Los vicios de la guerra

“Las horas más oscuras” reconstruye la figura de un Winston Churchill despreciable y senil que, designado Primer Ministro, se niega a negociar la paz con Alemania.

 El hombre rechoncho está en su cama terminando el desayuno y remoloneando un poco. Una secretaria nueva entra a la habitación para tomar nota de lo que sea que le dicte. Antes de entrar, un secretario le advierte que el hombre de la cama es muy exigente, autoritario, caprichoso, que habla sin que se le entienda bien, como si balbuceara, que se irrita con facilidad. El intercambio entre el hombre y la secretaria parece simpático y algo accidentado hasta que el tipo hace honor a su fama y cumple con las expectativas: ante un mínimo error de la chica, la echa a los gritos y pide que le manden a otra que sepa hacer su trabajo. Poco después, la esposa sube a la habitación y lo calma, casi como si apaciguara a alguna bestia salvaje entrada en años que gruñe para disimular los estragos de la vejez. Las horas más oscurasempieza en la mañana del día que Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo, será nombrado Primer Ministro. La escena tiene algo de tour de force: Joe Wright presenta a uno de los mayores héroes políticos del siglo pasado como un viejo achacoso y de mal genio. De allí en más, la película funciona como un juego o una prueba de habilidad que el director se impone a sí mismo: lograr que ese tipo envilecido se transforme a los ojos del espectador en el líder carismático capaz de convencer a todo un país de sostener la lucha contra la Alemania nazi.

La maniobra era en parte esperable: Wright es un director de esos a los que les gusta dar piruetas inverosímiles. Ya en Orgullo y prejuicio (2005) se divierte haciendo unos largos planos secuencia durante una fiesta y capturando el movimiento de los Bennet en torno a la mesa familiar, mostrando de paso que Jane Austen y el siglo XIX podían filmarse con dinamismo y gracia, sin necesidad de encerrarse en la eterna fórmula del plano-contraplano. En Expiación, deseo y pecado (2007), prueba suerte con otro plano largo pero esta vez de una escala impresionante que recorre la playa de Dunkerque durante la retirada británica. Más de mil extras (y hasta algunos animales) ejecutan una coreografía milimétrica con la que el director retrata la desesperación de la Operación Dínamo y traslada a la puesta en escena la locura que consume a los soldados: el delirio general de la escena, los vaivenes del plano y la colección de personajes perdidos que entran y salen erráticamente del encuadre hacen pensar que se está ante el alarde de un director en su madurez. Pero Wright tiene treinta y cinco años, esta es apenas su segunda película y consigue ese prodigio visual de cinco minutos en solamente un día.

Las películas se suceden y el director idea soluciones estéticas distintas para cada historia. Nunca filma igual, pero cada filme parece llevar la marca de sus excesos y sus juegos formales, como en Hanna (2011), Pan (2015) y, sobre todo, en Anna Karenina(2012) (no tanto en El solista (2009), su película más fallida). Con ese historial, Las horas más oscuras (que competirá en la próxima edición del Oscar por los premios de Mejor Película, Mejor Actor y otras categorías más) supone un desafío para el director: cumplir con los rigores del biopic manteniendo al mínimo las veleidades del estilo. Filmar sin que se note.

En su último filme, Wright respeta las convenciones de la película biográfica: el retratado ocupa el centro de la escena y la puesta se borra a sí misma para resaltar al protagonista. Pero el director se toma una suerte de venganza personal caracterizando con un toque de maldad a Churchill y haciendo que la película alterne con cierta impunidad entre la comedia y el drama: la caricatura del retratado y ese tono anfibio, que va y viene entre los peligros de la guerra y los pequeños vicios del protagonista, puede verse también como una reacción contra la seriedad plomiza que suele exigir el biopic histórico, una vía para dinamitar el género desde adentro.

Escenas a media luz

La mayor parte del tiempo, Las horas más oscuras es un filme de habitaciones a media luz y cortinas cerradas: el Churchill de Gary Oldman se mueve por su casa, los salones oficiales y las oficinas militares casi escapando del sol (como si el cuerpo del actor tuviera una memoria propia y recordara instintivamente personajes como el de Drácula). Los intercambios con sus asesores, el Rey y sus rivales políticos, ocurren casi siempre en las tinieblas: la penumbra general traduce en imágenes el agobio de un protagonista que lidia como puede con circunstancias que lo desbordan. La película se interesa más por capturar el clima lúgubre de esos días que por la reconstrucción histórica. La trama reduce al mínimo la cantidad de información y se queda con un conflicto elemental que consiste en unos pocos aliados y antagonistas: Churchill se niega a negociar la paz con Alemania a pesar del desastre bélico de Inglaterra y de la presión del Parlamento y la oposición. Esas coordenadas narrativas esenciales liman el espesor de la Historia en favor de la dimensión cinematográfica del relato. Las horas más oscuras no es una película sobre el resurgimiento militar de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial sino el retrato de un hombre común en una situación extraordinaria (igual que en Hitchcock, en Spielberg y en el cine en general). El director incluso le imprime al conjunto un aire casi inocente, como de fábula, que le permite a la película rehuir de la gravedad de los relatos basados en hechos reales para mantenerse siempre dentro de los confines narrativos del cine con sus leyes y placeres.

En el filme, Wright tiene que conseguir entonces que ese viejo regordete que chochea adquiera la estatura suficiente como para ponerle el cuerpo a todos esos discursos famosos, en especial al que se conoce por una de sus frases más recordadas: “Pelearemos en las playas”. Ese fragmento parece funcionar a la perfección en cualquier película y en distintas formas. En Dunkerque, de Christopher Nolan (también candidata al Oscar como Mejor Película), se puede escuchar el discurso leído desapasionadamente por un personaje al final del relato cuando la derrota es absoluta: la lectura sobre las imágenes genera una emoción increíble. En cambio, Wright se sirve de ese discurso de manera más tradicional: reconstruye la escena original en el Parlamento y hace que Oldman lo pronuncie imprimiéndole un notorio énfasis a las palabras y a los gestos. La película termina poco después del discurso, como si los casi ciento veinticinco minutos de duración hubieran sido una preparación para ese momento y, tras semejante explosión de vitalidad, ya no quedara nada más para decir ni mostrar.

Dunkerque y Las horas más oscuras forman un díptico particular: la película de Nolan se concentra en distintos momentos de la retirada mientras que la de Wright describe los entretelones políticos que conducen a la Operación Dínamo. Las dos se parecen en que saben hallar en una catástrofe militar los materiales para contar una épica atemporal. En definitiva, sugieren que el cine está siempre mejor preparado para narrar situaciones límite en las que se está cerca de perderlo todo.

Revista Ñ.

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