Indiscreto a pesar de sí mismo

El Nobel peruano -con nuevos libros, La llamada de la tribu y Sables y utopías– conversa sobre su obra, su vida privada, la política y los medios.

«¿Nos sentamos afuera?”, me preguntó Mario Vargas Llosa, haciendo un gesto hacia las ventanas de piso a techo de la biblioteca, en una tarde brillante. El único peruano que ha ganado el premio Nobel vive ahora en una mansión de ocho habitaciones en la periferia de Madrid, en un vecindario conocido como Puerta de Hierro. Cuando llegué, un mayordomo con saco blanco me condujo a través del recibidor de dos pisos, sobre brillantes baldosas blancas y negras, hacia una biblioteca con filas de estantes de madera oscura. Esta imponente casona parecía la residencia adecuada para el último gigante vivo de una época de oro de la literatura latinoamericana, pero la casa no es propiedad de Vargas Llosa. Sobre la chimenea de la biblioteca cuelga un retrato de su dueña, Isabel Preysler, enfundada en un vestido rojo.

Preysler, quien nació en las Filipinas pero ha vivido en España desde que tenía 16 años, construyó esa casa con su tercer esposo, el exministro de Economía y Hacienda de España Miguel Boyer, quien murió en 2014. A menudo los paparazzi merodean por sus puertas; Preysler, de 67 años, ha sido objeto de la fascinación de los tabloides en español desde que se casó con su primer marido, la estrella del pop Julio Iglesias, en 1971. (Su segundo esposo era un marqués español). Fue un pequeño escándalo que Vargas Llosa tuviese ahora un escritorio con ordenadas pilas de libros y un busto de Honoré de Balzac en un pequeño rincón de su biblioteca, en medio de los viejos libros de ciencias y matemáticas de Boyer.

Nos sentamos debajo de un toldo blanco, en un par de sillones del mismo color frente a una piscina aguamarina. Conversamos durante más de dos horas sobre el modernista del Misisipi William Faulkner y la superagente española Carmen Balcells, así como sobre las series de televisión The Wire y Vikingos. Durante la mayor parte de nuestra conversación, Vargas Llosa era como la casa misma: una fortaleza camuflada con la calidez de la gracia social.

A finales de marzo Vargas Llosa cumplirá 82 años. Ha escrito casi todas las mañanas de su vida; ha publicado 59 libros en 55 años, entre ellos algunas de las más grandes novelas del último medio siglo: La ciudad y los perrosConversación en La CatedralLa tía Julia y el escribidor. La última semana de febrero salieron a la venta tres libros de Vargas Llosa: la traducción al inglés de una novela (Cinco esquinas) y de una colección de ensayos políticos (Sables y utopías), así como un nuevo libro en España, La llamada de la tribu. Se trata de la historia condensada de tres siglos de pensamiento clásico liberal, de Adam Smith a Jean-François Revel, y una especie de autobiografía intelectual.

La llamada de la tribu parece su intento de repeler las olas de nacionalismo y populismo que inundan el mundo hoy en día. Es un defensor de la libertad individual y la democracia en Latinoamérica. Sus ataques en contra de los autoritarios le han granjeado enemigos entre socialistas y conservadores por igual. Lo que más respeta de una persona, según me dijo, es la integridad: “Coherencia en lo que crees, lo que dices y lo que haces”.

Dos días después de nuestra reunión en el jardín de Preysler, vi a Vargas Llosa en una conferencia de prensa celebrada dentro de la Casa de América en Madrid, para el lanzamiento de otro libro en español, Conversación en Princeton, de un seminario que Vargas Llosa impartió en 2015. Durante algunos meses, Vargas Llosa y sus alumnos analizaron cinco de los libros más famosos del peruano. Sin embargo, esa semana en Madrid no era posible escapar a la política. “¿Como ve usted ahora lo que ha ocurrido en Cataluña?”, le preguntó el primer reportero durante la sesión de preguntas y respuestas del evento. Vargas Llosa recordó que los nacionalistas catalanes eran considerados “unos viejecitos reaccionarios” durante la década de los setenta; opinó que el referéndum era “un anacronismo que no tiene nada que ver con la realidad de nuestro tiempo” y sugirió que el nacionalismo catalán era una especie de “enfermedad”.

