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¿Cuento o leyenda?: El cura sin cabeza

Se trataría de un jinete vestido de negro con capa y espada que aparecía en las noches de tormentas y de vientos. Aseguran que asustaba toda la zona norte. Después se perdía al galope.

“El cura sin cabeza» fue un personaje que nació en la década del ’50 como todas las historias generadas en los bares donde se agrupan personas que alimentan este tipo de  cuentos, rumores, o habladurías sin siquiera imaginar que muchos llegaron a convertirse en leyendas populares.

Algunos vecinos de la capital puntana atribuyen la “aparición” de “El cura sin cabeza” al restaurante “La Cueva” que con el correr de los años se transformaría en “La Cueva del Chancho”, un lugar muy concurrido por gente de todos los estratos sociales y muy apegado a las tradiciones criollas.

Comentan que por mucho tiempo la zona de avenida España y  Maipú, y toda la barriada cercana a la ex terminal de ómnibus de San Luis, vivió aterrorizada, que las amas de casa no dejaban salir en la tarde-noche a sus niños y los jóvenes buscaban una explicación donde no la había.

El temor y los innumerables comentarios hacían el resto.

 

Eran  años en que las calles tenían poca iluminación, solo alguna que otra bombita alumbraba las esquinas y a veces algún vecino generoso, dejaba la luz encendida hasta tarde.

La oscuridad y los frondosos árboles lo convertían en un sitio poco comercial, lo que generaba el malestar de quienes ejercían esa profesión, especialmente los negocios en donde se permitía la venta de alcohol, que eran varios y permanecían abiertos hasta tarde.

Ex parroquianos, hoy gente de edad avanzada, cuentan  que el mostrador de “La Cueva” era largo y alto donde apenas se veía el dependiente de turno. Atrás, una herrumbrada puerta y una lámpara con vidrios de colores servían para separar el negocio de la cocina. Decoraban, además, una estantería con botellas cargada de buenos vinos,  anís «Ocho Hermanos», coñac «Domecg», grapa «Recauchi» (que venía en botellas verdes), vermouth «Cinzano», «Hesperidina», (una bebida argentina a base de cortezas de naranjas amargas y frutos dulces inmaduros) y varias mesas diseminadas por todo el amplio sector que se iluminaban con varias bombitas de energía eléctrica que lo agiornaban.

Dicen que «El cura sin cabeza» se hacía ver durante las oscuras noches, donde el cielo se poblaba de nubarrones negros y el ambiente de fuertes vientos. Era, entonces, cuando se escuchaban relinchos, galopes y como si alguien desenvainara un largo cuchillo o una espada.

Su supuesta aparición tenía a todo el mundo perplejo y preocupado, nadie se atrevía a hacer ni decir nada. Hasta que una madrugada un parroquiano –entre trago y trago- abrió su boca y dijo que la noche anterior, a la salida del bar por calle Maipú al norte, lo había asustado un hombre vestido de negro que montaba un caballo del mismo color, que llevaba una espada en su mano derecha y que tenía una gran particularidad: no tenia cabeza.

¡Para qué! Los dichos por el anciano de apellido Agüero sonaron como un rayo en toda la zona. Y el grito de «¡Apareció un cura sin cabeza!» fue unísono. Un tembladeral y fuertes escalofríos sacudieron la modorra de más de uno.

Los más osados se atrevieron a salir a las oscuras calles. Otros, sin embargo, acodaron sus humanidades en el viejo bar para seguir charlando y tomando un trago como si nada hubiera pasado y como si lo que acontecía afuera, no fuese parte de la realidad que les tocaba vivir.

Dicen que cuando «El cura sin cabeza» se mostraba, muchos sacaban sus armas o lo que fuese para provocarlo, pero éste, muy rápido de reflejos, se perdía en las oscuras calles de tierra a “un solo galope”.

La cuestión era así, dice hoy un anciano de la zona: «Por lo general,  ‘El cura sin cabeza’ o lo que fuera, aparecía después de medianoche, y cuando nosotros estábamos de ‘farra’ adentro, en La Cueva o en alguno de los bares que había, y digo La Cueva porque era el mejor y más concurrido, se escuchaba un tropel, un largo relincho y ruidos como si alguien desenvainara una espada o cuchillo. Después… el tropel se alejaba y se iba perdiendo con la distancia. Los que dicen que lo vieron asustados y balbuceantes manifestaban que era un jinete vestido todo de negro y que no tenía cabeza, por eso lo bautizaron así».

Don Gilberto Garro agrega que su abuelo -quien también vivía en el caserío de avenida Ejército de los Andes entre Maipú e Hipólito Yrigoyen (casi al lado de la familia Miranda y de don Hipólito Coria)‑ decía: “Siempre relataban esos hechos en reunión familiar o a quien lo quisiera escuchar, mas si se juntaban con amigos a tomar algo. A muchos se les ponían los pelos de punta”, y agrega: “Mi madre, -hoy fallecida- tenía miedo de que eso fuera verdad y por las dudas no nos dejaba salir cuando caía la noche y más aún, muchas veces la vi santiguarse cuando mi abuelo volvía de alguna ‘farra'».

Los dichos habían ganado la calle, el temor y el pánico estaba instalados en las barriadas y muchas veces los vecinos se juntaban en la esquina de la escuela «San Martín», conocida como “La Carcocha” y subidos a un viejo y añoso pimiento, esperaban pacientemente que “El cura sin cabeza» pasara por la zona. Algo que nunca ocurrió.

Otros ex concurrentes a los conocidos boliches de avenida España señalan que “Lo del cura sin cabeza fue un cuento de algún trasnochado por hacer una broma de mal gusto o porque no tenía nada más que hacer, inventó, cosas de no creer o fantaseaba producto de la ingesta alcohólica”.

La historia puede parecer inverosímil y hasta suena a un cuento de Viernes Scardulla o a la leyenda del pueblo de Antioquía en Colombia, donde el mito del cura sin cabeza es muy conocido, siendo popular en ciudades de ambiente religioso como Santa Fe de Antioquia, Anserma, Cartagena y Popayán, entre otras. En esas zonas, se cuenta, que el espectro se aparecía sin cabeza o con una calavera debajo de su capa y quien lo veía, casi siempre, perdía sus facultades mentales.

Lo cierto es que en San Luis hay testigos que no solo “lo vieron” en las cercanías de “La Cueva del Chancho”, sino también en barrios como La Rinconada o el Rawson Viejo, siempre a caballo.

Don Coria, uno de los sobrevivientes del popular caserío, que luce muy bien sus 80 años, de ojos vivaces y apoyado en un bastón hecho con un palo de escoba, para  disimular una pequeña renguera, señala que a su papá también lo escuchó hablar del tema y que para él sólo servía para asustar a los niños que se negaban a volver a sus casas ante el llamado de sus padres.

Hay cientos de anécdotas. Una de ellas es la que dice que el famoso «cura sin cabeza» era nada más y nada menos que un oficial del Gada 141 que gustaba de hacer ese tipo de bromas. “Cuando él estaba de imaginaria (guardia de orden), se montaba a un caballo propiedad del Ejército y salía a «asustar gente» y entre ellos a los noctámbulos de los bares de la zona o de la ex terminal de ómnibus.

Según dicen, le gustaba fantasear parando a su caballo en sus patas traseras frente a La Cueva o donde hubiese mucha gente. El militar de rango intermedio, contaba con tres cosas a su favor: la primera, un buen caballo; la segunda, el factor sorpresa; y la tercera, tenía los elementos que el jinete esgrimía en sus apariciones (capa y espada).

Un ex integrante del Servicio Penitenciario de San Luis manifestó en una oportunidad que uno de los  detenidos de apellido Cabrera era quien se disfrazaba del personaje. Cabrera era el dueño de un «capote» o capa que se les entregaban a los empleados del Correo Argentino para resguardarse de las lluvias y que él había conseguido utilizarla en sus «aventuras» para asustar gente.

La famosa “Cueva del Chancho” fue un bar con historia, con anécdotas, con leyenda y con duras sanciones producto de la visita de parroquianos de pocas palabras y manos rápidas, que pasaron o alguna vez estuvieron en boca de los concurrentes.

