María Gainza y la curva de Cézanne

A propósito de la reedición del celebrado e inclasificable El nervio óptico de María Gainza, traducido a diversos idiomas, la autora ofrece su único “bonus track”.

Hace unos meses sentí que mi escritura había llegado a un callejón sin salida. Se lo comenté a una amiga y ella me recomendó que pusiera la cabeza en otra cosa para ver si lograba destrabarme: “Inflar el rol de la escritora conspira contra el producto”, me dijo y yo creí reconocer ahí las palabras de Hebe Uhart pero no se lo dije porque en ese momento no quería desviar la atención de mi persona. Fue así, siguiendo una fórmula para desbloqueos, como me lancé a la acuarela: la vislumbré no exenta de nobleza y de todas las manualidades disponibles en la bateas, una de las más baratas y livianas de transportar.

Así que ahí estaba yo una mañana frente a mi escritorio sobre el que había dispuesto con parsimonia una hoja, una cajita plástica de acuarelas, un pincel ni gordo ni flaco y un bol con agua limpia. Iba dispuesta a producir una imagen y cuando por momentos daba rienda suelta a mi vanidad, me la figuraba como una imagen superior y me imaginaba en un futuro cercano exponiendo mis obras en una galería under de Villa Crespo, convertida en artista de culto dentro de un círculo, círculo restringido por cierto, pero círculo al fin. Qué sé yo, volvía a inflar el producto, y en la desesperación volcaba toda mi fe en la acuarela como terapia alternativa. Decidí que cada día dedicaría a este hobby las mañanas y que de momento dejaría a un lado la escritura.

Pero ¡hélas! me acuerdo y se me endurecen los huesos descalcificados, el momento en el que me enfrenté a la hoja canson y me sentí tan bloqueada o más que frente a la pantalla de mi computadora. Enseguida me di cuenta de que cuando el canal hacia la inspiración está empantanado está empantanado para todo tipo de viajes. Pero como con la acuarela mi ego no estaba en juego, después de todo era sólo un desvío de mi actividad principal, decidí buscar una maestra. Ahora creo que fue por pura y hermosa serendipia como llegué a Paolín, una acuarelista coreana cuyo nombre circula por las napas subterráneas del mundillo artístico. Dicen que su mano está detrás de varias de las pinturas que se venden en el mercado del arte bajo rimbombantes nombres castizos. Ella es lo que en la jerga llaman una ghost painter, y como buena fantasma, jamás revela su rostro. Paolín sólo da clases por wasap. Aunque tampoco son clases exactamente. “Primera etapa para dominio de acuarela”, me dijo mi maestra coreana en un primer mensaje: “Todos los días durante mes mirar Cézanne”.

Estaba toda excitada esa primera mañana hace cosa de tres semanas. Había localizado una acuarela de Cézanne en las profundidades del Museo Nacional de Bellas Artes y pensaba pasar un buen tiempo frente a ella. Siempre supe que Cézanne era un artista superior, como se sabe que en la jerarquía celestial los serafines están arriba de todo. Además podía recitar de memoria las razones por las cuales el pintor ocupaba un sitio nodal en la historia del siglo XX, pero tenerlo en frente, estudiarlo por mi misma, era otra cosa: el cuadro se llama “Una curva del camino”.

A medio metro de distancia la pintura parece una lluvia de confeti caída sobre el papel; dos pasos más atrás, la imagen se ordena en un caleidoscopio, un metro más atrás, las pinceladas dejan de ser pinceladas y una naturaleza vitalista (si esa expresión no es un pleonasmo) se te viene encima. Hay paisajes muertos y hay paisajes vivos y este de Cézanne es de las segundos: en él las piedras, los árboles, la curva del camino, están electrificados como a 20.000 voltios. Me recuerda algo que suelo olvidar: que la tierra guarda en su corazón un brasero que provoca movimientos, erupciones y desvíos y que la vida surgió de la materia, idea científica sobre la Creación que se lleva a las piñas con la religión.

Cézanne también tenía sus ínfulas creadoras. Él quería inventar un lenguaje visual que fuera más honesto con la vida que una descripción literal de la realidad. Los impresionistas, decía, estaban demasiado interesados en la superficie de las cosas (salvo Pissarro, el solemne Pissarro de quien Cézanne aprendió mucho para luego desviar las aguas para su propio lago). Por eso, aunque la pincelada rota de Cézanne es impresionista, la arquitectura de la composición, la forma en que construye el juego a partir del color, es suya ciento por ciento. Cézanne rompió con la vieja distinción entre color y diseño. Por eso admiraba tanto a Poussin como a Rubens y no veía en eso una contradicción.

Desde entonces, una vez por semana me entra un wasap de Paolín con alguna indicación o sugerencia. No puedo revelar el contenido de los mensajes para no traicionar el vínculo alumna-maestra, lo que puedo decir es que he notado con alivio que ella jamás usa emojis, más bien se inclina y a veces abusa, pero esto nunca se lo diría, de los puntos suspensivos, y sólo cuando le gusta mucho una respuesta me manda, a la manera coreana de reírse online, un “kkkkk” que suena a disparo de ametralladora.

A Cézanne la Provenza le inspiró sus primeras obras. En esa época buscaba un sabor de la eternidad en la naturaleza y sus cuadros de entonces tienen la unidad de un paisaje clásico de Grecia. Más tarde, las pinturas de L’Estaque trazaron la línea de puntos directa entre él y el cubismo (e indirecta hacia casi todo el siglo XX). La serie del monte San Victoria es su visión madura en la que la selección y el control gobiernan el cuadro. Pero hacia 1880 Cézanne empezó a aligerar su paleta mediante la acuarela y a restringir los colores a verdes, terracotas y azules casi transparentes. “Una curva del camino” pertenece a esta época. Es el momento cuando el artista empieza a depurar, a dejar de hacer esfuerzos, esfuerzos visibles, digamos. Virginia Woolf comparaba este momento con el nadar de un pato que se desliza serenamente sobre la superficie mientras por debajo está pataleando como un condenado.

No deja de maravillarme como algo tan chiquito puede dar semejante sensación de inmensidad. Sé de memoria que convertir lo fugaz en eterno es la historia del espíritu humano a través de las formas, pero para ser sincera no tengo la más remota idea de cómo se logra y aunque ahora intente explicarlo, es un manotazo de ahogada. Cuando la desesperación me arrastra o me pongo intensa, le pregunto a Paolín: Maestra, ¿es lícito traducir a palabras una obra que nació muda? Y se ve que a ella la pregunta le parece una pavada supina, porque la última vez que se lo pregunté, en un gesto de fastidio nítido, mi querida maestra me clavó el visto.

No hay orejas cortadas ni escapadas a los Mares del Sur en el currículum de Cézanne, lo que hay es una potencia creativa plasmada con erudición y sentimiento (“Es largo el camino del cerebro al corazón”, decía Henry James). Cézanne elige algunas formas y las coloca sobre el papel con tal seguridad que uno ya no es consciente de los espacios en blanco, solo de sus armonías. Después de veinte años de concentración, el artista ya no carga las tintas; se ha vuelto breve y ligero como las pinceladas de sus acuarelas. Fue en esta época cuando Pissarro, que no había olvidado a su alumno, le sugirió a Vollard que buscara al ermitaño de Provenza y le organizara una muestra. Así lo hizo en 1895. Monet, Renoir, Degas gastaron los pocos francos que tenían y se llevaron un Cézanne a casa cada uno.

A veces, cuando menos lo espero, mi maestra me toma examen, le gusta mucho el multiple choice. El de ayer, por ejemplo, decía: “Un recodo del camino” es: a) Una puerta al futuro b) Un arco de triunfo c) La Tierra Prometida.

Las tres, definitivamente las tres opciones son correctas, le contesté. Y después pensé: ¿Me estaré fanatizando? ¿Me habré convertido al cézannismo?

Cézanne atrae fanáticos. Quizás eso explique el robo. Sucedió el 26 de diciembre de 1980 mientras los guardias se recuperaban del pan dulce y la sidra navideña. Alguien entró al Museo Nacional de Bellas Aires y se llevó “Un recodo del camino”. Nadie sabe cómo salió la acuarela del país. Pero yo me hago la película: días después del robo, cuando el escándalo aún no se había acallado, una mujer bajita llegó a París, subió a una buhardilla en Barbès-Rochechouart, desenrolló el papel bajo una bombita de luz desnuda que colgaba del techo y tras mirarlo un buen rato se quedó dormida. Debe haber dormido profundamente, como lo haría yo de tener una imagen así entre mis brazos. Pienso en una ladrona que roba por amor, no por encargo, y que al cabo de muchos años, sintiéndose acorralada por las deudas, lleva la acuarela a vender a una galería parisina. El joven empleado, flamante egresado de la Sorbonne, puede reconocer un Cézanne cuando lo ve y también puede reconocer cuando algo no huele bien. Es él quien avisa a Interpol y veinticinco años después de desaparecer “Un recodo del camino” vuelve al Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Hasta ayer seguía ahí.

Yo también sigo ahí. Según mi maestra he hecho grandes progresos y pronto podré pasar a la siguiente etapa: yo espero que sea “la etapa en la que la punta del pincel por fin roza el agua” porque mucho mirar pero desde que empezamos las clases aún no he podido pintar siquiera una coma. Aunque nobleza obliga, hoy he puesto algunas por escrito y ahora que me acerco a mirarlas, creo reconocer en esas curvitas rápidas, breves y sesgadas que forman mis comas sobre el papel, un claro efecto de las pinceladas de Cézanne.

Revista Ñ.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *