Perfil de soledad de un hijo de la mala vida

Esta es una entrevista mano a mano con Cristóbal Barbeito (h), poeta de corte intimista que transcurre por vaivenes emocionales buscando la esencia de su existencia y, a la sazón, plasma en cientos de hojas sus más aciagos pensamientos, los cuales, no obstante, logran florecer como bellas poesías. «Lo que soy«, su tercer libro se ha agotado y está en proceso de edición de su cuarta obra.

Cristóbal, al momento de presentar su tercer libro "Lo que soy".

Cristóbal, al momento de presentar su tercer libro.

Cuando la literatura es un croquis, ha llegado el momento de escribir. Bajo un cielo plomizo es un jueves de otoño que en San Luis se parece a “un domingo, un domingo más”. Un poeta puntano está sentado en el centro de un bar muy conocido y espera con dos libros sobre la mesa.

Con la poesía como segundo nombre y marcándole la voz, Cristóbal Barbeito camina por las calles de una ciudad en la que, desde siempre, se sintió socio de la soledad. Antes que hijo de un apellido, se asumió vástago de las letras. Autor de tres libros editados independientemente, ya piensa en un cuarto.

Tras el saludo, Cristóbal pide café doble con crema y abre el corazón y las venas para Caminos de Tinta.

 

—¿Cuándo empezaste a escribir? 

—Escribo desde los 14 años. En este libro (indica exhibiendo su primera obra, «Perfil de soledad«) está toda mi adolescencia. Yo todo lo que hice, lo hice por mi cuenta.

—Mis libros son muy autobiográficos. Hay mucho dolor, mucha angustia pero, por lo menos, enhorabuena que se vuelquen esos sentimientos en algo tan valioso como es un libro. La gente decidirá si es bello o no, cada uno tiene derecho a opinar. Yo fui premiado presentándome en concursos, cuando estuve viviendo en Buenos Aires y gané como finalista. En términos aproximados: de mil personas que se presentaron quedamos noventa y sólo seis fueron premiados. Es un gran paso.

—¿Cómo iniciaste el proceso de la escritura? ¿Habías empezado a leer literatura a los 14?

—Fue como una necesidad de expresarme, y la volqué en la escritura. Era muy solitario, entonces una de las formas que tenía de materializar los pensamientos era a través de la escritura. Una especie de catarsis a través de la poesía. Los poetas en sí somos melancólicos, con esa sensibilidad especial nuestra.

—Me inicié con la lectura porque me entretenía de esa manera; Isabel Allende, por ejemplo, es una autora que me atrapa muchísimo, tiene una habilidad extraordinaria para narrar. También leí mucho a Virginia Wolf, Victoria Ocampo, Simone de Beauvoir. Después de los veinte me puse con autores más profundos, Ray Bradbury, por ejemplo. Las primeras grandes poesías que yo leí fueron las de Alfonsina Storni, que es mi poeta preferida, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Alejandra Pizarnik, García Lorca, Neruda, Benedetti, Bécquer.

—¿Te adentraste en el mundo de la academia y las universidades?

—Sí, estudié teatro en Buenos Aires. Y, paralelamente, me mantuve siempre escribiendo y publicando. Escribí mi primer libro a los 20 años, el segundo («Hijo de la mala vida«) a los 25, y el tercero y último, por ahora, a los 36. Ahora estoy en proyecto para sacar un cuarto libro.

—Me costó mucho adaptarme a Buenos Aires, a mí me cuesta bastante relacionarme con gente joven, fueron muy bruscos los choques. No funcionó allá y me volví a San Luis.

—¿De qué se trata «Hijo de la mala vida«?

—En el segundo libro eso está muy latente, el tema de la soledad. La dificultad para hacer amigos, la dificultad de tener un grupo. En la poesía hablo de mí mismo, de mi propia vida. El autor marginal, el escritor marginal que se asume como tal revela las contradicciones del mundo. Entonces inmediatamente es considerado por los demás como un paria, como alguien a quien, obviamente, segregan… porque huyen al ver que éste los represente. La gente, de alguna manera, ve en el poeta lo que no puede aceptar de sí misma; al ver esto lo que hacen es “levantar un muro”.

—Vas a regalarnos más poesía, ¿cómo vas con el cuarto libro?

—Tengo muchos cuadernos escritos, falta la plata nada más. Si ahorro de acá a un tiempo voy a tener el dinero suficiente que, estimo, puede salirme el cuarto libro. Saldría tras siete años de haber publicado el tercero. Luego sólo quedaría la selección de los poemas que eso ya es un detalle menor, si se quiere.

—¿Cómo hace el poeta para escribir con esa tradición familiar? ¿Puede considerarse revolucionario de tu parte venir con toda esta tradición, pararte y decir: «Soy poeta»?

—Primero, el doble esfuerzo de mi parte (o quizás más), por luchar para demostrar lo que valgo por mis propios méritos y no por ser «el hijo de» o venir de una familia importante de San Luis. Porque yo en otros lados he tenido mis logros, mis reconocimientos y allá no sabían nada de mi familia. Aquel que se asume como un poeta en estos tiempos, un ser marginal por sobre todo, sufre en alguna medida. Por ejemplo, rechazo naturalmente los celulares. Quedo colgado en una era y no tengo cabida en esta sociedad. Sin embargo, por suerte, por tener una relación, un vínculo con la gente a través de los libros, “amigos literarios”, veo que en realidad no soy el único que sufre, técnicamente como así lo han llamado, “el mal de la soledad”.

—¿Eso se ve reflejado en tu poesía?

—Sí, si yo no hubiera tenido esta visión tan trágica de la vida, no hubiera sido un poeta. Todo gracias a la soledad.

A continuación, y para finalizar la nota, ofrecemos un fragmento de poesía recitado por el propio autor:

 

Nota: Redacción de Caminos de Tinta.

Foto: Cortesía de María E. Pérez de Nicotra.

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