Luis Sagasti y la Web como enciclopedia infantil

Cybertlön, el nuevo trabajo del escritor argentino, apuesta a la creación y análisis de series proliferantes y de sugerentes redes de alusiones.

Importa que el lector de Cybertlön se imagine Lo sé todo, la enciclopedia infantil de fines de los años 60 que prometía, a través de sus doce tomos multicolores, acceder a la suma del saber universal. No cuesta imaginárselo, hoy que Lo sé todo, como la vieja enciclopedia de Tlön del cuento de Borges, ha invadido la realidad bajo la forma de la Web: imágenes que se suceden una detrás de la otra, sin seguir ningún orden temático, ni alfabético, ni de ninguna otra índole más que la curiosidad de un lector ansioso por querer mirarlo todo, de golpe, al mismo tiempo. Saberlo todo es saberlo ya, aquí y ahora, en un presente detenido que paradójicamente se mueve de imagen en imagen sin orden ni progreso, sin maduración del conocimiento, sin causalidad lógica o narrativa.

Es difícil de imaginar y de recordar, pero antes de Internet había vida, y la relación con el abrumador banco de películas, canciones, libros, imágenes y artículos que hoy hace posible la Web refuerza algo que ya estaba marcado en el ánimo de una generación que hojeó con ansiedad las páginas de Lo sé todo, el aleph de niños como alguna vez lo fue el autor de Cybertlön, Luis Sagasti, un baby boomer nacido en Bahía Blanca que, sin melancolía, viene a hablarnos de una transformación en los modos de producir y contemplar imágenes, de escuchar música, de ver películas y de leer historias que llegó con la fuerza de lo inevitable para reconfigurar el mapa de lo sensible.

Enriquecida por un siglo de modos de ver y de decir asociados al arte moderno, nuestra experiencia estética actual –nuestros modos de percibir y de sentir– se extiende más allá de las formas autónomas y cerradas del modernismo. Lo que un espectador o un lector de hoy entiende por mantener junto frente a una colección de materiales dispersos en una pantalla, no puede ser lo mismo que podía imaginarse en el pasado, frente a una obra como sistema de dependencias internas.

En correspondencia con la diversidad de fuentes y discursos que conviven en una pantalla, la multiplicidad de géneros que pueden encontrarse hoy en un texto exige un modo de leer y de producir sentidos que lo apuesta todo a la yuxtaposición de series más que a la construcción de argumentos o a la invención de intrigas.

¿De qué están hechos esos artefactos híbridos, tan difíciles de encasillar en un género, como son los libros de Sagasti –Una ofrenda musical, Bellas Artes o Maëlstrom–, si no es de series proliferantes y redes móviles de referencias y alusiones que conectan la tradición literaria con otros discursos de la cultura, pero al paso lento de un cyberflâneur que no renuncia, en el pasaje de formato, a la velocidad de lectura del lenguaje escrito?

En este sentido, “Trenes” y “Computadoras”, las dos máquinas de leer y escribir que se reparten Cybertlön, son dos figuras de enlaces entre textos y universos que le sirven a un artista como Sagasti para pensar no tanto en obras y autores como en los nexos en que las obras y los autores se disuelven. Los trenes son en principio la modernidad, el movimiento continuo de la Historia como encadenamiento de hechos y avance hacia el futuro. Pero el tren de la historia que nos cuenta Sagasti es el que se les viene encima a los espectadores de la primera película de los hermanos Lumière, que al salir de la pantalla, quiebra la contemplación extática de las imágenes representativas.

El tren del arte moderno nos aleja del verosímil narrativo, a medida que el arte deja de representar el mundo y se vuelve sobre sus aspectos formales: un errar autónomo sobre el lienzo, un dejarse llevar por una cadencia musical sin centro definido, una trama que es puro deriva difusa, como el monólogo de Molly Bloom. El tren se detiene en Auschwitz, donde la continuidad del progreso se interrumpe, “como si a lo sucedido no se le pudiera encontrar un sentido”.

Hoy el viaje quieto frente a una pantalla de computadora es la imagen del progreso, y lo que se desplaza por ella no es tanto un nuevo tipo de imágenes como un nuevo vínculo entre las imágenes y la información que se presenta de manera sucesiva. La disponibilidad casi sin límites de música, films y textos literarios transforman un arte que ya no trabaja con materias primas o materiales crudos sino con manufacturas –los infinitos bienes culturales de la Web– apropiables y refuncionalizables según una lógica de la yuxtaposición y el montaje.

Escribir es hacer máquina con el mundo, conjugarse con todo tipo de flujos. En este sentido, a un texto de Luis Sagasti no hay que preguntarle qué quiere decir, sino cómo funciona, a qué se conecta, cómo avanza, qué es lo que quiere. Y como dijimos al principio: la máquina Sagasti lo quiere todo.

Cybertlön, Luis Sagasti. Tenemos las máquinas, 90 págs.

Revista Ñ.

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