«El peso de las convicciones», por Gabriela Pereyra

En el universo de las etiquetas, la posmodernidad ha dado saltos de mejoras y retrocesos. En esto de acercarse a los extremos complica no caer, sin querer queriendo, en algún prejuicio o mirada distorsiva del “debe ser”. Seres arrojados al mundo del mercado conviven a diario con la diferencia. La diferencia no debiera significar algo malo como las sociedades visuales así lo han instaurado. La diferencia es positiva, distintiva, y de no serlo es que debieran erguirse defensas en ese sentido.

Virgie Tovar es una activista estadounidense que propone desde hace años el derecho a ser felizmente gorda, no como apología de la gordura sino como batalla a las estigmatizaciones, presiones culturales, discriminaciones y crueldades. Autora del libro You Have the Right to Remain Fat (“Tienes derecho a permanecer gordo”), Virgie tiene un lema que resume su forma de pensar: “Perdamos odio, no peso”. Hay tantas cosas en la vida por las que se debiera pedir perdón, inhumanas o muy humanas atrocidades, pero justamente, Tovar con orgullo propone que por ser gordo uno no debiera pedir perdón y menos por ser como uno quiera ser, parecer y disfrutar de su cuerpo. Qué derecho hay a provocar que otro sienta vergüenza por su apariencia. Qué derecho hay a generar estereotipos que lastiman como regla de lo establecido. Este látigo está afuera pero con gran fuerza suele formarse en el interior de cada hogar. Decirle a un niño “si seguís comiendo te voy a llevar rodando al colegio” o cosa por el estilo, hacerlos ser por comparación con lo que no son, tampoco tiene perdón. Con qué autoestima se pretende que ese mismo niño enfrente los embates de su entorno escolar que no es mucho más amigable. El inmenso tiempo que las personas pierden tratando de ser alguien más, una flaca exgorda que piensa en comida con culpa, una persona tratando de entrar en una talla más pequeña porque la adecuada no está disponible. Una compulsión a la disconformidad.

“Aprendí dos lecciones en una: que estar gorda era algo malo y que además era algo malo porque no era deseable para los hombres”, afirmó Tovar en una entrevista con BBC. “Pasé 20 años con un comportamiento cada vez más extremo, comiendo solo verduras, muriéndome de hambre. A nadie le importaba cómo me sentía, nadie se daba cuenta”, recordó. “Cuanta más hambre pasaba, mejor me trataban los demás. Es paralizante vivir en esa realidad”.

Desde que conoció el activismo en defensa de la gordura su vida dio un giro de 180 grados. Tovar se fue implicando más y más en este movimiento, empezó a escribir un blog y a organizar conferencias y reuniones en grupo.
La activista es contundente al afirmar que su objetivo no es ensalzar la obesidad o un estilo de vida poco sano, sino defender una actitud más positiva hacia el cuerpo. Las personas reales poco tienen que ver con lo que las diferentes vidrieras del mercado exponen. Pero incluso, en las cualificaciones que acontecen cuando “una gordita trata de ser feliz” se cuela subrepticiamente un vestigio de discriminación: “una gordita simpática”, “las gorditas generalmente tienen cara bonita”. Realmente, lo único XL es la idiotez de fingirse inclusivo y diverso.

Su firme creencia es que una persona que por su complexión corporal tiende a la gordura, rara vez se podrá convertir en una persona flaca. Y denuncia que el estar siempre pendiente de la dieta y de la comida, quita mucha energía.

El amor en la balanza

La dieta no es lo importante, lo importante es la convicción de que es por uno, no porque se impone. Hacer lo que se quiere en todos los ámbitos de la vida conlleva un costo, una resignación pero ante todo una elección. Si
no se desea hacer dieta es más importante aprender a vivir feliz con la imagen que devuelve el propio espejo, no los cristales de ese otro que aun no está listo para mirar.

Para Tovar “Las mujeres invierten mucha energía mental en las dietas. Me parece injusto y poco ético, no es humanitario”.”Usan la palabra salud porque es una forma aceptable de ser intolerante. Hay palabras que usamos para esconder la intolerancia, la nuestra y la de los demás”, lamenta.

La apología de la delgadez tampoco ha sido el abecé de la felicidad, de hecho surgieron enfermedades de trastornos en la alimentación como la Bulimia, la Anorexia o la combinación de ambas provocadas por estos discursos.

Las cosas por su nombre es una estrategia de Virgie para combatir aquello con lo que la han lastimado. Gordo no es mala palabra. La intención es lo que ya no vale.

Escrito por Gabriela Pereyra, para el semanario La Opinión.

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