el vino y los dolores de la gente de campo fueron algunos de los temas que el compositor mendocino nacido hace un siglo repitió en su extensa obra. También escribió (y mucho) sobre San Luis, una provincia por la que tenía un especial afecto.

Hace cien años, el folclore y las letras de esta parte del mundo dieron los primeros gritos de un movimiento que si bien no alcanzó a ser una revolución cambió la forma de entender, describir y cantar un género y un país. No quiere decir eso que el folclore nacional haya empezado por entonces, pero tampoco puede ser casualidad que con unos pocos meses de diferencia hayan nacido Tránsito Cocomarola, la chilena Violeta Parra, Manuel Castilla, Antonio Esteban Agüero, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Félix Dardo Palorma, todos autores indispensables del cancionero nacional.

Entre todos ellos, la figura de Palorma fue, tal vez, la menos preciada por el gran público y –junto a la que de Agüero- la más cercana al sentir puntano. El excelente guitarrista nacido en La Paz (por entonces llama – do San José de Corocorto), a sólo una hora y media en auto desde San Luis, es uno de los poetas injustamente olvidados del folclore nacional, aunque en los últimos años su obra se ha ido acomodando sola al paladar de los espectadores.

Lo mucho y lindo que Félix escribió sobre San Luis tiene una explicación determinante, además de la cercanía geográfica: su madre, Emilia Palorma, era una puntana de nacimiento que se fue a vivir a La Paz. Desde allí trajo muchas veces al pequeño a San Luis, por diversos motivos. Uno de los más repetidos era la visita a una curandera de Villa Mercedes, que vivía cerca de la Calle Angosta y que sometía a sus maravillosos remiendos caseros al nene cuando enfermaba. De esos viajes en tren, cuando el poeta era un niño, surgió “Glosario de Calle Angosta”, una cueca en la que el mendocino describe todos los personajes de la calle de una vereda sola.

A cien años de su nacimiento (se cumplieron el 23 de este mes), Palorma sigue siendo un poeta incomprendido para un gran sector del público folclórico. Sus discos son muy difíciles de conseguir, aunque en YouTube hay algo de material suelto. El contenido de sus canciones no puede más que despertar sorpresa y admiración en quien lo descubre. El vocabulario utilizado, más cercano a un poeta del Siglo de Oro español que alguien nacido al pie de la cordillera, pudo actuar como elemento distanciador.

Tampoco es fácil encontrar una foto de Palorma que no sea las que quedaron para siempre en la memoria de sus seguidores. Algunas de las que ilustran esta nota fueron gentilmente cedidas por su familia, bajo el estricto pedido de discreción en su reparto. En todas se ve un hombre de sonrisa gardeliana, pelo encrespado y eterno buen porte.

Dice su único hijo, Dardo, de 54 años, que lo primero que tiene que rescatar de la personalidad de su padre es la profunda humildad y la simpleza con la que se manejó a lo largo de su vida. “Mi padre –dijo en una larga charla que tuvo con “Cooltura”- era muy respetuoso de las personas humildes, de las personas que no tuvieron posibilidades de estudio. Y tenía como modo de vida el hecho de enaltecer la familia”.

El trajinar de Palorma transcurrió en muchas provincias, pero su amor tuvo una sola región: Cuyo. Se casó con Italia Duscio, también paceña, aunque alguna bibliografía se empeña en mencionarla como catamarqueña. Con ella y con Dardo, el autor de “Póngale por las hileras” vivió en Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Jujuy y La Pampa, hasta que en los últimos años, tal como el autor lo expresó en “Llegando a Cuyo” (donde bautiza a San Luis como “la puerta de Cuyo”) se instaló definitivamente en Mendoza.

El único heredero de la obra de Félix es Dardo, quien conserva partituras originales, algunos casetes, las últimas dos guitarras, pero poco del talento que tenía el músico. “Mi padre decía que yo tengo la sagrada condena de no seguir sus pasos. Me pidió en muchas ocasiones que no me dedicara a la música, tal vez porque vivió en carne propia las grandes luchas del ambiente”, sostuvo su hijo. Sin embargo, el único heredero estudió en la Escuela Superior de Música de Mendoza y ahora se considera “un modesto compositor”.

Su relación con San Luis

A partir de escuchar los recuerdos de Emilia, su madre, Palorma construyó un vínculo muy estrecho con San Luis, una provincia que mencionó en muchas de sus canciones y tuvo presente de manera constante. Dardo recordó la gran cantidad de amigos puntanos que su padre hizo a lo largo de su vida pero la memoria lo traicionó al momento de mencionar alguno.

Acaso el testimonio del investigador folclórico sanjuanino Andrés Hidalgo sirva para refrescar aquella época y mencionar una camada de músicos cuyanos que hicieron grande el movimiento. “Un día de 1985 –dijo Hidalgo a un sitio de internet especializado en el folclore nacional- me encontré con Palorma en San Luis, en una juntada donde estaban muchos de sus amigos”.

El testimonio indica que la acumulación de talento de esa noche convocó a “El Sapito” Mendoza, Ricardo “El Cascarudo” Domínguez Arancibia, Jorge “El Cholo” Torres, Raúl “El Sapo” Ávila, Julio “El Chivo” Montenegro, César Figueroa, “Lucho” Balmaceda y Ernesto “El Negro” Villavicencio.

Muchos de esos músicos están también en una foto que tomó “Pancho” Franco –villamercedino radicado en José C. Paz- a la que tituló, con tino, “Embotellamiento”. La imagen ilustra esta nota y se lo ve al “Sapo” Ávila risueño, a Palorma, de impecable camisa blanca tomándose el rostro, y a Villavicencio y Torres tocando la guitarra. “El Sapo” Mendoza, acaso con sus últimas fuerzas, está apoyado contra la pared. En la pequeña mesa ratona, tres botellas de vino claman, vacías, por piedad. Al igual que los vasos.

“San Luis es una provincia muy cara a la obra de mi padre, que fue un gran difusor de Cuyo en el exterior. El amor que tenía por San Luis era tal que la ponía en segundo lugar, después de Mendoza, lógicamente”, sostuvo el hijo.

“Cruzando el Desaguadero”, las mencionadas “Glosario de Calle Angosta” y “Llegando a Cuyo” (que contiene el inmortal fragmento que dice: “El Chorrillero y El Zonda, vientos cuyanos, son diferentes/ como es agosto y enero/uno frío, el otro caliente”) y, fundamentalmente, “A tu recuerdo, Alfonso”, escrita poco después de la muerte de Alfredo Alfonso, uno de los coautores de “Calle angosta”, son algunas de las composiciones que el autor hizo con la mente en la provincia.

Para Dardo, es probable que el amor inicial que su padre tenía por San Luis haya emanado de manera sanguínea por su madre, pero seguramente fue reforzado por medio de la calidez que los puntanos le dispensaron en sus muchas visitas. Curiosamente, el hijo de Palorma no viene a San Luis tan seguido como su padre o como quisiera. “En algún momento pasé por la zona de Merlo y me pareció maravilloso”.

La influencia musical de Palorma en los artistas de San Luis es inmensa. “Algarroba.com”, “La cautana”, “El trébol mercedino”, por nombrar sólo algunos de los grupos puntanos que lo reverencian, suelen incluir en su repertorio canciones del mendocino, apropiadas a su estilo. “Palorma es parte de nuestra raíz, de nuestra cultura. Es de donde tenemos que sustentarnos todos los que hacemos música cuyana”, dijo Julio Zalazar, cantante de Algarroba y participante del homenaje que el festival de Cosquín le hizo este año al mendocino.

Rodolfo Santamaría, guitarrista de “La Cautana” y nacido en La Paz como Palorma, tiene una opinión similar: “Con toda la trayectoria que tiene Palorma y lo bueno de su obra, creo que no es reconocido como debería. Incluso la gente no sabe que canciones muy difundidas, como ‘La llamadora’, que hace el ‘Dúo Coplanacu’, son de él. El público cree que ese tema es de los Coplanacu”. Desde chico, en La Paz, Rodolfo escuchaba a Félix, “por ósmosis”. “Nunca me obligaron pero estar en la movida folclórica de mi pueblo es conocer vida y obra de Palorma”, sostuvo el guitarrista que adaptó para su banda “Llegando a Cuyo”.

A Dardo, cualquier homenaje que se haga sobre su padre le parece un aporte para revalorizar sus canciones. “Yo no puedo hacer un juicio de valor sobre eso, no me corresponde. Tal vez, del que se hizo en Cosquín, yo hubiera querido otra cosa, otra visión, pero el hecho de rescatar la memoria y poner en valor las canciones de una persona que hizo mucho por el folclore cuyano es de por sí un acto para destacar”.

Los descendientes

Ahora Dardo vive en Mendoza con su esposa Roxana y sus seis hijos: los mellizos Micaela y Félix Dardo –los únicos nietos a los que el cantor alcanzó a conocer-, Florencia Emilia (bautizada así en honor a la madre del cantor), Tomás Alejo, Gonzalo Antón y Lucía Lourdes. Una de sus tareas principales es mantener visible y audible todo lo relacionado a Palorma. Asegura el heredero que para emprender esa titánica tarea y comprender las ausencias de reconocimientos se basa en el precepto que dice que nadie es profeta en su tierra. “Los organismos oficiales encargados de difundir a los autores locales no siempre están ocupados por personas con la plenitud de conocimientos sobre la tradición”, apreció, con elegancia, Dardo para decir lo que cualquier otro mortal mencionaría lisa y llanamente como ineptitud.

Un ejemplo de esa desidia es la demorada declaración como patrimonio cultural mendocino a la casa en la que la familia Palorma vivió en la calle Bajada de arrollado, en las afueras de la ciudad. “Allí vi muchas veces a mi padre vocalizando debajo del parral”, recordó Dardo, quien responsabiliza al letargo propio de los entes estatales de su provincia el retraso de la puesta en valor.

La casona de los Palorma es todo un templo para el folclore cuyano. Ocupa 400 metros y tiene muchos ambientes por donde Félix caminó, reflexionó y compuso buena parte de su repertorio de la última etapa. La idea de la familia es convertirlo en un museo que muestre todos los elementos que todavía permanecen allí, inmunes por ahora al paso amortajador del tiempo.

Al enorme patio lo rodean las habitaciones donde todavía hay algunos de los cuadernos pentagramados que Félix usaba para componer. Y los lápices Caran d`ache, que el músico compraba en Buenos Aires porque los consideraba los de mejor trazo para escribir sobre el pentagrama. “Todas esas cosas son joyas artesanales cuya exhibición serviría para difundir la figura de mi padre”, sentenció Palorma junior. Para Dardo es difícil determinar en cuál de las variantes de la música, su padre se destacó más. “Como guitarristas era maravilloso. Yo he escuchado a académicos de la guitarra que me decían que no podían seguirlo. Como poeta fue profundo y estableció una manera única de escribir en Cuyo. Y como cantor tenía una voz maravillosa”, sostuvo.

Esa conjunción hizo de Félix un cúmulo de talento que, cuando le dieron la oportunidad, se mostró a todo el mundo. En 1952, Jaques Tourneur estrenó “El camino del gaucho”, una película de la Fox que se convirtió en la fallida versión estadounidense del “Martín Fierro” y que tuvo música del mendocino. El folclorista llegó hasta allí luego de ganar un concurso del que participaron compositores de todo el mundo. La película se rodó en La Paz y en Uspallata y contó con la actuación de Gene Tierney y Rory Chalhuon, más una aparición en la primera escena del propio Palorma que compuso para el filme el malambo doble “Norte sur”, la zamba “La varguisa”, “La canción del borracho”, “Gaucho amigo” y la huella “La huella”. En otra escena, el mendocino aparece cantando y zapateando, en otra demostración de destreza. “Era un gran bailarín, también”, rememora Dardo.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, no fue esa la única incursión del autor en el cine. En el mismo año del estreno de “El camino…”, Palorma apareció como cantante en “Facundo, el tigre de los llanos”, de Miguel Tato, con Francisco Martínez Allende y Miguel Bebán.