En realidad, siempre se llamó «La Cueva», pero cuentan que en una oportunidad, uno de sus primeros dueños, don Pedro Dalmaso, recibió un terrible golpe de puño y cayó al piso «como un chancho». El hecho se habría desencadenado después de una partida de truco donde hubo una discusión que no terminó de la mejor manera y donde uno de los perdedores fue precisamente don Pedro. A raíz de este percance, por un tiempo no se permitió jugar a las cartas en el local. El ingenio popular hizo el resto.

A don Pedro lo siguió Marcos Irusta que estuvo un par de años. Él lo manejó con experiencia, sin embargo, al tiempo, trasladó su bagaje gastronómico a su propio comercio y abrió las puertas de «Bar Irusta» en Justo Daract y Ejército de los Andes. A La Cueva llegaría también, Vargas Santillán y a ellos les compraría el matrimonio Requelme, don Esteban y Elvira.

El 1º de enero de 1950, el matrimonio se hizo cargo del restaurante donde se podían degustar comidas típicas, una buena parrillada o pastas, hechas por las sabias manos de Elvira, quien años después junto a su hija Eleonora tuvieron una casa de comidas en Chacabuco casi Belgrano.

Cuentan que en La Cueva se celebraban fiestas familiares y que por ahí pasó lo mejor de la alta sociedad puntana: políticos, comerciantes, empresarios, empleados que almorzaban y cenaban las exquisitas comidas que preparaban.

Además allí se alquilaban habitaciones, especialmente a soldados que salían del cuartel y eran del interior sanluiseño. Aunque con los años, fue cayendo en su fama vaya uno a saber por qué.

Como para pintar un pantallazo de la zona, el negocio en cuestión estaba ubicado muy cerca de otro boliche que no era menor, “Las Delicias Cuyanas” de avenida España y Colón (hoy un lavadero de autos), donde armaban grandes tertulias bailables y donde era número puesto la orquesta típica Odeón de Mario Borelli, acompañado por Ojedita y Pascualito Argarañaz, que también era cochero de plaza.

Cruzando la avenida estaba el bar de “Doña Blanca”, una atractiva mujer que una mañana apareció brutalmente asesinada. Ella vivía sola y siempre cerraba bien tarde. Dicen que quien cometió el crimen fue un lustrabotas de apellido Vargas, al que le decían “El Tuerto”, quien junto a uno de sus hermanos acostumbraba a quedarse horas en el despacho de bebidas tomando cerveza y comiendo maníes.

Esos tres bares o fondas, componían la cuadra de avenida España entre Colón y Maipú, famosa por este tipo de negocios, barriada donde también pululaban otros negocios como el bar Chile, “Don Enrique”, el comedor de la familia Machuca, el almacén de Perretti hermanos, don Leonardo, que hacían que la diversión no faltara, principalmente en La Cueva donde también concurrían gente de campo que venía del norte y se detenían no solo a comer, sino a escuchar cuecas, gatos y tonadas que a los habitué les gustaban mucho.

En tanto que por avenida Justo Daract, estaba la molienda de la familia Nellar, y antes de Ejército de los Andes, había  varios lugares similares.

En la esquina de avenida España y Justo Daract estaba la peluquería de Juan D‘Amico (hoy atendida por uno de sus nietos), donde los carreros se bañaban y afeitaban aprovechando que ahí funcionaba una especie de lugar para higienizarse, que era administrado por la esposa de don Juan.

También en la esquina de Almirante Brown, estaba “Casa Abdala” y la librería de don Castellini, cuyo propietario era un hombre alto y delgado que vestía un guardapolvo gris como los alumnos de los internados y muy atento en la atención al público.

Hoy, “La Cueva del Chancho” quiere recuperar su histórica imagen. Por el lugar pasaron varios negocios: una venta de artículos regionales, una sala teatral («Totem») y hasta un boliche bailable («Panacea»).

De “El cura sin cabeza” nunca más nadie habló. Desapareció al galope como había vivido.

 

El Diario de la República.