“Las palabras son actos”, dijo Vargas Llosa cuando estábamos en la terraza de Preysler. Esta frase de Jean Paul Sartre, me dijo, cristalizó su comprensión del papel político del novelista en la década de los cincuenta. En ese entonces era marxista. “Imagínese, en los años cincuenta, cuando yo era muy joven y empecé a escribir”, dijo. “Un joven peruano, chileno, colombiano, vivía en un país donde la literatura significaba muy poco. Era una actividad de una pequeña élite, ¿verdad? Entonces si uno tenía cierta conciencia social del problema de países donde había desigualdades enormes, pues muchas veces ese joven con una vocación literaria se preguntaba: ¿tiene sentido escribir si yo soy peruano, si yo soy chileno, si yo soy colombiano? Bueno, en ese sentido Sartre fue importantísimo, porque Sartre tenía unas ideas sobre la literatura que congeniaban perfectamente con un muchacho de un país subdesarrollado. Él tenía la idea de que la literatura tenía una función social, política, histórica, y que desde luego a partir de la literatura se podrían cambiar las cosas. Se podría actuar sobre la realidad”.

En 1959, Vargas Llosa apoyó con entusiasmo la revolución socialista de Fidel Castro en Cuba. En cierto momento incluso alojó a la madre del Che Guevara en su apartamento. Sin embargo, a medida que evolucionó el régimen de Castro, Vargas Llosa comenzó a inquietarse. Durante un viaje a La Habana, se enteró de que los cubanos homosexuales eran encarcelados junto con los contrarrevolucionarios y los delincuentes comunes en campos de trabajos forzados.

Cuando Vargas Llosa rompió con Castro, se precipitó una reconstrucción fundamental de sus creencias políticas. Para 1982 estaba cenando con la primera ministra de Reino Unido Margaret Thatcher y el filósofo liberal clásico Isaiah Berlin en la casa del historiador Hugh Thomas en Londres. Esta conversión política tuvo un impacto en su reputación literaria. Gerald Martin, quien escribió la biografía definitiva de García Márquez y ahora trabaja en una sobre Vargas Llosa, cree que fue el factor más importante que le impedía ganar el premio Nobel. “De manera general se creía que antes, con Lundkvist –Artur Lundkvist, miembro influyente de la Academia Sueca– se prefería a los escritores socialistas, marxistas, comunistas, radicales, progresistas”, me dijo Martin. Vargas Llosa recibió el Nobel de Literatura solo después de que el comité cambió, a principios de la década del año 2000. Hoy, Sables y utopías lo muestra no solo vituperando en contra de izquierdistas como Hugo Chávez, sino también en contra del general Augusto Pinochet y el régimen peronista de Argentina.

La última obra maestra de Vargas Llosa fue escrita en medio de una batalla con el ex presidente peruano Fujimori. La fiesta del Chivo relata los últimos días del oprobioso dictador dominicano Rafael Trujillo, un hombre que modernizó y violentó a la República Dominicana durante tres décadas hasta su asesinato, ocurrido en 1961. Es también la más accesible de sus grandes narraciones políticas. El régimen de Fujimori cayó el mismo año en que se publicó La fiesta del Chivo.

En nuestras conversaciones, Vargas Llosa se negó a hablar de sus enredos amorosos. Cuando le pregunté qué había fracturado su matrimonio con Patricia Llosa, con quien tuvo tres hijos, dejó de sonreír y bromear. “Mire”, dijo, “ese tema tiene que ver con el amor. El amor es la experiencia probablemente más enriquecedora que tiene un ser humano. Nada transforma tanto la vida de una persona como el amor. Al mismo tiempo, el amor es una experiencia privada. Si se hace pública, se abarata, se empobrece, se llena de lugares comunes. Por eso es tan difícil escribir sobre el amor en la literatura. Hay que buscar las maneras más astutas para que no pierda su autenticidad y se vuelva lugar común. Entonces yo creo que una persona no debe hablar del amor precisamente si el amor es tan importante en su vida”.

Usted es un romántico, le dije. “Yo creo que todos los somos. Creo que el romanticismo ha marcado muchísimo nuestras vidas; es muy difícil no ser romántico de alguna manera, aunque muchos no nos demos cuenta. La experiencia del amor… o uno la vive o uno la rechaza, se vacuna contra ella. Diríamos que yo no la he rechazado. Cuando ha ocurrido, la he vivido”.