Otra oportunidad que Palorma tuvo de mostrarse al mundo (al menos con su obra) fue en abril de 1987, cuando Juan Pablo II llegó a Mendoza en medio de su gira por el país. Un coro esperó al Pontífice en el predio cercano al Prado de la Virgen, en Guaymallén, donde se realizaron los actos centrales, y entonó “Llegando a Cuyo”, una de las canciones en las que Palorma menciona a San Luis.

Ubicado en un lugar preferencial por parte de la organización, el compositor pasó uno de los momentos más plácidos de su vida al oír su composición al mismo tiempo que Juan Pablo II. La ferviente fe católica que profesaba Palorma –que se veía reflejada en su visión humanitaria de ayuda al prójimo- le regalaba sobre el final de su vida uno de sus instantes más regocijantes.

Varios años antes de su muerte, el guitarrista de estampa gardeliana ya mostraba una alarmante decrepitud física. Su esposa y su hijo pasaron noches de desvelo ante la posibilidad de que una mala noticia llegara al lecho donde Félix esperaba el llamado definitivo, el acorde final.

Una noche, Dardo se asomó a la habitación de su padre y no obtuvo la mirada cansada que siempre el autor le regalaba como bienvenida. Tampoco obtuvo respuesta a las preguntas de rigor. Cuando el hijo tocó la mano de su padre, curtida y callosa de años de apretar cuerdas, notó la ausencia de pulso. “Estaba escrito en algún lado que tenía que encontrarlo yo”, repite el hombre con la fortaleza que le da la distancia. Era el 18 de abril de 1994 y Palorma tenía 75 años.

Se fue en paz a La Paz. Por decisión de su hijo, los restos del cantor están en el cementerio del pueblo donde nació, en una tumba tan humilde y despojada como la vida llevó. Todos los 23 de mayo decenas de guitarreros se reúnen en el cementerio para entonar algunas canciones de Dardo, brindar con vino del bueno y celebrar el Día del compadre, única referencia oficial en memoria de Palorma, ya que la Legislatura mendocina estableció esa fecha en coincidencia con el nacimiento del tonadero. Parece poco en comparación con la inmensidad de obra que dejó.

 

Fuente: Cooltura – El Diario de la República.

A los 85 años murió Philip Roth, un gigante de la literatura de Estados Unidos

Se destacó, principalmente, por la revisión que hizo de la experiencia judío-estadounidense lo que lo consolidó como un referente de la literatura de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Nueva York.- El novelista Philip Milton Roth, una fuerza dominante en la literatura de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX, murió a los 85 años. Roth falleció en la Ciudad de Nueva York a las 22.30 hora local por una insuficiencia cardíaca congestiva, dijo su agente literario Andrew Wylie.

Nació el 19 de marzo de 1933 en Newark, New Jersey, y sus abuelos fueron parte de la ola migratoria de judío-europeos a Estados Unidos en la primera parte del siglo XIX. La obra de Roth se destaca, principalmente, por la revisión que hizo de la experiencia judío-estadounidense en sus trabajos. Así, a través de la universalidad de su mensaje, este escritor se consolidó como una importante referencia de la literatura de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. «No escribo judío, escribo estadounidense», afirmó.

Roth fue, no solo un destacado ensayista y crítico, sino también un gran observador de la sociedad estadounidense. Este gigante de la literatura -que vivió en Nueva York y Connecticut-, además ganó, en 1998, el premio Pulitzer de ficción por su aclamado libro «American Pastoral» (Pastoral Americana, 1997).

Logró mantener la sustancia de su obra tanto en términos de calidad como de cantidad. Esto se vivencia en su, ampliamente admirada, triología política, que incluyó «Pastoral Americana», «I Married a Communist» («Me casé con un comunista», 1998), y «The Human Stain» («La mancha humana», 2000).

Roth ganó los mayores honores de la literatura, a excepción del Premio Nobel de Literatura para el que fue un eterno candidato. Cabe destacar que la Academia Sueca anunció, a principios de mayo, que este año no se otorgará esta distinción por la crisis derivada de la campaña #MeToo contra el acoso.

La Nación.

Musas femeninas y un amor profundo a las letras

Desde muy pequeño Juanci Laborda Claverie, tuvo contacto con los libros y la escritura. Esta presentado su primer libro, “Historias e Histerias” (sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes) en el que ha trabajado no solo como escritor y editor, sino que lo imprimió de forma artesanal en la tranquilidad de su casa.

El arte es una forma que se expresa en todas las ramas, no puedo ser neutral cuando se trata de un artista gigante con todo el empuje del mundo, al que además considero mi amigo y un poco mi mentor, uno de los que más me ha empujado al mundo de la escritura, de la lectura, de la radio. Puedo decir de él, que desde pequeño le gusto la lectura, no obstante, con el paso de los años fue perfeccionando su técnica para escribir. El año 2018 lo encontró editando su primer libro, inspirado en la mujer, uno de sus motores en la vida. Pero este libro no solo tiene sus textos, sino una parte de todo lo que convierte en magia, con su fuerza, la que he visto mil veces aplicar, y esta vez no lo detuvo. Hizo todo en resumidas palabras: imprimir, corregir, encuadernar, un trabajo de hormiga que termino en un esfuerzo de una tirada de libros, como las madres esperan pacientemente un nacimiento. En Anatomía Urbana, un vistazo al escritor puntano en Ascenso.

Bueno con los números (cuento que aparece en su primer libro)

Es de noche y es un baile. Orlando está solo. Siempre está solo. No es que no tenga amigos, pero prefiere estar solo. Es de noche, es un baile y la rubia lo mira. Lo mira y le sonríe. Orlando sabe que es pintón, y sabe que normalmente le gusta a las chicas, y sabe que lo que a ellas más les gusta es que es cariñoso, pero la rubia no lo conoce y entonces no puede saber que es así; supone que lo mira y le sonríe porque es pintón, y ahora que mira a la rubia se da cuenta que está re buena, que es rubia natural, bien gringa, bien tana, y que es más alta que él, a Orlando no le jode que las minas sean altas, piensa que en la cama no se nota, pero sabe que ese dicho es sólo una muletilla, porque si las minas son muy altas, o muy bajitas, hay posiciones que no se pueden hacer. Finalmente Orlando se acerca a la rubia, no la encara, primero se pasea cerca suyo como haciéndose el interesante; si tuviera algún amigo podría disimular, pero ha venido solo, y en soledad es más difícil encarar a una mujer; encarar a una mujer le resulta fácil, pero encararla en un baile le es difícil, pero mientras él busca palabras es la rubia quien lo saluda, le dice algo que Orlando no escucha por la música alta, la mina lo toma del brazo y lo hace bailar; a Orlando no le gusta bailar, pero le gusta la rubia que lo hace bailar y entonces baila; y sucederá que aunque los detalles son importantes para Orlando, para quien escribe no, que los detalles queden en la intimidad de ellos, y sólo contaré que Orlando y la mina amanecieron juntos.( continua)

Este es uno de mis cuentos preferidos del libro, la verdad me intrigó y cuando comencé a leerlo me pareció visualizarlo como en una película con dos personajes que aparecieron por arte de magia en mi cabeza, y cuando lo termine regrese al inicio para volver a leerlo. No le faltaba nada, estaba todo: introducción, un buen nudo y el final como me gusta a mi rompiendo los esquemas. Llame de inmediato al autor para decirle: “Este es el cuento que más me gusta”. Ahora un poco sobre su opera prima.

¿Cómo fue el proceso para llegar a “Historia e histerias”?

Es un proceso largo tiene que ver con escribir distintos cuentos. Por ejemplo, el más viejo es “La mujer Frankenstein”, que fue una charla entre amigos, totalmente informal, sobre cómo sería nuestra mujer perfecta. Empezamos a decir: yo le pondría los ojos de tal ex novia, le pondría la figura de tal otra, la personalidad de fulana… y se me ocurrió el cuento. Tuvo muchas reversiones y finalmente la que está en el libro. Después hay, por ejemplo, un cuento que se llama “Las manos”, que es  una anécdota que escucho en los pasillos de un hospital que me pareció increíble. Cuando quise ver tenía un volumen importante de cuentos que tenían un hilo conductor que era el deseo hacia la mujer desde diferentes formas. Le pensé un título: “Historia e Histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes “, y después vino el proceso de publicación, de buscar cómo publicarlo, de cómo mostrarlo.

Todo lo que se escribe ¿se puede mostrar?

Que buena pregunta. No… creo que tenés algunos textos que surgen como ejercicios para ejercitar la muñeca, otros para sacar algo de veneno de adentro, otros una idea que cuando la pensamos parecía genial, y una vez escrita nos damos cuenta que no era buena. Muy pocas veces surge algo que es mostrable. Hay que escribir mucho, ser constante, para que salgan muchos de esos.

¿Cómo te fue con la corrección de este, o de cualquier otro escrito?

La corrección se dio en varias partes. La primera fue la de contenido, que se fue dando a través de mostrárselo amigos lectores, que sé que son muy criteriosos. A veces me dijeron “animal, cómo vas a contar esto así”, y tuve que suavizar las historias y contarlas de mejor manera. Después está la corrección sintáctica; que eso se va logrando a raíz de escribir mucho, de tomar talleres. Yo tengo dos formas de corregir: una es utilizar en la computadora los lectores loquendo. Cuando la computadora me lee, me doy cuenta cuando algo no suena bien.

La primera historia que se te ocurre ¿es parecida a la que termina en la corrección?

A veces sí , a veces no. Por ejemplo “La mujer Frankenstein”. Si te mostrara la primera versión es nada que ver a la que está en el libro. Por ejemplo otro cuento que me gusta mucho es “Las cuatro Verónicas”. La primera versión es del año 2014, y la última del 2016. Son bastante similares entre sí.

¿Cuál es el cuento que te gusta más de “Historias e histerias”?

Hay varios que me gustan mucho, pero particularmente, y modestia aparte, creo que el mejor es “Las cuatro Verónicas”. Estuve dudando si incluirlo o no en el libro porque era una extensión demasiado larga, y no sabía más adelante podía tirarlo como una novela. Finalmente lo tijeretié un poco para poder incluirlo como cuento.

Algún cuento…¿puede desembarcar en una novela?

Precisamente he pensado muchas veces en ese cuento transformarlo  en una novela, en incluirle esos pedazos que le recorté y engordarlo… incluso flasheé mientras lo escribía que hacían una película de la novela, y que uno de los personajes, la Verónica rubia era interpretada por la “China” Suárez.

¿Qué temáticas encontramos en “Historias e Histerias”?

Hay de todo un poco. Hay un hilo conductor que es el deseo hacia la mujer, pero podes encontrar desde una trama policial, un canto a las costumbres generacionales que teníamos de pibes como caer 20 amigos de colados a un cumpleaños con un tetra y una bandeja de sanguchitos, y otro tipo de tramas más enroscadas como “Las cuatro Verónicas”, y también un poco de humor como en el “El soltero más codiciado” o “Estampitas”.

¿Qué cosas son las que te inspiran a escribir?

La vida misma. Me gusta el relato realista. A veces robo historias de las cosas que pasan o que veo. Hay un cuento que se llama “Vamos a ver” que es una situación que presencié en unas vacaciones. Vacacionábamos con mi señora y en el balneario vimos a una parejita. Un pibe de unos 15 o 16 y una chica de su edad, muy llamativa por lo bonita. Él se notaba muy enamorado, pero ella fría, distante. Esa misma noche salgo de la cabaña a fumar -en esa época todavía fumaba- y me pongo a caminar por el bosquecito. Todo bien hasta que noto que, al fondo, bien en lo oscuro, hay una parejita dándose cariño. No pude con las ganas de ser malo. En silencio me arrimé hasta ellos y de golpe prendí el cigarrillo, tratando de que el chispazo del encendedor los ilumine y asustarlos. Pero cuando les busco los ojitos para reírme de sus caras de susto: los reconozco Ella era la chica linda que había visto esa tarde, pero el pibe no era su noviecito, sino el bañero, un chabón un poco más grande que ella. Juro que esa traición ajena me pegó re mal. Ese cuento es la venganza del noviecito, es en palabras del escritor testigo el por qué la novia era tan fría esa aquella tarde.

