«La lata no late», por Gabriela Pereyra

La madre escucha un debate entre el hijo y un amigo sobre cuestiones de la vida. De repente invitan a alguien más a la conversación: Oye Siri, cuéntame un chiste (le habla en lenguaje neutro).

Siri, es una inteligencia artificial con funciones de asistente personal creada para productos de Apple. En este caso, una voz femenina le responde con un chiste tal cual se lo ha ordenado. Es un mal chiste pero se ríen igual, así continúan por un largo rato. Le han dado todo tipo de órdenes: hablar, llamar a diferentes números y contactos, mandar y recibir mensajes de texto y emails, fijar alarmas, buscar sitios webs, decirles que los quiere, encontrar lugares, leer noticias, obtener pronósticos meteorológicos, hacer operaciones matemáticas, actualizar los estados de sus redes sociales, organizar el calendario, tareas y notas, reproducir música y videos, abrir webs y aplicaciones, traducir, chequear, recordar, aprender nuevos comandos.

Hartaron a Siri. Demuestra tener menos paciencia para las preguntas y hasta se advierte sarcasmo en las respuestas. Entre las funciones que incluyen estos asistentes aceptan que te pongas un nombre, su hijo se ha puesto “perrito malvado” y así es como Siri lo saluda. El amigo se da cuenta de que él aún no le ha dicho un nombre a su asistente, que en este caso se trata de “Google Assistant”, el sistema de búsqueda por voz de Google. Como todo adolescente, con cuotas de aburrimiento y divertimiento inestable, se le ocurre llamarse: Ok Google. Y así comienzan a atormentar al otro asistente. Yo me llamo Ok Google (para el que no ha probado a este “sirviente virtual” le comentamos que se activa ante la frase “Ok Google”). Entonces, una vez que lo activaban le preguntaban: ¿cómo me llamo? y al responderles “Ok Google”, entraba en un círculo de “locura” que lo hacía activarse a sí mismo. Esta pavadita los mantuvo un buen tiempo riéndose de la ocurrencia. La madre, en rol correctivo, intervino en la habitación diciendo: Ya dejen de torturar al pobre “Ok Google”. El teléfono se activa y responde: Dime, ¿en qué puedo ayudarte? Por supuesto se ríen. Y buscan con qué más entretenerse, sólo querían ganarle a la máquina y creen que lo lograron.

Reflexiono. Ya están aquí. Las máquinas inteligentes llegaron para quedarse, para avanzar, para ser obsoletas, descartables y a la vez imprescindibles, pero como sea, vienen a “vincularse” y a alterar nuestras formas de relación. Si no, cómo se explica que esa mamá sintió que torturaban a ese “pobre” asistente. Humanizó su reacción hacia un objeto que le resulta simpático.

La ciencia no para de crecer, lo computacional, lo informático, la inteligencia artificial, lo cuántico, no se toman respiro. En portales informativos es tema vigente la obsesión por humanizar a las máquinas, hacer que imiten y aprendan del hombre, también afirman que nunca lo superarán, que siempre lo necesitarán por sobre ellas. El cine y la literatura lideran en imaginación y trascienden estas fronteras éticas, filosóficas, ficcionales, pero indiscutiblemente lo emocional no queda al margen.

En la vida real se ven, escuchan y leen curiosidades. En marzo de este año el mundo astronómico asistió a un luto metálico, el robot Opportunity fue declarado muerto en Marte. Por 15 años el vehículo de seis ruedas había paseado por el planeta rojo enviando información valiosa. Una tormenta de polvo bloqueó sus paneles solares y “murió” al no poder cargar baterías.

Los controladores del vehículo desde la NASA hicieron más de 835 intentos de contacto con el robot geólogo. Incluso le mandaron a Oppy –como cariñosamente lo conocían– una última canción para que despertara: I’ll Be Seeing You de Billie Holiday, que provocó lágrimas en varios miembros del equipo. La única respuesta fue el silencio. “Descansa, robot», escribieron en la cuenta oficial de Twitter de Opportunity. «Tu misión ha sido completada”. Internet se llenó de expresiones de dolor y pésames.

La paradoja acontece en esta tendencia a humanizar lo material y sin embargo ante cuestiones humanas comportarse como máquinas autómatas. Según Kate Darling del Media Lab del MIT, lo que nos traiciona es la biología en esto de humanizar objetos. Habría que responder, también, dónde estuvo el cortocircuito en cosificar humanos. Incluso muchas personas logran más empatía y relaciones con sus mascotas que con seres de la misma especie. Todo bien con hablarle a una tostada, a una planta, una aspiradora, una pelota, un castor de peluche, hacer terapia con tu asistente virtual, rendir honores al dron que cuida de tu vida mientras eres un soldado en la alguna guerra ajena, o lo que se te ocurra humanizar; pero no resignes empatía con quién pueda necesitarte de verdad en el mundo no artificial. La lata no late, ¿vale la pena resignar latidos?

Escrito por Gabriela Pereyra, para el semanario La Opinión.

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