La primera vez que la vivió fue en 1955, cuando se fugó con la hermana de su tía, Julia Urquidi Illanes. En ese entonces, Vargas Llosa era un universitario de 19 años y Urquidi era una divorciada de 29. Ernesto Vargas estaba tan enojado con su matrimonio que amenazó con matar a Mario, pero la pareja se rehusó a divorciarse. El día en que Ernesto aceptó el matrimonio, según escribe Vargas Llosa en sus memorias, marcó la “definitiva emancipación” de su padre. Sin embargo, nueve años después se divorciaron y, un año después, en 1965, se casó con su prima hermana Patricia Llosa Urquidi, la sobrina de Julia.

A los 45 años de casados, Vargas Llosa declaró en su discurso de aceptación del premio Nobel que Patricia “lo hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que hasta cuando cree que me riñe me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que sirves es para escribir’”. Sin embargo, el año en que ella cumplió 70, él la dejó por Preysler.

“Lo que hay que entender en él es que es una persona que se entrega con absoluta pasión a lo que cree, incluso cuando se equivoca”, me dijo su hijo Álvaro. De todos los hijos de Vargas Llosa, Álvaro ha sido el que mejor ha aceptado la nueva relación de su padre, quizá porque sus vínculos van más allá de lo familiar. Lo que irrita a muchas personas, incluyendo a su hijo Gonzalo, es que Preysler es la encarnación de la cultura del entretenimiento y las celebridades que durante tanto tiempo Vargas Llosa dijo aborrecer. Una mujer de belleza y elegancia felinas, que ha aprovechado sagazmente la atención de los tabloides para hacerse de una especie de carrera proto-Kardashian: ha sido presentadora de programas de televisión, ha anunciado objetos lujosos como las joyas Rabat y los revestimientos cerámicos Porcelanosa.

Su vida social ahora está documentada de manera extensa por ¡Hola!, en la que alguna vez trabajó Preysler. “Son cientos de publicaciones, de programas de radio y de televisión que alimentan una curiosidad morbosa que consiste básicamente de revelar la intimidad de las personas”, me dijo Vargas Llosa en Madrid. “Muchas personas están encantadas. Al contrario, es una verdadera profesión demostrar su intimidad. Es una especie de estriptís, ¿no?, de una vida, sobre todo, sexual, erótica. Y es un mundo que a mí me produce horror”.

Sin embargo, esta “profesión” es la de Preysler y mientras estén juntos será, de alguna manera, también la de Vargas Llosa. En diciembre, la edición en línea en español de la revista Harper’s Bazaar publicó un video de la pareja abrazándose y hablando sobre su vida juntos –precisamente el tipo de cosas que, en palabras de Vargas Llosa, “le produce, literalmente, horror”–. Esta enorme y repentina brecha entre lo que Vargas Llosa dice y lo que hace me recuerda una conversación que tuvimos acerca de su personaje travieso Fonchito, un niño con cara de ángel y gusto por la obra de Egon Schiele. En El héroe discreto (2013), Fonchito desarrolla un interés por la religión y le pregunta a su padre, don Rigoberto: “¿Me podrías decir qué es eso de Sodoma y Gomorra, papá?”.

A veces me pregunto si Fonchito es su alter ego, le dije a Vargas Llosa. “¿Quién sabe?”, dijo, con una risa. “Es un personaje que a mí me inquieta un poco porque no acabo de entenderlo muy bien”. Un momento después añadió: “Yo no me doy cuenta si es tan inocente de verdad o disimula o es una manera de comportarse que es astuta, ¿no?”.

Fonchito apareció por primera vez en las novelas de comedia erótica El elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de don Rigoberto (1977). La mayoría de los críticos ignoran estas novelas libertinas cuando analizan la obra de Vargas Llosa. Sus propios fanáticos tienden a considerarlas con disgusto o hilaridad. Sin embargo, el nerviosismo en torno al sexo ha impedido que tanto los lectores como los críticos aprecien que el erotismo está presente en toda la narrativa de Vargas Llosa. Incluso las novelas más conocidas por sus disecciones políticas están llenas de una especie de realismo sexual transgresor: escenas en burdeles, relaciones homosexuales secretas, violaciones. En ninguna otra parte esta conexión ha sido tan explícita, o gráfica, como en su última novela, Cinco esquinas.

Quizás nada transforme tanto la vida como el amor, pero Vargas Llosa siempre ha sido difícil de comprender. Es un modernista y un humorista, un político y un esteta, un intelectual y un libertino. Toda su vida ha sido una serie de revelaciones inesperadas. Quizá todos somos muchos en uno, pero Vargas Llosa ha llevado sus contradicciones a la acción, tanto en su vida como en sus páginas.

© The New York Times

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *