El síndrome de Estocolmo

Denuncias de acoso sexual, renuncias y filtración de información asedian a la Academia Sueca y no habrá premio este año.

Una institución venerable (aunque no siempre venerada), dos veces centenaria, fundada en 1789 por el rey Gustavo III siguiendo el estricto patrón neoclásico de la Académie Française. Pero la Academia Sueca es mucho más famosa que su modelo, mucho más célebre que otra afrancesada, la Real Academia Española de 1714: es la más conocida de las Academias de Letras de todo el planeta porque desde 1900 entrega anualmente el Premio Nobel de Literatura.

Si la designación siempre agita mareas de ira y tsunamis de sarcasmo, nada afectó tanto nunca a la Academia como las denuncias de encubrimiento de abusos sexuales que este año llevó a la dimisión y renuncia a casi un tercio de su personal, a someter al voto la expulsión de una académica, la poeta arcaizante-pero-experimental Katarina Frostenson, y a cancelar la concesión del Premio Nobel 2018.

Un millón de dólares –la cifra puede variar, casi siempre para arriba– al “autor de la obra literaria más notable de inspiración idealista”, según la fórmula en el testamento de Alfred Nobel, inventor de la dinamita, y humanista, que legó su fortuna para los premios de artes y ciencias que llevan su nombre y llenan las tapas de los diarios. La más conocida, pero no la mejor conocida de las Academias. No sólo por los mecanismos de selección, a veces tortuosos, o caprichosos. Esta vez fue por acusaciones de abuso sexual que afectan a los 18 académicos que deben regirse por la divisa “Snille och Smak” (Talento y Gusto, en sueco) de la institución.

En noviembre, el diario sueco Dagens Nyheter publicaba los testimonios de 18 mujeres (el doble que los miembros varones de esta Academia más única que rara en su igualitarismo genérico) que denunciaban haber sufrido hechos de violencia o haber estado sometidas al acoso sexual de un hombre de origen francés, marido de una académica.

Katarina Frostenson, de 65 años, traductora de Marguerite Duras y de Georges Bataille, caballera de la Legión de honor francesa, es autora de libros como Berättelser från dom (1992), prosa lírica y elegíaca, poemas en prosa sobre la vida de un pueblo desgraciado, que agoniza porque sin Academia ha perdido su lengua, que ella diligentemente reconstruye. Su cónyuge es Jean-Claude Arnault, fotógrafo y escritor. Los delitos de los que se lo acusa, algunos prescritos, todos encubiertos por la Academia, fueron cometidos entre 1996 y 2017 tanto en Suecia, donde en Estocolmo dirigía un centro de exposiciones que marcaba tendencias, el Forum –subvencionado por la Academia Sueca–, como en París, en un departamento también propiedad de la misma Academia del Nobel.

Conocidas las acusaciones, la secretaria perpetua de la Academia (el cargo más alto de la institución letrada) cortó el subsidio al acusado y encargó a un estudio de abogados que investigara el affaire. Sara Danius es profesora universitaria en Estética, especialista en fotografía, en Walter Benjamin y en Marcel Proust, y crítica literaria del Dagens Nyheter, el diario que publicó los testimonios contra el fotógrafo francés marido de la académica y beneficiado por la Academia.

El informe del bufete de Estocolmo no fue encontrado satisfactorio por todos los académicos. Las sesiones tumultuosas de la institución se sucedieron. Nuevos informes paralelos denunciaron a la Secretaría de la Academia de haber conocido bien los hechos de la acusación y de haberlos encubierto; también insinuaron que el escritor, fotógrafo y galerista francés traficaba influencias que determinaban o torcían diversas premiaciones. El 5 de abril se votó la expulsión de la poeta abanderada de los pueblos sin Academia. Frostenson renunció el 12 de abril.

Ya para entonces habían renunciado el 6 de abril tres miembros varones de la Academia: el historiador pop Peter Englund, anterior secretario perpetuo, el narrador Klas Östergren (autor de las novelas dickensianas Gentlemen Gangsters, sobre complots, encubrimientos y mujeres fatales) y el novelista e historiador de la literatura Kjell Espmark. Durante 17 años, Espmark había dirigido el comité Nobel de la Academia: “Desde que miembras eminentes de la Academia colocan la amistad por sobre la responsabilidad y la integridad, no puedo participar más de sus trabajos”, comentó a la prensa.

Más que renunciar al sillón académico, estos académicos anunciaron que no participarían más de sus trabajos. Por definición, el sillón es irrenunciable: como los franceses, los académicos suecos, aún más que vitalicios, son tratados de “inmortales”. El 12 de abril votaron “agradecerle” a Sara Danius su actividad como Secretaria Perpetua, que ejercía desde casi un lustro atrás; ella sí anunció que abandonaba su sillón, algo que por reglamento no puede hacer. El 13 de abril nombraron un secretario perpetuo ad interim, el crítico literario postestructuralista Anders Olsson, académico desde 2008 y figura clave como difusor en Suecia del pensamiento y la actividad deconstructiva.

Como los sillones son irrenunciables, y como se necesitan 12 sobre 18 académicos activos para la activación del Comité Nobel, sólo hay una opción: la reforma constitucional. El cambio de reglas de la Academia depende del Rey de Suecia. El monarca Carlos XVI Gustavo anunció el 18 que modificaría las reglas, para que los sillones puedan a la vez ser vaciados de sus ocupantes y renovados por nuevos académicos; todavía nada había ocurrido el último día de abril. El secretario postestructuralista ad interim fue quien reclamó a la monarquía que, de no acelerarse el proceso de refundación académica, el Nobel de Literatura 2018 no podría entregarse, una falencia que antes sólo ocurrió en tiempos de guerra.

Si no se confiere, crecen el capital del Nobel y los intereses del próximo Premio. Que pocos autores rehusaron, como lo hizo el francés Jean-Paul Sartre. “No tengo por qué aceptar un Premio de Literatura de 18 señores que escriben pésimos libros”, dijo en 1964.

Revista Ñ.

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