Leopoldo Brizuela, escritor de aventuras y secretos melancólicos

La semana pasada murió el autor de Inglaterra. Una fábula, Premio Clarín Novela 1999. Perfil de un creador singular.

Saco de la biblioteca los libros de Leopoldo Brizuela y encuentro, entre las páginas de una de sus novelas, una fotocopia de la tapa de un diario Crónica de fines de los años 60. Seguramente me lo dio Leopoldo, no lo recuerdo. Como no es la portada entera sino un cuarto, me pierdo la información esencial, inclusive la fecha, pero aparece una foto de Leopoldo, entonces un niño de cuatro o cinco años, en el acto de leer Crónica, junto a dos niños rubios. “Estos son los hijos de Eduardo Brizuela, maquinista del Islas Orcadas. Pueden jugar a leer las noticias. El padre, con quemaduras, se salvó milagrosamente”.

En realidad, los niños rubios de la foto no son de la familia; Leopoldo tenía hermanos del primer matrimonio de su padre, pero eran unos cuantos años mayores que él. Pero le debe haber divertido conservar esta foto donde lee –o simula leer– que su padre se salvó de un incendio a bordo. Eduardo Brizuela, marino mercante, viajaba a lo largo de la costa argentina, hasta el extremo sur, y esos largos viajes, y el mundo de los barcos, aparecen con tenacidad en los poemas de su hijo, reunidos en Fado, que hoy mi biblioteca se niega a devolverme.

Leopoldo Brizuela nació en La Plata en 1963 y estudió con los hermanos maristas. De su juventud sé pocas cosas: que cantó con Leda Valladares, que publicó dos libros de entrevistas dedicados a cantoras y que ganó a los 23 años el Premio Fortabat, con su novela Tejiendo aguas, dedicada a su amiga María Elena Walsh. La novela había sido escrita antes de los 18 y Brizuela la negaba con tenacidad.

Sin embargo, por su ambición, Tejiendo aguas preanuncia las grandes novelas del autor: Inglaterra. Una fábula, que ganó el Premio Clarín Novela 1999, y Lisboa. Un melodrama. Son novelas donde se cruzan los personajes reales y los inventados, las historias y los tiempos y en donde flota la sombra de su adorada Karen Blixen (Isak Dinesen). Como en los libros de Dinesen, hay en Brizuela un gusto por la aventura y los viajes acompañado de un placer del secreto y de la intimidad. En 2012 ganó el premio Alfaguara por Una misma noche, donde el tono es más sombrío que en sus novelas anteriores.

Más breve es la deliciosa y terrible El placer de la cautiva, historia de una larga persecución a través de la pampa del siglo XIX. Los que llegamos más lejos y La locura de Onelli completan la sección “pocket” de su obra, donde Brizuela explora con humor, belleza y crueldad los rincones de nuestra historia. Agrego a sus libros, Instrucciones secretas, colección de consejos para escribir tomadas de entrevistas, cartas y diarios personales de sus autores favoritos.

Tenía un humor mordaz. Recuerdo cuando me contó (no sé de dónde había sacado la anécdota) que un periodista del diario Los Andesodiaba tanto a su jefe, el escritor Antonio Di Benedetto, que en vez de usar clips para unir las páginas, usaba alfileres. Pero esos alfileres habían sido dejados toda la noche en agua, para que se oxidaran. Tenía la esperanza de que su jefe se pinchara y muriera de tétanos. Un crimen perfecto, pero felizmente fracasado.

Brizuela fue un tenaz defensor de la obra de Sara Gallardo y de la de Elvira Orphée, cuando eran nombres que parecían olvidados (hoy han vuelto a ser leídas con entusiasmo, gracias, en gran parte, a Brizuela). También era un experto en la obra de María Elena Walsh, Griselda Gambaro y Silvina Ocampo.

Era un lector melancólico que había encontrado, en los últimos años, un trabajo ideal: se ocupaba de los archivos de escritores en la Biblioteca Nacional. Su primera foto en un diario, antes de saber leer, ya lo muestra “leyendo”, y podemos jugar a que esa foto anticipa su destino literario: las catástrofes y naufragios en las que abunda su espléndida imaginación.

Fuente: Revista Ñ.

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