¿Qué representa la mujer para vos?

Un igual. En mi caso, como heterosexual, mi fuente de deseo e inspiración. No hago distinción entre hombre o mujer. Creo que hay dos cosas que inspiran mucho al humano, una es el miedo a la muerte y otra el deseo al ser amado.

¿A quién te gustaría que llegue este libro?

Hice algunos envíos a Buenos Aires a escritores que admiro mucho ,como Enrique Decarli, Maca Moraña o Daniel Frini. Ya lo tienen en mano. Estoy esperando que lo terminen y me hagan alguna devolución

¿Cómo se ve “Juanci escritor” dentro de 10 años?

¡Con menos canas y menos panza! (Risas). Me veo igual. A lo mejor con más cosas publicadas y con un proyecto editorial, que ya tengo entre manos, funcionando bien. ¡Dios quiera!.

¿Qué es lo que te han dejado los personajes?

No es que me han dejado, me han sacado. Todos los personajes tienen “alguito” de uno, o de algún ser cercano que quise reflejar. Del primero al último, tienen algo cotidiano que me gustaría ser o haber hecho…

Con Juanci somos amigos desde una juventud, casi que lo vi crecer y ahora veo a “Historia e Histerias” como un hijo que fue gestando y pariendo de a poco. Lo disfruté mucho, leí este libro en diferentes lugares para ver un gran escritor y la compañía de un amigo en todos lados: fue conmigo en colectivo, al parque, la montaña. Este libro se deja leer de manera amena, como se deja leer esa persona sensible que es el Juanci Laborda escritor, me despido con un pequeño cuento, con el permiso de su autor.

Jonás

El flaco Jonás se puso de novio y poco a poco empezó a alejarse de los amigos hasta literalmente desaparecer. La última vez que lo vimos nos presentó a la novia, una piba de unos veintitantos, estudiante de periodismo y que lo triplicaba en peso. Unas semanas más tarde nos interrogó la Policía para ver si conocíamos su paradero. Doña Beba, su madre, había denunciado la desaparición. Nunca lo encontraron.
Al cumplirse veinte años sin noticias del Flaco la Justicia lo declaró legalmente muerto. Entonces, familiares y amigos le celebramos un funeral simbólico. Allí estaba Doña Beba, que encorvada y arrugada caminaba con andador; su última novia conocida, que había continuado aumentando su volumen; y los muchachos, todos con más panza y menos pelo. Un cura amigo de la familia celebró la misa, el Chelo leyó un poema que improvisó para la ocasión, comimos unos sanguchitos de miga y después nos dispersamos. Y juro, lo juro por esta, que cuando despedí con un beso a la gordita, me pareció oír la voz de Jonás pidiendo auxilio desde alguna parte.

Si bien es un cuento casi gracioso es lo que puede percibir muchas veces en él, la creatividad, ahora trabaja de lleno en lo que será su próximo libro (cambiando un poco de rubro) que seguro verá la luz muy pronto, porque no hay nada que detenga a Juanci que está decidido a abrir su camino con su propia ley.

 

Fuente: Anatomía Urbana.

Nota: Marina Menseguez.

Foto y video: Jesica Flandes.

El escritor que hizo grises los atardeceres

La Feria del Libro que se desarrolla en Buenos Aires repara una injusticia histórica y literaria al recordar a Mario Levrero, un escritor uruguayo considerado el secreto mejor guardado del país de Eduardo Galeano y Mario Benedetti.

Mario Levrero tenía una máxima de vida: el simple hecho de que suene el timbre de su casa no era motivo suficiente para abrir la puerta. Es por eso que hasta su hija tenía que llamarlo por teléfono para avisarle que iría a visitarlo. Por ese método fueron pocos los que pudieron ingresar a su casa y a su intimidad.

Pero los que entraban se encontraban en una situación despojada y relajada al punto que el escritor uruguayo los recibía en camiseta sin manga, pantalón corto, pantuflas y mate.

El autor de “La novela luminosa” desarrolló su carrera a la sombra de Mario Benedeti y Eduardo Galeano, dos colegas compatriotas y contemporáneos que disfrutaron del reconocimiento masivo. En el caso de Levrero, la difusión apenas alcanzó a un selecto grupo de lectores que, sin embargo, lo endiosaron hasta límites exagerados.

Es probable que el título de “escritor maldito uruguayo” le quede grande a Levrero, quien abrazó como temas preferidos en su literatura la descripción de lugares y la ruptura limítrofe entre realidad y ficción. Esos argumentos difieren considerablemente de los elegidos por los malditos europeos, aunque la forma de vida y la decisión de recorrer los caminos subterráneos del género indiquen alguna coincidencia.

Jorge Mario Varlotta Levrero es el escritor nacido en Montevideo que la Feria Internacional del Libro que se desarrolla por estos días en Buenos Aires decidió homenajear y darle una visibilidad inédita a 14 años de su muerte. Ya es hora de que el gran público conozca y disfrute de un autor absolutamente particular que escribió mucho y se floreó con un estilo único en el continente.

Por eso, la mención de Benedetti y Galeano, como podría haber sido la de Juan Carlos Onetti y Horacio Quiroga, por nombrar a otros escritores uruguayos, es caprichosa y nada tiene que ver en términos literarios con el ahora homenajeado. Las circunstancias de espacio, tiempo y lugar pueden haber sido una mera coincidencia.

El autor eligió su segundo nombre y su segundo apellido para encarar su vida editorial, en una actitud que sus amigos leyeron como el entierro de un hombre y el nacimiento de otro. En el momento en que Levrero publicó su primer cuento, “Gelatina”, en 1968, Mario tomó por asalto la vida de Jorge y nunca más fue el mismo.

Angel Rama, uno de los críticos literarios más respetados del continente, encolumnó a Levrero en una categoría que llamó “Los raros”, (que Leo Masliah –amigo del escritor- rechazó con insistencia) justamente por la temática de sus cuentos y una estructura narrativa que parecía compleja pero que guardaba una exquisita simpleza consistente en una técnica repetida: los capítulos de sus novelas empiezan con la respuesta a una intriga y terminan con el planteo de otra, que a su vez, se resuelve de inmediato en el posterior. Hay que ser muy hábil para mantener ese ritmo y esa intriga durante toda una obra.

Esa característica es extremadamente palpable en “La ciudad”, “Paris” y “El lugar”, sus tres primeras novelas que, casi sin querer, repiten el hilo argumental de referirse a espacios a veces claros, muchas veces difusos (en ese punto, el primero de los libros es una obra maestra que hace que el lector, literalmente, no tenga ni la más mínima idea de dónde está parado) y casi siempre misteriosos. Como no fue un plan escribir sobre esos tópicos y Levrero descubrió la casualidad, cuando tuvo que reeditar juntas a sus novelas iniciales encontró un nombre acorde: “La trilogía involuntaria”.

En Uruguay se llaman “librerías de viejo” aquellos lugares donde se acumulan ediciones antiguas y ajadas de ejemplares que rara vez llegan a best seller. Levrero heredó de sus padres uno de esos negocios siempre a pérdida económica pero en superavit de conocimientos. Fue allí donde empezó a gestar su incondicional apego a la literatura policial, que leyó mucho más de lo que escribió.

En las hojas amarillentas de los libros viejos, Mario creyó encontrar un hongo que –asentado por el paso del tiempo, la humedad y el deterioro del papel- emanaba una sustancia alucinógena que colaboraba en la adicción a las historias de detectives.

“La banda del ciempiés”, uno de sus últimos libros, es posiblemente el resumen perfecto de todo lo que leyó de los policiales clásicos. Un grupo de 50 forajidos que causa pánico en una ciudad estadounidense con una ola de robos y secuestros tiene la característica de hacer sus apariciones bajo el disfraz de un enorme gusano, similar a los que se usan para las celebraciones callejeras chinas.

Un detective lleno de tribulaciones, un policía en estado de indefensión absoluta, problemas diplomáticos con China, una prostituta que empieza a sentir cariño, una nena cautiva de delincuentes que no podría asegurar que pertenecen a la raza humana, muertos que no están muertos y un final tan inesperado como desconcertante conforman la novela que es pura revelación en menos de 200 páginas.

Los pocos estudiosos de la obra de Levrero, entre los que se encuentran alguno de los aspirantes a escritores que concurrieron al taller literario que dictó en su casa en los últimos años de su vida, acordaron una serie de indicios comunes en la obra del uruguayo. Uno de ellos –acaso menor- es la repetida utilización de la primera persona, un recurso que impulsó también en sus enseñanzas. El otro, más concreto y definitivo, es la supresión total de la barrera que divide la realidad de la ficción.

En las ocasiones que Mario escribió sobre fantasmas fue porque de alguna manera los vio merodeando por su casa. Cuando creyó escuchar cantar a Carlos Gardel en persona, no fue por un fenómeno de la imaginación, sino por la certeza total de que el cantor estaba a su lado. En ese punto, es necesario decir que el escritor era un fanático de la Parapsicología, a la que trataba y consideraba una ciencia hecha y derecha y sobre la que se atrevió a escribir un manual.

De modo indispensable, el humor fue un aspecto que realzó la obra del uruguayo y que entretejió en todas sus obras, con mayor injerencia en “Caza de conejos”, un cuento largo en que parece reproducir algunos diálogos de “El Chavo del 8”. Sin embargo, el carácter profundamente montevideano de Mario (que vivió mucho tiempo en Buenos Aires y un ratito en Burdeos), le puso un tono gris, de eterno amanecido, a sus escritos. En 2003, un año antes de su muerte, Levrero sufrió un preinfarto que le dio un susto grande a su familia, no tanto a él, que esperaba la muerte como quien espera el colectivo, con la certeza paciente de que en algún momento llegará. Los médicos que lo atendieron por entonces le dijeron que la única manera posible de evitar un segundo ataque era hacer un cateterismo para destapar una arteria bloqueada por años de consumo de tabaco.

Como su familia temía, el escritor se negó rotundamente a la operación y redobló la apuesta. Frente a un escribano le hizo firmar a su esposa y a sus hijos que, aún en las últimas respiraciones, no permitirían un tratamiento invasivo a su cuerpo.

El 30 de agosto de 2004, otra vez el corazón le dio una mala pasada al autor de “La máquina de pensar en Gladys”. Llamaron a una ambulancia a su casa que lo llevó al hospital más cercano. Mario iba en la unidad coronaria acompa- ñado de su ex esposa, Mabel Fernández, una de las firmantes del documento judicial. “No me vayas a traicionar justo ahora”, le dijo el escritor a quien lo acompañaba en su último momento. Ni siquiera hubo tiempo para ir en contra de su voluntad.

Levrero se fue lúcido, libre e incomprendido. Sin atender el timbre. Como vivió. Como escribió.

El Diario de la República.

Pedro Bazán: “Cuando de niño indagaba acerca de la muerte, se hacía silencio”

El escritor nació en Rufino en el 70, diecisiete años después se vino a San Luis. En esta nota trae escenas de su infancia en la llanura, su encuentro y amor por las palabras, su opinión sobre el periodismo en la actualidad y la reivindicación de la muerte en sus novelas.

Pedro Bazán publicó en el 2000 “Trece segundos sin otoño”. “Al terminar la lectura es imposible negar que algo ha cambiado en nuestra concepción del ser humano, los gobernantes, la guerra, el amor y el odio”, describe el escritor sanluiseño Jorge Sallenave sobre la primera novela de Bazán.

En 2015 salió a la luz “La Imaginación sumergida”, “una obra que transita el delicado equilibrio entre la tragedia y el absurdo”.

Hace un par de meses comenzó con la escritura de su tercera novela, donde adelantó que abordará la muerte de una manera más salvaje, primitiva, visceral; atravesando lo instintivo que habita en cada ser humano.

En tus escritos existen referencias a diferentes autores que según leí con la mayoría tomaste contacto en la infancia. ¿Cómo es que un niño llega a encontrarse en una biblioteca de Rufino con clásicos griegos y latinos?

Nací, crecí y aprendí a leer en Rufino (Santa Fe). A Rufino lo recuerdo como la llanura y lo imagino y lo sigo viendo como una inmensa llanura, donde crece el trigo, donde crece la soja, donde hay una vastedad de cielo y horizontes. Y la familia en la que crecí tenía dos virtudes, la primera era una responsabilidad enorme ante el trabajo y la segunda era que honraban y respetaban y creían en la lectura. Aparte desde muy pequeño tuve una particularidad que siempre mantuve y es que me cuesta dormir, me cuesta dormir muchas horas, mucho menos dormir la siesta, entonces vivía en el medio de la llanura, en el medio del campo y no dormía la siesta, era muy pequeño tenía 6, 7 u 8 años, me mandaban a dormir y para mí era estar encerrado en la habitación, indagando, curioseando, buscando dentro de esa habitación encontré una biblioteca. Para mí en esa biblioteca había libros, después supe que los libros que había en esa biblioteca no eran comunes pero me enteré muchos años después, no sé porque esos libros llegaron ahí pero estaban ahí. Había libros de Homero, estaba La Ilíada, La Odisea, La Eneida de Virgilio, había enciclopedias, un diccionario enciclopédico que lo recuerdo con mucho afecto que era un Vastus edición 1948 que ayudó a que esa curiosidad creciera.

Así que de esa manera llegan esos autores, de un niño que tiene que hacer silencio porque los mayores duermen y que descubre una biblioteca en su casa, no sé porque esa biblioteca estaba en esa casa en ese lugar y a disposición de ese niño, pero agradezco que así haya sido.

Ese niño que guarda silencio me parte el corazón.

Los mayores nos mandan a hacer silencio ¿viste?, todo el tiempo, por eso creo que también elijo escribir por eso, porque no quería estar todo el tiempo en silencio. Y tiene que ver con la muerte también porque cuando yo indagaba acerca de la muerte, de una muerte que yo conocía, se hacía silencio y el silencio no eran respuestas, era silencio. El sufrimiento uno puede elegir convertirlo en un largo camino de espinas y atravesar la vida arrastrándose en esas espinas o convertirlo en algo que hay que desentrañar, descubrir, explicar de alguna manera porque ese chico sigue siendo este hombre o este hombre sigue siendo ese chico, habría que verlo cómo es.

En el 87 te viniste a San Luis, ¿qué fue lo que te hizo elegir esta tierra?

Vine a San Luis porque se frustró por cuatro milímetros mi deseo de pilotar aviones de combate que era mi sueño, quería ser un oficial de la Fuerza Aérea que pilotara aviones de combate y fui a un Instituto, hice un excelente examen psicofísico pero me faltaban cuatro milímetros de altura para ingresar a la escuela de oficiales y bueno tenía todas las posibilidades de volver al año siguiente pero me frustré y terminé llegando a San Luis donde tenía un hermano que estaba estudiando Geología y la familia consideró que era lo correcto que viniera acá, yo quería estudiar luego de eso. Siempre estuve entre las dos vertientes, ser un piloto de combate o estudiar Letras, Filosofía y Letras. Lo de pilotar aviones de combate tiene que ver con la Guerra de Malvinas que me impactó mucho y donde la Fuerza Aérea Argentina fue nuestro mayor orgullo y nuestra fuerza más destacada. Y también vine a San Luis porque no quisieron que fuera a Rosario a estudiar Filosofía y Letras porque en 1987 el país estaba un poco delicado y Rosario era un centro de muchas protestas, de asaltos a los supermercados, era una situación económica muy delicada para el país, así que por eso llegué a San Luis.

¿Y qué fue lo que te hizo quedarte?

Decidí quedarme en San Luis porque los lugares que uno elige como su patria o su tierra te llaman y te convencen, me gustó la tierra, me gustó la gente, me gustó el clima, me gustó el sol, me gustó la lluvia, me gustó el viento, me gustó San Luis. Aparte de estudiar empecé a trabajar, me sentí bien, me sentí reconfortado, sentí que podía aportar algo y tengo un amor profundo, enorme por esta tierra. Estoy muy feliz que mis hijos sean puntanos, nacidos en San Luis, me pone muy feliz. Me preocupé con los años en conocer la historia, las costumbres, los hábitos, en conocer a la gente de San Luis, amo a San Luis, sé mucho más de San Luis que de Santa Fe porque esta tierra me cobijó y yo adopté esta tierra como mi patria.

¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor, recordás ese momento?

Creo que tenía 8 años cuando decidí ser escritor, seguramente fue entre los 8 y los 9 años leyendo La Ilíada de Homero y descubrir que en una línea de La Ilíada, Homero mata a Héctor, era fanático de Héctor, sentía una profunda admiración por el coraje de Héctor, él es el bueno de La Ilíada, es el que saca el pecho por su hermano Paris que comete la felonía de robarle la mujer a Menelao y todo el panhelenismo se vuelve en contra de Troya. Pero además Héctor es “el mejor hijo” de Príamo, es el príncipe que honra a su padre, honra a los dioses y es el más valiente y sin embargo Homero lo mata a manos de Aquiles que es un enorme héroe y una figura enorme dentro de la estructura de La Ilíada. A mí me costó muchos años descubrir que para Homero era más importante el destino de Aquiles que la bondad de Héctor, entendí la épica muchos años después a partir de esa escena. Sí yo hubiera escrito La Ilíada no hubiese matado a Héctor, entonces ese día cuando leí esa línea y me enojé con Homero, ese día decidí que iba a ser escritor.

¿Heredaste el amor por la palabra o sólo se fue dando?

El amor por la palabra se cultiva, creo que ese Vastus de 1848 me fascinaba por el descubrimiento de nuevas palabras, es la curiosidad. El amor por la palabra es el amor por todo aquello que no entendés, que te rodea y nos rodea. Todo aquello que uno no alcanza a comprender es hermoso encontrarle una explicación, entonces una palabra que no conocía me fascinaba, entonces la buscaba y buscaba su etimología, la raíz, el origen, las aplicaciones posibles. Tengo mucho respeto por las palabras, sobre todo por la palabra escrita, me apasiona, me parecen una forma del arte las palabras bien utilizadas. Hasta el día de hoy me conmueve encontrar palabras que desconozco, poder aplicarlas o sencillamente conocerlas, me gusta mucho y además nosotros hablamos el español y es un idioma tan vasto en sus palabras que hace que su búsqueda sea permanente, incesante, el amor por las palabras es todos los días. Me encanta escuchar a la gente las palabras que dicen y ese encantamiento se rompe la mayoría de las veces porque lo que dicen es terrible o no coincido con las palabras que pronuncian pero sí, tengo una fascinación todo el tiempo por las palabras.

¿Qué te aportó el periodismo?

El periodismo me aportó un método que hizo que muchas veces yo dejara la perífrasis o pudiera quitarle el vicio de la adjetivación excesiva en función de contar un hecho de manera clara, concreta y concisa, la regla de las 3C. Me ayudó mucho a ver la realidad desde otro lado y hay hechos que ocurren a diario en el mundo real que pueden ser émulos de la ficción o pueden ser ficcionados de una manera muy sencilla. Amo mucho el periodismo, me hubiera encantado ser un muy buen periodista, admiro a la gente que escribe bien. El periodismo que fui leyendo desde pequeño se fue degradando como muchas otras cosas con el tiempo en este país, siento que tenemos un periodismo degradado y a mí de alguna manera me pone triste pero el periodismo en su esencia, en su génesis, en los ejes que aborda es maravilloso, hay que honrarlo y en ese punto es hermoso.

¿A quiénes considerás tus mayores maestros en el arte de escribir?

Hay muchos autores a los que regreso siempre y a esos los elevo a la categoría de maestros. Borges sin lugar de dudas es el escritor que más he leído y releído, Kafka, Poe que me parece el escritor más creativo que alguna vez anduvo sobre la tierra, Lovecraft que me enseñó que uno puede escribir escenas de 400 o 500 palabras sin respirar. Baudelaire que me enseñó el cinismo, Dostoievski que me enseñó algunos escondites donde anida el terror de la mente humana, Hugo que me enseñó que la literatura también puede ser un camino donde convivan la historia y la filosofía, Kennedy Toole que me enseñó el humor, Shakespeare que me enseñó la cadencia de la perfección. A esos escritores vuelvo con placer y hay otros a los que admiro mucho técnicamente pero sin llegar a conmoverme, debo nombrar en este punto a Juan Rulfo, William Faulkner y a García Márquez. Hay gente que escribe y ha escrito muy bien a lo largo de la historia y hay muchísimos autores que no son canónicos y que no están en la mesa de debate de los académicos pero que me generan un respeto y una admiración profunda por la manera en que ejecutaron alguna que otra línea. “Los regalos perfectos” de O. Henry, por ejemplo, es una obra maestra, Samuel Langhorne Clemens que fue conocido por el seudónimo de Mark Twain, su humor es brillante, notable. Recuerdo una que otra línea de Eurípides en Alcestis que vale la pena tatuarse en la piel. Hay muchísimos maestros pero esencialmente creo que esos son autores a los que yo regreso siempre, cuando me enfrento a un texto espero encontrar lo que he encontrado en esos autores.

En “Trece segundos sin otoño” y en “La imaginación sumergida” hablás, sí bien desde diferentes abordajes, de la muerte, de lo que muere con la muerte, de lo que renace, de lo que duele, de lo que nos corta en dos… para escribir sobre estos temas, ¿hay que enterrar los pies en la mierda o basta con imaginar como Sebastián, uno de tus personajes?

Escribo y hablo de la muerte porque me tocó vivirla de una manera muy particular, momentos muy particulares con personas muy importantes en mi vida. Mi abordaje de la muerte es en lugar de volverme una víctima de la muerte y de alguna manera reclamar atención o convertirme en un despojado, tratar de explicarla como concepto, filosóficamente, entenderla y darle el valor que merece, así como le damos un enorme valor a la vida darle ese enorme valor a la muerte.

No, no es embarrarme o enterrarme los pies en la mierda. Incluso ahora la nueva novela que estoy escribiendo es más “salvaje” que “La imaginación sumergida” respecto al abordaje de la muerte. Me parece que es un tema del que hay que hablar y del que huimos permanentemente porque huimos de lo que nos genera displacer. Yo no le huyo a las cosas que me generan displacer, trato de explicarlas, esa es la razón, entonces el personaje termina funcionando como un puente lógico para contar lo que quiero contar o decir lo que quiero decir.

“La imaginación sumergida” considero que requiere una lectura comprometida que pide descansos para masticar algunas escenas. ¿A vos qué te demandó su escritura y cuánto tardaste en elaborarla?

Respecto de “La imaginación sumergida” y lo que me demanda escribir, sobre todo una novela, es un ejercicio de honestidad, de desnudez, de profundas y sinceras peleas conmigo, con mis conceptos, de revisar ideas, argumentos, hipótesis, categorizaciones. Es absolutamente placentero para mí escribir, pero ese placer está sostenido por un debate interno, intelectual, absolutamente solitario, de lo que pienso acerca de la especie humana y de cómo toma decisiones, sobre todo la especie humana porque todo lo demás parece que está suficientemente explicado.

Me produce mucho placer escribir pero está sostenido en un esfuerzo enorme intelectual y en un desgarrarse, no desgarrarse como dolor sino entrar hasta lo más íntimo que uno tenga para sacarlo. Y por qué  escribirlo y por qué no hacerlo en un diario y no contarlo; escribirlo y mostrarlo siempre está la fantasía que haya un lector, apenas un lector del otro lado al que una línea de ese texto pueda acompañarlo, hacerlo reaccionar y tomar una decisión contraria, pueda gustarle, sorprenderlo, agradarle. Escribo porque me da placer escribir, mucho placer y siempre trato de hacerlo mejor, cada vez trato de escribir mejor y si considero que lo que escribo no es mejor que lo que escribí, no lo hago. Escribir es placer, es un placer, es un sentido, algo que le da sentido a mi vida.

Fuente: Cultura Rundún.

El escritor que vuelve a la escena del crimen

Elvio E. Gandolfo comenta el libro de Ellroy en el contexto de su obra singular.

 La breve frase inicial, con punto y aparte, es clásica de la serie negra: “La encontraron unos niños” (o una lavandera, o un oficinista). Siempre sigue la descripción directa o indirecta del cadáver. Aquí es una mujer pelirroja, cuarentona, ahorcada con una de sus medias y arrojada a una cuneta. Tiene las ropas desordenadas, y le falta un pezón, desde hace mucho. James Ellroy agrega, dos páginas y media después: “Tenía toda la pinta del clásico cuerpo tirado a altas horas de la noche”. Quien lee Mis rincones oscuros ya sabe que está hablando de su madre, asesinada un fin de semana mientras él estaba con el padre, en la visita semanal asignada por un juez.

El libro se divide en cuatro partes, tan distintas como cuatro libros. La inicial se titula “La pelirroja”, como suele llamarla su hijo (de 10 años cuando ocurrió el crimen). Un breve párrafo en cursiva de introducción confiesa: “Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo”. El tono es el de un informe policial y forense, frío y frustrante. Figuran nombres de investigadores. “La mitad de los veintiséis hombres del Departamento de Policía de El Monte –dice– pasaron por allí. Las mujeres blancas muertas eran como un imán”.

El Monte era una zona marginal de Los Ángeles adonde Geneva Hilliker, la madre (quien prefería que la llamaran Jean) se había mudado de pronto con el hijo, sin que él supiera por qué. Era enfermera profesional, vivía de su trabajo, y aprovechaba el fin de semana para divertirse. Incluye interrogatorios, reconstruye los movimientos de ella, el asesino y algunos acompañantes (en especial una rubia). No llega a nada. Se cierra como un caso no resuelto.

La segunda parte es “El niño de la foto”. En primera persona, es uno de los mejores relatos literarios de una infancia y adolescencia difícil, casi letal. Está a la altura de El juguete rabioso de Roberto Arlt, por ejemplo. En el libro aparece el momento en que la madre le da libertad al hijo para que elija, y elige al padre. De inmediato recibe un par de golpes violentos en respuesta.

Cuando la policía lo entrega al padre la noche del crimen y empiezan a vivir juntos, él descubre que la madre tenía razón. La figura paterna debilitada, autotraicionada, es el comienzo de muchas carreras literarias. Antes, cada vez que se veían, el padre se dedicaba a debilitar la imagen de Jean. “Mi madre me protegió con un estilo y firmeza impecables”, reconoce a la larga el autor.

Cuando se juntan, Ellroy define la pesadilla de la convivencia: “Éramos pobres. Nuestro apartamento apestaba a caca de perro. Yo desayunaba galletas y leche cada mañana y cenaba hamburguesas o pizza congelada todas las noches. Llevaba ropa andrajosa. Mi padre hablaba solo y les decía a los comentaristas de la tele que se fueran a tomar por culo y que le chuparan la polla. Siempre andábamos en calzoncillos. Estábamos suscritos a revistas de chicas desnudas. Nuestra perra nos mordía de vez en cuando”. Apenas se desarrolló en edad y sobre todo estatura, Ellroy se dedicó con pasión a la delincuencia juvenil, a drogarse con inhaladores y a colarse en casas vacías. Estuvo preso. El padre, sin embargo, le enseñó a leer, le regaló La placa de Jack Webb sobre la vida criminal de Los Ángeles. Después enfermó gravemente, se colgó del hijo viviente, y al fin murió.

La tercera parte es “Stoner”. Bill Stoner fue quien acompañó durante un largo período de investigación a Ellroy. El tono recobra la frialdad del informe policial para contar la larga carrera de Stoner en Homicidios, con destaque de las víctimas mujeres. Al fin, en “Geneva Hilliker” describe el proceso de investigación y búsqueda del posible culpable junto a Stoner, entre policías ya ancianos, rastros que se pierden, El Monte convertido en un agujero infecto. El libro está dedicado a Helen Knode, la segunda esposa de Ellroy, quien lo instó a volver al pasado. Es un relato intenso, a veces agotador. Cuando hizo ese trabajo de más de un año, Ellroy estaba fuerte: había publicado La Dalia Negra (un caso real que reflejaba la muerte de la madre), inicio del Cuarteto de Los Ángeles. Dos obras maestras, Los Ángeles Confidencial y Seis de los grandes (2001), lo ubicaron no solo como un número uno de la serie negra sino también de la literatura estadounidense. La última parte convierte a Mis rincones oscuros en un libro inolvidable. Es difícil de soportar por momentos (como casi toda su obra) debido a la violencia, la falta intensa de corrección política, el romanticismo, el estilo reducido al hueso. Cuando termina, sabe que va a volver al crimen original, generador.

Lo hizo en 2010, con A la caza de la mujer, bastante breve y muy menor, fallido. Cuando inició un Segundo Cuarteto de Los Ángeles con Perfidia (2014), muchos esperaron la repetición, la decadencia. Pero mostró un trabajo demoledor de construcción. A partir de una madre muerta, el hijo demostró una y otra vez que está vivo y bien, a pesar del hecho atroz, y a partir de ella, la pelirroja.

Elvio Eduardo Gandolfo es autor de las novelas “Boomerang” y “Mi mundo privado”, entre otros libros.

ANSL.

Confesiones de la carne según Foucault

Aparece en Francia el tomo IV de la Historia de la sexualidad.


Desde París. El 25 de junio de 1984 fallecía Michel Foucault. Una de las cláusulas del testamento redactado en 1982 establecía “pas de publication posthume”, es decir, ninguna publicación póstuma. A pesar de ello, no dejaron de aparecer trabajos de su autoría. En 1994 se publicó en francés una edición en cuatro tomos tituladaDichos y escritos, que reunía textos mayormente breves ya publicados en vida del autor, es decir, sin ninguno estrictamente póstumo.A partir de 1997 comenzaron a publicarse sus cursos en el Collège de France, ya que por haber sido leídos en clases públicas y grabados con la autorización del propio Foucault podían considerarse como ya publicados de manera oral. Más recientemente, aparecieron otros cursos, artículos, conferencias, diálogos y, sobre todo, su tesis complementaria de doctorado. En ninguno de estos casos se trataba de un inédito en sentido estricto: ya circulaban registros orales, ya existían versiones en otros idiomas, o nuevas versiones ampliadas. Si exceptuamos algunos textos breves, entonces, Las confesiones de la carne, el cuarto volumen de la Historia de la sexualidad que acaba de publicarse en Francia, es el primer inédito de Foucault en sentido estricto.

Foucault había publicado el primer volumen en 1976 y los siguientes, el segundo y el tercero, ocho años después, en 1984, poco antes de morir. Pero lo cierto es que también había enviado el manuscrito de Las confesiones de la carne para que fuese publicado, aunque ya no tendría ni el tiempo ni las fuerzas para realizar las correcciones requeridas por la transcripción editorial. Entre idas y vueltas, fueron necesarios casi treinta y cinco años para que, finalmente, este volumen llegase a las librerías.

Más allá de la ansiedad de sus lectores, del interés de los especialistas y del público (por estos días no hay casi ninguna librería importante en París que no le dedique un lugar destacado en sus vitrinas), es necesario preguntarse qué aporta de nuevo a lo que ya hemos leído y conocemos. Se equivocan tanto aquellos que piensan que todo es novedad como, al contrario, quienes creen que pueden prescindir de su lectura. Y se equivocan también, como ha sucedido en algunas de las primeras reseñas de Las confesiones de la carne, quienes han puesto el acento en que se trata de un libro sobre el cristianismo de los primeros siglos y en el hecho de que el autor sostenga que, por esa época, entre los autores paganos y los cristianos, entre los filósofos y los Padres de la Iglesia, hay una línea de continuidad en lo que concierne a los códigos de la moral, las reglas de lo permitido y lo prohibido. Del interés de Foucault por el cristianismo ya estábamos sobremanera advertidos a través de la lectura de sus cursos de inicios de la década de 1980. Y los historiadores ya nos habían advertido acerca de la continuidad entre el paganismo y el cristianismo, por ejemplo, en la condena de las relaciones sexuales por fuera de la finalidad reproductiva en el marco del matrimonio, la homosexualidad y la prostitución. Los propios Padres de la Iglesia, con no poca imaginación, sostenían, en efecto, que habían sido los filósofos los autores del robo, es decir, que habían tomado sus ideas del Antiguo Testamento. Ya Platón, por ejemplo, habría leído al profeta Jeremías.

Una expresión del poeta René Char, que el propio Foucault hizo poner en la contratapa de la edición francesa del primer volumen y que aparece también en la de Las confesiones de la carne, constituye, sin dudas, su mejor puerta de ingreso: “La historia de los hombres es la larga sucesión de los sinónimos del mismo vocablo. Contradecir esto es nuestra obligación”. Los supuestos sinónimos en cuestión son aquí tres: aphrodisia, carne, sexualidad. Aphrodisia es el nombre de la experiencia griega del sexo. Aphrodisia eran las cosas de Afrodita (que los latinos tradujeron por venérea, las cosas de Venus), aquellos actos a los que la naturaleza asoció un placer tan intenso que los hace siempre susceptibles de exceso y revuelta. Carne es el nombre que se le da a la experiencia cristiana de estos actos y placeres. Sexualidad, el de nuestra propia experiencia, la de los modernos. La experiencia ética del sexo de los griegos, los cristianos y los modernos constituye el eje de toda la Historia de la sexualidad. El primer tomo se ocupa de la sexualidad moderna; el segundo y el tercero, de los aphrodisia griegos; y el cuarto, de la carne de los cristianos.

La experiencia cristiana

Desde el punto de vista del código puede hablarse de una cierta continuidad a lo largo de todas estas experiencias, pero ninguna de ellas se define o puede describirse adecuadamente limitándose a la perspectiva de las reglas de lo permitido y de lo prohibido. Es necesario entender por qué alguien acepta un determinado código, con qué finalidad, a través de qué prácticas se vincula con él. Según el vocabulario de Foucault, las formas de sujeción, la teleología y las formas del trabajo ético son tanto o más relevantes que el código. No es lo mismo, por ejemplo, controlar los propios placeres y moderarlos porque el dominio sobre sí mismo, el gobierno que se ejerce sobre sí mismo, es un requisito para gobernar a los otros en este mundo, que hacerlo porque se quiere alcanzar la vida eterna que ha sido prometida en otro mundo. Por ello, a pesar de la continuidad relativa de los códigos, se trata de experiencias diferentes. Aphrodisia, carne y sexualidad no son sinónimos. Las confesiones de la carne se ocupa describir la especificidad de la experiencia cristiana de la carne, mostrando cómo se formó a partir de la transformación de los aphrodisia y cómo hizo posible la experiencia moderna de la sexualidad.

Los análisis de Foucault se extienden del siglo II al siglo V, de Clemente de Alejandría a Agustín de Hipona, de El Pedagogo a la Ciudad de Dios; se pasa, entre otros, por Tertuliano y Casiano, de quienes ya se había ocupado detenidamente en el curso de 1980 en el Collège de France, El gobierno de los vivos. En efecto, las páginas dedicadas a Clemente y sobre todo a Agustín constituyen los aportes más novedosos e importantes de Las confesiones de la carne. Clemente es el primero en elaborar todo un régimen de actos sexuales que no se establece, como sucede con los aphrodisia, en función de la sabiduría y de la salud individual, sino, sobre todo, desde el punto de vista de las reglas intrínsecas del matrimonio. Pero será necesario esperar a Agustín para que se constituya esa experiencia de la carne, en la que tanto el conocimiento de sí mismo y como la transformación de sí mismo requieren de la manifestación de la verdad, la verbalización del propio deseo, y de la lucha contra el mal que corrompe nuestra naturaleza a partir del pecado de los orígenes. Tanto en Clemente como en Agustín nos encontramos con la matrimonialización del deseo legítimo; pero sólo con Agustín tiene lugar la libidinización de todo deseo. Agustín, en efecto, llama libido al deseo cuya naturaleza ha sido modificada por el pecado original y ya no responde a la voluntad del hombre.

Sin Clemente no puede comprenderse el paso de los aphrodisia a la carne; sin Agustín, el de la carne a la sexualidad. En cuanto concierne al deseo, hablamos todavía la lengua de Agustín. En este sentido, Las confesiones de la carne es una pieza fundamental de esa genealogía del hombre de deseo que Foucault lleva a cabo en su Historia de la sexualidad.

Edgardo Castro es doctor en Filosofía e investigador del Conicet. Es autor de Diccionario Foucault e Introducción a Foucault, ambos publicados por Siglo XXI.

Revista Ñ.

Juan Rulfo: testimonios de la desolación

El escritor mexicano necesitó apenas unos cuentos, una novela y una novela breve para retratar su país, el México de los sueños rotos que, un siglo después, pervive en la violencia actual.

Juan Preciado fue a Comala para buscar a su padre, “un tal Pedro Páramo”. Lo sabemos porque él nos lo dijo. Es lo primero que nos dijo, antes de sumergirse en ese pueblo de muertos insomnes, de almas en pena que se resisten a irse a otro mundo, que sueñan y nos hablan desde las tumbas. Sabemos que Pedro Páramo y su hijo Miguel eran “de mala sangre”, que se apropiaban de la vida, las tierras y los cuerpos de los otros, porque nos lo contaron el padre Rentería y Fulgor Sedano, el administrador de sus haciendas, que alguna vez fueron ajenas.

Nos figuramos qué sonido hace el espinazo de un hombre quebrándose por un balazo, en los enfrentamientos de la Revolución Mexicana, porque un sobreviviente nos lo ha contado, al hablarnos de cómo era vivir en el llano, cuando el llano estaba en llamas. Ese narrador innominado nos transmitió su vergüenza de tal modo que casi agachamos la cabeza con él, cuando, al final, su mujer le presenta a su hijo y le dice que ese vástago no mata ni roba, como había hecho su padre.

Ellos nos lo contaron de primera mano, sin interferencias. Sentimos el olor de la pólvora, el de la carne humana chamuscada cuando los guerrilleros descarrilaron un tren repleto de soldados, en Sayula. Percibimos el viento de la tristeza que sopla en Luvina porque el profesor que venía de allá nos habló de tal modo que lo escuchamos soplar entre las paredes de la iglesia derruida; escuchamos el sarcasmo de Lucas Lucatero de su propia boca, él nos contó que había matado a su suegro, Anacleto Morones, un falso santo, y que lo tenía enterrado bajo un montículo de piedras boludas, en su corral, cuando los seguidores del embustero creían que se había mudado de pueblo.

Ellos, los protagonistas de esas historias tan desoladoras como el México donde germinaron, lo contaron todo. Juan Rulfo no nos dijo nada. El escritor medió lo menos posible. O lo hizo todo lo que pudo, con una maestría tal que no nos dimos cuenta de su intermediación. El 16 de mayo pasado se cumplieron cien años del nacimiento del hombre que en no más de 300 páginas –una novela, una novela muy corta y algunos cuentos– nos puso cara a cara con la miseria, en todas las acepciones de esa palabra.

Leer “Pedro Páramo”, “El llano en llamas” o cualquiera de sus otros relatos es como sentarse para escuchar sin interferencias la voz resignada de las mujeres abusadas, el habla mandona de los abusadores, de los acopiadores de tierras, de los que van a morir y se resignan a su suerte, y la de los que no se resignan y se aferran a una clemencia que no llega.

Uno lee y está ahí, en el México profundo, atravesado de una violencia ancestral, acaso enraizada en la violencia de los conquistadores y en la de los pueblos originarios aniquilados por los conquistadores.

Esa violencia que hoy encarnan los cárteles del narcotráfico también está latente en la desigualdad, en la falta de oportunidades. Rulfo escribió “El paso del norte”, como el resto de su obra, hace ya más de cincuenta años. Pero ese relato, por caso, tiene una desgarradora actualidad, que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha encargado de revitalizar con su proyecto de levantar un muro para atajar a aquellos que quieren ir hacia el norte en busca de mejor suerte. El muro es simbólico, también. Hecho de hormigón o de balas a discreción, confina a los mexicanos a su México, los devuelve a una vida que, por donde se la mire, destila desesperanza.

Deslumbrados por Rulfo

Los más célebres escritores se han confesado deslumbrados por la obra rulfiana. Borges, Sontag, García Márquez, Grass, Benedetti, Oe y muchos etcéteras.

Críticos literarios han llegado a decir que, tal vez, de no existir la Comala de Rulfo, no habría emergido la Macondo de García Márquez. Para fines de 1961, radicado desde julio en México, el futuro autor de “Cien años de soledad” estaba en un atolladero. Con 32 años, ya había publicado su primera novela, La hojarasca, y tenía tres libros inéditos. Pero se le había acabado la inspiración. Tenía ideas, pero no encontraba una manera convincente de contarlas. “No me consideraba agotado. Al contrario: sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos”, recordó el narrador colombiano, al cumplirse treinta años de la publicación de “Pedro Páramo”. Hasta un día en que su amigo Álvaro Mutis le llevó una pila de libros, escogió uno y le dijo:

-¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!

Era la novela de Rulfo. “Gabo” la leyó dos veces esa noche. “Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá –casi diez años atrás–, había sufrido una conmoción semejante. AI día siguiente leí “El llano en llamas» y el asombro permaneció intacto”.

Con las oraciones iniciales de “Pedro Páramo” nos sabemos en manos de un narrador magistral, escribió la ensayista estadounidense Susan Sontag, que conoció a Rulfo en la Feria del Libro de Buenos Aires y fue decisiva para que la obra rulfiana se editara en inglés, sin fragmentaciones.

Leer a Rulfo es sentir la desolación. Su prosa es devastadora, como la de Benedetti o la de Abelardo Castillo: nos pone cara a cara con el lado más flaco de la naturaleza humana.

Acaso lo que trasunta toda su obra no es más que el desamparo que habrá experimentado el escritor en sus primeros años de vida. Perdió a sus padres cuando era muy chico y experimentó la pérdida que significó que su familia fuera despojada de sus propiedades, primero durante la Revolución Mexicana (1910-1920) y luego, durante la Guerra de los Cristeros (1926-1929). Ambos acontecimientos trascendentales de la historia de México están presentes en su obra. En ellos están ambientados la mayoría de sus relatos, si no todos.

Rulfo comenzó a escribir en la década de 1940 y publicó sus cuentos, por primera vez, en un par de revistas.

Luego, en 1953, vio la luz “Pedro Páramo”. Tras ese período creador, no escribió más. Se dedicó a la fotografía, otra profesión suya que no tuvo ningún punto de contacto con la literatura y por la cual también ha sido elogiado, y a la edición, en el Instituto Mexicano Indigenista. Pero no volvió a incubar ningún relato más de ficción. “Porque no tengo nada que escribir” o “¿y qué quiere que escriba?”, respondió cada vez más que alguien intentó asomarse a su alma de narrador. Luego se hundió otra vez en sus silencios. Ya lo había dicho todo. O no nos había dicho nada. Sólo se había encargado de hacernos llegar un montón de voces, de más aquí o del más allá. Los dolores de ese México que produce encanto y pena. Nos había traído los murmullos que arrastra el viento de la desolación. Y ya no tenía nada más que decirnos.

El Diario de la República.

Las letras como protagonistas en la “Tertulia Literaria”

El encuentro literario fue inaugurado por el escritor y periodista Pedro Bazán, quien disertó sobre “Literatura Universal. Voces de los siglos XIX y XX”. Se llevó a cabo este jueves a las 18:00 en la sala de reuniones del MUHSAL (Museo de Historia de San Luis). 

Pedro Bazán disertó sobre “Literatura Universal. Voces de los siglos XIX y XX”, en la presentación de la “Tertulia Literaria de San Luis Libro”.

Participaron de este encuentro escritores consagrados, jóvenes escritores y aficionados a la escritura literaria, y amantes de la lectura, quienes escucharon ávidamente la disertación, pasando por autores contemporáneos, de la literatura alemana, francesa, norteamericana y argentina, entre otros.

La “Tertulia Literaria de San Luis Libro” propone un encuentro de generaciones de escritores, donde se diserte y se debata sobre temas como la valoración e interpretación de obras literarias, categorías literarias y la vinculación de las obras literarias con otros aspectos de la cultura.

Además se introducen conceptos como “¿Se puede hablar de una nueva generación de escritores?”, “¿Internet es un vehículo democratizador de la literatura?”, “La literatura y los proyectos sociales”, y “La literatura y la realidad política”.

Pedro Bazán disertó sobre "Literatura Universal. Voces de los siglos XIX y XX" en la presentación de la “Tertulia Literaria de San Luis Libro”.

“El propósito de esta actividad es reunir a autores reconocidos de nuestro ámbito cultural con jóvenes, para comenzar un intercambio que enriquecerá el patrimonio literario de nuestra provincia como valor de la puntanidad”, explicaron desde San Luis Libro.

El año pasado Bazán, de reconocida trayectoria en el periodismo y la literatura de San Luis, presentó “La imaginación sumergida”, su tercera novela. En ella logró conjugar el humor y la tragedia que se despliegan en cuarenta y tres capítulos, cuya inspiración bucea entre la tradición griega y lo mejor de los clásicos.

Absurdo. Existenciales monólogos. Escenas salidas de crudos policiales. Su madre. Éstos y más elementos dialogan en la ficción de Bazán, nacido en Rufino, Santa Fe, que eligió el suelo puntano hace casi ya treinta años.

ANSL.

Jorge Consiglio: «Trato de componer párrafo a párrafo y oración en oración»

En el marco de la quinta edición de la Feria del Libro llevada a cabo en el corazón de la ciudad de Villa Mercedes, Caminos de Tinta se hizo presente en la jornada del día viernes donde fuimos a la expectativa por conocer a un prestigioso autor/escritor, coincidimos con su humanidad en el recinto del bar de poesía: lugar donde lo ficticio se une con lo real, lo espiritual va de la mano con lo corporal y todas las historias pasadas o por llegar, nacen y viven en todos los momentos, en cada instante, en este lugar.

Jorge Consiglio, escritor que llama la atención por su destreza narrativa y por la construcción de personajes sólidos e inolvidables.

Nació en Buenos Aires, en los 60, es licenciado en Letras, egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Escribió ensayos, cuentos y poesías: los volúmenes de relatos «Marrakech» (1999) y «El otro lado» (2009, segundo premio municipal de cuento), y cuatro libros de poesía: «Indicio de lo otro» (1986), «Las frutas y los días» (1992), «La velocidad de la Tierra» (2004) e «Intemperie» (2006).

Ha publicado 4 novelas: En el 2003 obtuvo el premio nuevos narradores de Ed. Opera Prima de España, con su obra titulada “El bien”.

”Gramática de la sombra” es otra obra premiada en su palmares, donde Jorge, con prosa cuidada y precisa, construye una novela admirable que trata de la muerte, del ejercicio de la memoria y de la estatura metafísica que se requiere para ordenar el mundo con los escombros de la ausencia. “Con esta obra, gané el tercer puesto municipal de novela, en 2007”, refirió Jorge.

Por otra parte, “Pequeñas intenciones” le valió en 2011 un segundo puesto a nivel nacional y el primero a nivel municipal. En esta novela  está presente la posibilidad de interpretar las acciones cotidianas de los personajes de Consiglio como gloriosas. En el sentido de que cualquier acto consciente frente al nihilismo y la inevitabilidad de la muerte es un acto heroico.

—Jorge, cuéntenos acerca de su pasión por las letras, ¿cuál es su preferencia o gusto al momento de escribir?

—Bueno, yo escribo narrativa, cuentos, novelas y poesía, me considero un escritor más clásico, alterno, a veces estoy escribiendo cuentos, a veces estoy más enganchado con las novelas, con la poesía actualmente mucho no estoy trabajando… pero sí, hay como ciertos indicios que me están llevando de nuevo a escribir poesía, más que indicios, como pequeños hechos, breves lecturas, episodios que me conectan y me llevan a escribir algún poema…

—Considerando sus orígenes con la poesía, ¿qué lugar ocupa lo poético en su narrativa?

—Como dije en algún otro reportaje, lo que trato de escribir tiene en cuenta el sentido del texto a través del sonido también. La sintaxis no es un mero recurso estético o técnico, sino que también genera sentido… Trato de componer párrafo a párrafo y oración en oración, laburando ese zigzag donde cada párrafo sea una especie de movimiento, de una sonata, donde hay un sonido interno que tiene que ver con esta cuestión de oración en oración, cómo se relaciona por contigüidad esa oración con la siguiente, una cuestión de sonido y de silencio. También cómo ese párrafo se relaciona con el siguiente y eso va generando un sentido, que es un sentido que tiene que ver con lo poético, con lo lírico, con la imagen, eso sí es potencia lírica.

—Si hablamos de sueños, vinculados a la literatura, ¿cuál sería su anhelo para con las personas que se relacionan con esto o incluso con aquellas que aún no han establecido un contacto con el mundo de las letras y la escritura?

—No me interesa que haya más lectores o menos lectores. Pero sí, los lectores en general, tienen una forma de ser feliz muy distinta, escribir y leer te blinda, te hace bien, te hace más feliz. Mi anhelo sería, más allá de que te haga feliz, que nos convierta en mejores personas. Entonces sí hay mucha gente que lee y escribe, el anhelo sería el del poder transformador de la literatura, y que se llene de gente linda, con una mirada que sea un poco menos de inventario, con una mirada fuera de lo material y se llene de mejores personas.

 

La última novela de Consiglio publicada arranca así:

“Desde que pasó lo que me pasó tuve problemas con cualquier distancia. Ahora que estamos en una habitación chiquitita, de mala muerte, es un esfuerzo para mí ir hasta las ventanas y cerrar los postigos. Tengo un andar de tres metros, y sin embargo me cuesta. Doy un paso firme con la pierna derecha y en seguida arrastro la rigidez de la izquierda”.

Las obras de Consiglio tienen su propia voz. Son mundos propios. Lo que nos muestra en esta novela, si nos dejamos llevar sin prejuicios, es que el mundo más pequeño es una especie de milagro. Y el placer más pequeño —ducharse con una manguera en el patio mirando las estrellas— también lo es.

“Hospital Posadas”. Una novela política, una de las más profundas de la literatura argentina. Valiéndose de una prosa impecable, transparente y efectiva, Jorge Consiglio pone al descubierto que los años más oscuros reviven en gestos y en palabras casi como en una psicopatología de la vida cotidiana.

“Entraron al hospital –escribe Consiglio– con una multitud de soldados. Usaron tanquetas, helicópteros y unimogs. Desde el comienzo, el factor fue la desmesura. La desmesura y el apremio. Nada, dijo alguien. Apostaron a la confusión: ordenaron al personal que se formara en filas, aunque fueran civiles. El aire se cargó de órdenes”. Lo que vino después forma parte de las peores páginas de nuestra historia, no hace falta ahondar en detalles: los secuestros, las torturas, los partos clandestinos, las violaciones y la desaparición de personas formaron parte del paisaje cotidiano.

 

Nota para CdT: Keno.

Foto: Cortesía Jorge Consiglio.

Edición y corrección: Sinforiano Digital.

Federico Bollecich, un escritor vampiresco

El villamercedino es autor de una novela que juega con la realidad, la fantasía y personajes delirantes en busca de aventuras.

Un clan de vampiros que  llega a la ciudad con intenciones comerciales son los protagonistas del libro de Federico Bollecich, el escritor villamercedino que publicó «Everlife» con intenciones claras, lograr captar al lector con sus peripecias a la hora de escribir historias delirantes mezcladas con la realidad.

Federico escribe desde los siete años. Toda su vida estuvo ligado con las letras, además, es un escritor que, a medida que pasó el tiempo y vivió las diferentes etapas de su vida, la escritura lo acompañó con diversos géneros.

En su infancia, Federico escribió un sinfín de textos sueltos que le gustaba guardar para leerlos en sus ratos libres. Cuentos con situaciones disparatadas lo acompañaron en su crecimiento. Al llegar a la adolescencia, la poesía lo llevó por diversos escenarios y logró traspasar la etapa más cambiante del ser humano.

«Todos mis pensamientos están plasmados en mis textos. En la adolescencia, cuando todo era tan intenso para mí, la poesía me acompañó en cada uno de mis pasos», contó Federico con el libro en sus manos y una sonrisa cálida que lo caracteriza cada vez que habla de lo que hace.

En la juventud, comenzó a colgar sus textos en internet pero la esperanza no lo acompañaba demasiado. «Cuando tenía 22 años escribí una novela que no me gustó para nada. No era lo que yo quería. Pero igual la subí en un sitio web a la espera de críticas o recomendaciones», aseguró.  En la actualidad, con 34 años, es el encargado de la página «Jóvenes escritores latinoamericanos» donde reúne escritos de autores del continente y comparte experiencias con el público.

Además de su novela, sus manos inquietas no paran de crear. Mientras que «Everlife» se vende  rápidamente, Federico escribe un libro de cuentos que busca el mismo éxito de la historia de vampiros.

«A ‘Everlife’ la escribí hace dos años y la publiqué en mayo. Llevo vendidos 300 ejemplares en menos de cinco meses y para mí es todo un logro. Tuve una muy buena respuesta porque es el primer libro que publico y me genera mucha felicidad», comentó el autor.

Cuenta con 300 páginas de puro realismo delirante, un género que fundó el reconocido escritor argentino Alberto Laiseca y que Federico tomó como propio para su novela. El libro fue presentado en la Feria del Libro de Villa Mercedes junto con una serie de autores jóvenes que también publicaron sus primeros trabajos literarios y los presentaron a sala llena.

La historia de una familia de vampiros mexicanos que se instalan en Rosario, Santa Fe,  con el objetivo de dar a conocer un producto que  ellos mismos promocionan llamado «Everlife», un polvo que tiene la capacidad de detener el envejecimiento y otorgar la vida eterna, es la trama de la novela.

«Con el pasar de las páginas el lector se da cuenta de muchos acertijos y juego de palabras. Por ejemplo, el título tiene que ver con la reconocida marca de suplementos de reducción de peso. El público experimenta con el misterio, el amor, el engaño y el desencuentro en una serie de aventuras que arman la historia», explicó Bollecich que también tuvo una experiencia como periodista en El Diario. El libro se puede comprar de manera online en la página web «La luna y el gato» o la versión papel en la librería mercedina «Cigarra». Además, los interesados pueden contactarse vía redes sociales con el autor y arreglar la compra.

El Diario de la República.

Tras los pasos del autor de “El Principito” por Argentina

El escritor y aviador Saint Exupéry estuvo en nuestro país en los años ’20 con la misión de descubrir nuevas rutas aéreas. “Me encontraba en Argentina como en mi propio país”, escribió.

Exupéry llegó a nuestro país como empleado de la compañía francesa de aviación Aéropostale y se quedó por 15 meses, con la misión de descubrir nuevas rutas aéreas en la Patagonia, hacia Chile y Paraguay. Una vez cumplido su objetivo, regreso a su país y en una carta resumió su inolvidable viaje: “Me encontraba en Argentina como en mi propio país, me sentía un poco vuestro hermano y pensaba vivir largo tiempo en medio de vuestra juventud tan generosa”.

EN EL MUNDO. ¿Dónde queda el parque de diversiones inspirado en El Principito?

Su cuento de hadas

La ciudad que recibió a Exupéry fue Concordia, ubicada en la provincia de Entre Ríos. Cuenta la historia que el aviador tuvo un aterrizaje forzoso en el castillo San Carlos, donde en ese entonces vivía la familia Fuchs Valon.

Se quedó hospedado unos días hasta que pudo reparar su avioneta. Años después escribiría sobre esta experiencia inspirado en Edda y Suzanne Fuchs –hijas del matrimonio Fuchs–, refiriéndose a ellas como “las princesitas”. Asimismo, en su libro Tierra de hombres (1939) describe el incidente: “Había aterrizado en un campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas: fue en un campo cerca de Concordia, en la Argentina”.

Actualmente, se puede visitar el castillo San Carlos, ubicado a cinco minutos del centro de la ciudad, donde se encuentra un monumento a El Principito. Además, se puede dar un paseo por las ruinas y recorrer el parque por el que, hace unos años, caminó Exupéry. Más info.

 

Fuente: Voy de Viaje.

Murió el escritor argentino Ricardo Piglia

El autor de “Plata quemada” y “Respiración artificial”, entre otros grandes libros, falleció a los 75 años. Padecía Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

A los 75 años murió el escritor Ricardo Piglia.

A los 75 años murió el escritor Ricardo Piglia.

 

A los 75 años murió el reconocido escritor argentino Ricardo Piglia. La salud del autor de “Plata quemada” y de “Respiración artificial”, entre otros libros, se había deteriorado en los últimos tiempos debido a la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad que fue condicionando sus movimientos y su posibilidad de escribir y que lo enfrentó contra una prepaga que se negaba a proveerle los medicamentos necesarios para tratarla.

Gran orador, Piglia enseñó literatura latinoamericana durante años en la Universidad de Princeton, una de las mejores de Estados Unidos, y tuvo programas en la televisión. Uno de los últimos había sido una serie de clases sobre Borges.

El escritor había nacido en Adrogué en 1942 y tras un paso rápido por la carrera de historia se dedicó de lleno a las letras. Su primer libro fue una colección de cuentos titulada “La invasión”, luego vendrían “Nombre falso” y “Respiración artificial”.

Con “Plata quemada” (1997), la historia de dos ladrones que se aman y emprenden juntos un robo millonario a un banco, ganó el premio Planeta. Años más tarde se hizo una película homónima.

La obra más importante de su vida, sin embargo, fueron sus diarios de escritor, que la editorial Anagrama comenzó a publicar divididos en tomos hace dos años bajo el nombre “Los diarios de Emilio Renzi”. Sus libros están traducidos a más de quince idiomas y lo llevaron a ganar premios importantísimos como el Rómulo Gallegos, el Formentor y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.

Fuente y foto: Todo Noticias.

“El periodismo ha sido muy generoso conmigo pero me asumo como escritor”

Pedro Bazán es escritor, periodista y un difusor de la cultura, según afirman algunos de sus colegas. En un encuentro con San Luis VIP, dijo que el periodismo le ha dado mucho y ha sido muy generoso con él.  Asegura que le ha permitido trabajar muchos años del oficio, pero que sin dudarlo se asume como escritor.

Su primer libro fue en 1999 y lo tituló, “Trece segundos sin otoño”, el segundo en el 2000 y llevó el nombre de “La calma”, un libro de relatos. En el 2015 llegó “La imaginación sumergida”, otra novela y actualmente trabaja en otro libro de relatos, “El paraíso de los condenados”, que estaría disponible para fin de año.

Sobre la narración

En el día Nacional del Libro donde tuvo la oportunidad de narrar historias a chicos de distintas escuelas y edades, el escritor explicó que: “la narración es una tradición presente en todas las culturas y nosotros en algún momento la perdemos. Perdemos lamentablemente las ganas de contarle a alguien una historia y las ganas del otro de escucharla.

Posteriormente Pedro Bazán, hizo hincapié en que “todas las civilizaciones y las culturas tienen la tradición de la narración oral y que en algún momento existe la necesidad de volcarla al papel, esto no es ni más ni menos que la repetición de una tradición ancestral”.

Las redes sociales

Con respecto de las redes sociales, la actualidad y el alejamiento de los chicos de la lectura, señaló que: “esto se revierte de una manera muy sencilla, poniendo los libros donde la gente pueda leerlos. Vivimos una época de inmediatez donde necesitamos resolver problemas o inquietudes de manera muy rápida. Es el triunfo de la tecnología por esta razón hay que aceptarla, disfrutarla como tal y usarla de la mejor manera posible”.

Las plataformas donde están presentes los lectores

Con una convicción muy firme, Bazán enfatizó sobre la batalla que tienen que dar los escritores y narradores en todas aquellas plataformas donde están presentes los lectores. “Si los lectores leen por teléfono, hay que estar en los teléfonos, si leen por las Tablet, hay que estar en las Tablet y si leen a través de internet, hay que estar en internet”, concluyó.

San Luis VIP.

El refutador de leyendas: Pedro Bazán presentó “La imaginación sumergida”

Abrazado a sus dos hijos, Pedro Bazán realiza, inconscientemente, un acto que se ha permitido muy pocas veces en su vida. Llorar. Apenas, pero llora. Contenido por la presencia de muchos conocidos que asistieron a la presentación de su nuevo libro, “La imaginación sumergida”, el escritor sólo deja que sus ojos se humedezcan y tomen el rojo de la alegría. Son lágrimas que salen desde lo más profundo de su sinceridad.

En esa escena completa de ternura y amor fraternal se comprime –como las emociones en el pecho de Pedro- una buena parte de lo que acaba de suceder en la presentación de su nueva novela, un intrincado policial plagado de humor negro que le llevó diez años terminar.

“La imaginación…” cuenta la historia, entre otras, de Sebastián, un hombre que accidentalmente es hijo del mar. También relata la vida de su madre, una mujer convertida en prostituta para encontrar al hombre que embarazó. Y de Salcedo, un policía que busca su condecoración. Y de un escritor en busca de la consagración.

Fue Paola Duhalde –periodista, escritora y compañera vital para Bazán, pero sobre todo madre de su hija más pequeña- quien vio en lo que inicialmente era un cuento, una potencial novela. “Ella me dijo, una vez que leyó el manuscrito, que podía profundizar en la historia”, reconoció el autor en la presentación.

El hecho de que el emotivo acto se haya realizado en “Los libros de Charlie. Palacio cultural” fue especial para Bazán, ex periodista de El Diario de la República y actual jefe de San Luis Libro. La presentación fue la tercera actividad del emprendimiento, que encontró en Fernando Salino, el presentador del libro, una sentida explicación.

“Es muy bueno buscar salir del duelo y del dolor creando una biblioteca, si esto pasara más seguido, otra sería la actualidad cultural”, sostuvo el rector de la ULP.

Sin caer en la autoindulgencia, Pedro prefirió que su alocución se centre más en la literatura universal que en su novela. Contó que cuando era chico y vivía en la zona rural de Rufino se adentraba en las siestas en la biblioteca de la casa y gracias a los clásicos griegos abría puertas imaginarias. Sumergía su imaginación.

“Me emociona la literatura”, puntualizó el escritor en un momento de su charla, entre recomendaciones de Kafka, García Márquez, John Kennedy Toole y Jack London, entre otros. Y fue durísimo con los que considera los responsables de que la gente se aleje de la lectura, los académicos  y los docentes. “No logro aceptar que se etiquete a los autores”, protestó.

Tan preocupado está Pedro en refutar teorías, que a veces, según dijo Salino -quien se consideró su amigo- se boicotea sus propias sentencias. A tal punto llega esa posición, que el presentador dijo que él y el autor piensan exactamente lo contrario “en casi todo”.

La más lúcida apreciación que hizo el rector en torno al alumbramiento de la novela fue cuando la calificó como “un excelente ejercicio de libertad”. Salino celebró el hecho de que Bazán haya tenido a esta altura de su vida la necesidad de contar lo que sucede en “La imaginación…”, una obra que si bien no es autobiógráfica tiene algunos condimentos en los que se reconocen las costumbres del autor.

Los whiskys que se toma uno de los personajes, “son los whiskys que alguna veces se tomó Pedro”, confió el presentador, con el simpático e hidalgo reconocimiento de Bazán, sentado a su lado.

El Diario de la República.

Tomás González Pondal: el joven que se atreve a filosofar

Su obra consiste en más de 10 ejemplares abocados a diferentes temáticas. Luego de editar “Vivir de ilusiones” y “Filosofía en el café”, el joven se encuentra en la producción del tercer libro que completará la trilogía compuesta por artículos breves que fueron publicados en diferentes diarios del país, y en los que pretende desentrañar una realidad no vista o poco advertida de la vida cotidiana. Es abogado, profesor de Lógica en el Colegio “San Luis Rey” e inventor de dos teorías para el mundo del Derecho. Otros de sus escritos destacados son “El Principito explicado”, donde aborda la obra de Saint Exupéry, y “Camino a la eternidad”, un libro que realizó en homenaje a las niñas que fallecieron en la tragedia de Zanjitas.

Tomás es abogado, escritor y profesor de Lógica.

Tomás es abogado, escritor y profesor de Lógica.

Tomás González Pondal nació en Capital Federal el 7 de junio de 1979. Cuando tenía 8 años, su familia se radicó en la ciudad de San Luis y desde entonces eligió el suelo puntano para vivir y formarse profesionalmente.

A los 21 años descubrió su predilección por la escritura mientras cursaba 2º año de Abogacía en la Universidad Católica de Cuyo, luego de que se formara un debate entre los estudiantes. Desde ese momento y hasta la actualidad, con 36 años, nunca más dejó la pluma.

“La escritura es realmente una vocación para mí, es como respirar, algo que no podés dejar de hacer, siempre estás con esa inquietud, esas ganas y cuando te ponés a escribir sólo sabés cuándo empezás pero nunca cuando vas a terminar”, asegura Tomás.

“Vivir de ilusiones” y “Filosofía en el café”, son ejemplares donde se reúne una colección de artículos que fueron publicados en diferentes diarios nacionales, tales como el Diario Jurídico El Derecho, El Diario de la República, y mayormente el Diario Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Son artículos que tratan temáticas generales pero que a su vez pretenden ser instructivos, dejar alguna enseñanza partiendo del sentido común y de la filosofía aristotélica. Esos dos libros son parte de la trilogía que se propuso el autor y cuya tercera obra está en proceso.

“Son encuentros con la realidad que por ahí pasan desapercibidos para muchos, detalles, cosas, o algunas frases que son lanzadas por determinados personajes y tienden a querer generar ciertas estructuras de pensamiento y a veces son absorbidas sin demasiada reflexión”, relata Tomás a la vez que expresa que algunas veces están llenas de engaño por lo que se propone desentrañarlo, dejar la enseñanza que se pueda brindar y hacer amena la lectura, porque al tratarse de artículos y temas varios, el lector puede elegir el que le interese y no necesariamente tiene que leer desde el principio hasta el final.

Algunos de sus escritos en estos libros analizan, por ejemplo, cuando a una persona se la trata de cavernícola como una frase muy común para desacreditarla. “Sucede cuando sostenés algunas ideas que por ahí no están de acuerdo con la opinión general actual, sobre todo movimientos de vanguardia, entonces te desacreditan diciendo que sos un hombre cavernícola sin entender realmente su significado”, asegura.

Otros de sus análisis abordan la eutanasia, la nostalgia, el verdadero sentido de la Navidad, sobre los regalos, la importancia de un regalo, y es de ahí principalmente de donde surge el título del primer libro de la trilogía: “Vivir de ilusiones”. “Trato de evidenciar cuánto influyen las ilusiones en las personas, en la vida, como motor, y la consecución para determinadas cosas; cuando uno comienza a carecer de ilusiones se va paralizando”, manifiesta.

A veces, se sienta a leer los matutinos que son el puntapié inicial para echar a volar su imaginación. En una de esas oportunidades, al aproximarse una Navidad, vio en uno de los diarios un titular que decía “Una Navidad por $300”.  Allí, pensó que todo se sometía a una mera cuestión económica y se dejaba de lado el verdadero sentido de la Navidad. Fue por ello que escribió desde su perspectiva y análisis “¿Una Navidad por $300?”

El segundo libro de la trilogía, “Filosofía en el café”, está compuesto por 32 artículos. En los bares de la ciudad encontró un espacio de comodidad e inspiración para desarrollarlos, de allí deviene el título.

Su obra aborda más de 10 ejemplares abocados a diferentes temáticas.

Su obra aborda más de 10 ejemplares abocados a diferentes temáticas.

“Cambiar es posible” es uno de los 32 tópicos. “Estamos en una época en la que todo puede cambiar, está todo sujeto a una especie de evolución y, al parecer, el único que no podría cambiar es el hombre; somos seres perfectibles, con falencias y errores pero con toda la convicción creo que se puede lograr; somos falibles, a veces como nos equivocamos también podemos mejorar, no es una naturaleza angélica”, sostiene el autor.

Se centra en que el propósito es que a través de los artículos el lector encuentre que se está aproximando a un mayor esclarecimiento intelectual sobre  ciertos temas. En resaltar detalles que pueden resultar con poco sentido, pero que pueden enseñarnos algo y que una palabra, un hecho, por minúsculo que parezca, puede llevarnos más lejos de lo que se piensa y ser lanzados a profundidades encantadoras.

Tomás se considera un fiel seguidor de Aristóteles, Platón, Charles Dickens, William Shakespeare, Alejandro Dumas, entre otros: “No soy tan apegado a los autores modernos”.

A su libro “Camino a la eternidad” lo realizó en homenaje a las pequeñas que murieron en la tragedia que tuvo lugar en Zanjitas a fines del 2011. Fue publicado en dos editoriales: Nueva Hispanidad y Grupo Payné.

“Siempre cuento que lo que observé automáticamente en los medios de comunicación es que se centraban en el hecho trágico, en temas jurídicos y no en que estas chiquitas se habían preparado para llevar a cabo una misión, yo veía que todo ello iba a quedar en la nada, entonces quise escribir haciéndole una especie de homenaje desde mi humilde lugar”, cuenta Tomás.

A partir de allí habló con los padres de las niñas: “Siempre me recibieron muy bien, me contaron características de ellas, de las pequeñas de 10 y 11 años, de cómo se habían preparado para esa misión y me di cuenta que estaba frente a personas admirables, de un gran corazón, fantásticas y ejemplares”. En la obra González Pondal narra cómo era la relación de Paula Lucía, Luz María, Salomé, Iara, Daira y Julieta con sus familias, con el estudio, cómo rezaban y cómo se habían preparado para esa misión en Cazadores. “En el libro trato de brindar un acercamiento a cada una de ellas y a su personalidad, tenían una gran espiritualidad”.

Por otra parte, “El Principito explicado”, es un libro en el que el escritor quiso reflejar la historia del famoso ejemplar “El Principito” de Saint Exupéry: “Intento explicarlo partiendo desde la visión de su autor, como no se sabe bien qué es lo que quiso poner en cada uno de los 27 capítulos, busco reflexionar desde ese lugar y así los textos no quedan librados a interpretaciones antojadizas”.  Luego de esa publicación, Tomás dictó cursos en referencia a ese libro en la Universidad Nacional de San Luis.

Entre las obras surgidas de su puño y letra, el joven publicó “En defensa de los indefensos”, “Mobbing: acoso psicológico laboral”, “Derecho Dominial de la República Argentina sobre las Islas Malvinas”, “La Adivinación, ¿qué oculta el ocultismo?”, “La Responsabilidad del Estado por Omisión”, “¿Qué piensas del aborto?”, “El Principito explicado”, “Camino a la eternidad”, “La Nostalgía, regresar al pasado”, “Vivir de ilusiones” y “Filosofía en el café”. Asimismo, fue el inventor de dos teorías para el mundo del Derecho: “Teoría del Exceso Perdonable” y “Responsabilidad por Violación debido al Riesgo Creado”.

A los 36 años, sin nada que lo apresure, Tomás Ignacio González Pondal se encuentra en la producción del tercer libro de la trilogía, además de otro ejemplar denominado “Autopsia del Mobbing” y de “Sólo un minuto” que es un libro de frases que editará en el corto plazo y que se sumará a su colección.

Fuente: Agencia Noticias San Luis.