«Eso sí se dice, eso sí se toca», por Gabriela Pereyra

En la fila de reparto de juguetes se ha parado la niña. Espera con ansiedad su momento pero al llegar al repartidor, él, con un gesto de molestia le hace seña de que ésa no es su fila, que se pase a la otra, pero ella no quiere, ella quiere la pelota. Es más divertida, se comparte con más gente, simplemente, quiere una pelota.

Foto obtenida de internet, no publicada en el original de La Opinión.

No hay caso, la hacen a un lado y siguen repartiendo como si ella no existiera. Su mamá, que observa la situación trata de justificar la escena en voz alta diciendo: ¡Ay! es que me salió “varonera” y con un tironcito la toma de la mano y la aparta de la fila. Le susurra entre dientes: ¡Qué te cuesta agarrar la muñequita, si de última, si no la querés la regalamos en algún cumpleaños a alguna de tus primas! Sonríe al público presente en busca de limpiar la mancha social.

Julieta no entiende para qué le dicen que es el Día del Niño, salvo que los únicos que deban estar felices sean los varones. No entiende para qué la obligan a pedir juguetes gratis si los que prefiere no le serán concedidos. Ella quiere la pelota, ¿es mucho pedir?

Hay una sombra en su paraíso. Sentada en la base del árbol abraza sus rodillas para hacerse más chiquita de lo que ya se siente por no poder elegir. A lo lejos distingue a su madre, camina hacia ella con los zapatos de domingo, se acerca con un copo de azúcar teñido de rosa, lo extiende hacia ella y con una sonrisa le dice: Mirá qué bonito, bien de nena te lo elegí. Al rato llega el padrino, un ser a quien adora porque la comprende y nunca tiene que explicarle mucho. Él se da cuenta que en la carita con tierra de Julieta se ha escurrido una lágrima que debe ser curada. Se sienta al lado de ella y le afirma: A que querías la pelota. De un salto ella lo abraza para ocultar el resto de lágrimas que quieren escapar. El tío padrino la calma con un beso en la frente que significa: te comprendo.

La jornada termina sin mayores tropiezos, el Día del Niño ha culminado, en casa, la abuela le dejó una cocinita de juguete y otra tía, una multiprocesadora excusándose en la tarjeta de no haber comprado las pilas. Con pena y sin gloria pasa de largo con una sonrisa forzada.

Julián, el padrino, a la mañana siguiente se levanta más temprano para pasar por una juguetería antes de ir al trabajo. Al ingresar descubre que los sectores están bien diferenciados: para niños, niñas y la sección de juegos didácticos. Le explica al vendedor que busca un fútbol para su ahijada. El hombre, un tanto cejijunto para relacionar en su mente las palabras niña-fútbol, disimula y señala que lo acompañe al final del pasillo. Le ofrece una hermosa pelota rosa, con brillitos y estrellas a un precio de $2500 por pertenecer a una marca que las nenas “adoran”, refuerza el vendedor.

Julián le indica que eso no es un fútbol, entonces resignado, lo lleva al otro pasillo, el de los varones, y le extiende un fútbol, también de una marca conocida por $1897. Es exactamente como le gustaría a Juliana, piensa. Lo que no entiende es por qué la pelota rosa es más cara. 

«El llamado Impuesto rosa o Pink Tax va a contramano de la Constitución Nacional, de la Ley de Defensa del Consumidor y de distintos pactos internacionales con jerarquía constitucional en la Argentina», advierten desde defensa al consumidor bonaerense.

El Centro de Economía Política Argentina (CEPA) demostró que en las jugueterías argentinas priman los estereotipos de género. En la investigación realizada, el estudio demuestra que el 40% de los juguetes destinados a las niñas están vinculados a las tareas de cuidado, siendo la oferta de muñecos bebés la más repetida de todos los juguetes categorizados como “de mujer” o “de niña”.

Por detrás, en un 32 %, aparecen los juguetes asociados a estereotipos de belleza, como por ejemplo una valijita con productos de peluquería y maquillaje. Sólo el 12 % se destina al Deporte y un 12 % restante a juegos de ingenio.

Otros ejemplos aportados por el relevamiento detalla que mientras una guitarra criolla para niños sale 120 pesos, una similar para niñas color rosa cuesta, en la misma juguetería, 200 pesos; una cartuchera Mickey 899 pesos, una cartuchera de Princesas 1.190 pesos; una mochila del Hombre Araña sale 1.690 pesos, una mochila de niñas Stay Magical sale 3.490 pesos.

Si bien se ha avanzado sobre derrumbar estereotipos y la naturalización de desigualdades que muchas veces son alimentadas por las propias mujeres, aun queda largo camino por recorrer en ambos sentidos. Ni impuesto rosa, ni rosa impuesto.

El tío padrino llega hasta la casa de Julieta y cual Romeo le chifla para que se asome por la ventana y vea la sorpresa. Juntos corren hasta la canchita del barrio a pelotear, sin nada impuesto.

Por Gabriela Pereyra, para La Opinión.

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