Deconstruir a Rodolfo Walsh

En Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas, María Moreno confronta versiones, testimonios y textos para desentrañar una escena mítica de la militancia.

¿Por qué no volver a preguntarnos sobre la causa por la cual, entre los íconos más leídos desde la acción política y la crítica literaria, un autor de ficción y no ficción sea de los más citados, tanto desde la academia como desde la divulgación argentina?

Como en Rodolfo Walsh. La palabra y la acción de Eduardo Jozami, Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas, último libro de María Moreno, se inscribe en la más interesante tradición hermenéutica sobre el autor e incluye comentarios sobre exquisitos rescates de textos soslayados, como las crónicas de su experiencia con prostitutas en Cuba. Minuciosa y audaz, Moreno indaga con el estilo híbrido que ya es su marca en la década del 70: desde la narración de misiones de militancia a la relación entre relato y memoria, con aportes a las teorías del testimonio.

La operación está bien dirigida: Moreno toma discursos –cartas apócrifas publicadas por los militares, las “contracartas” de Walsh–, obras de arte y “hechos” históricos que siempre serán, además, interpretaciones, a pesar de su carácter fáctico. Oración interpela la actualidad política y artística al pensar ficciones como la película Las hermanas alemanas de Margarethe von Trotta, la novela El Dock, de Matilde Sánchez y obras de Albertina Carri, Lola Arias, Marta Dillon y Mariana Eva Pérez, entre otras. Y cruza la historia social, la de los personajes y la íntima, la genealogía de los Walsh, la vida cotidiana y las lógicas de las organizaciones encarnadas en parejas, hijos, familias.

El relato da cuenta de la represión y las desapariciones y sus consecuentes catástrofes domésticas: las relaciones afectivas son terreno para la reconversión política. En un análisis nunca cómodo piensa, en un momento, el rol de las parejas en relación con las Madres de Plaza de Mayo. Y, en diálogo con Poder y desaparición de Pilar Calveiro, revaloriza, fuera de la solemnidad del mandato militante de algunos sectores, a la “frivolidad y la superficialidad” como “formas elegantes de estoicismo”, y al juego como acto de resistencia ante la crueldad del cautiverio. En ese plan, admite la validez de que la revolución sea “queer, pop, psicodélica, o minga”.

Los capítulos autobiográficos recuerdan la prosa hipnótica de Black out; solo en estos fragmentos Moreno se permite el lujo del humor y crea un lugar de enunciación a la vez fresco y preocupado que se desmarca y se involucra con su época por fuera del guión. A veces distante, a veces comprometida, se imagina como una “perejila” que no termina de entregarse a la acción –por su pasión por el arte y el psicoanálisis– y que sus novios ponen, con gracia, en el lugar de la “burguesita”. Expone, también, conflictos por fuera de ciertos tabúes, como por ejemplo el modo en que el patriarcado irrumpe en determinadas organizaciones de izquierda.

Al estudiar las obras artísticas de las “H.I.J.A.S.” (“con puntitos”) descubre una retórica más cercana a lo expresado por Daniel Link en Fantasmas. Imaginación y sociedad que a la mímesis. En un capítulo dedicado al testimonio, Link comenta que este, asediado en los últimos años por la historiografía y la teoría del discurso, no dejó de brindar pruebas de su resistencia a todo tipo de reduccionismo.

En Oración leemos que fuera de sede judicial, son “los testimonios coherentes, sin agujeros en la memoria, acoplables entre sí en consistencia deliberada, los que menos iluminan lo acontecido”. De este modo, brinda lugar a distintas versiones sobre la escena magnánima de la hija de Walsh, que elige suicidarse antes de que la maten, rodeada de un gran operativo militar, tal como el escritor cuenta en «Carta a Vicki» y «Carta a mis amigos» (“amén de una carta abierta, una necrológica revolucionaria y la despedida privada de un padre”). Moreno toma esa secuencia y la deconstruye, la recrea, la rearma en un inteligente caleidoscopio de sentido. El centro de aquellas capas son las cartas públicas; la escena se condensa y se expande en un crescendo de polifonías; versiones que, por momentos, convierten al libro en un relato fragmentario y pleno de tensión dramática.

Como ya demostró en otros textos, Moreno hace teoría mientras narra, y su prosa podría pensarse –en búsqueda de una “filiación”, otro de sus tópicos– como una versión pizpireta, astuta y por momentos mucho más pícara del estilo Ricardo Piglia, que aquí es uno más de su cofradía. Porque junto a él invoca a Walsh por fuera del bronce anquilosado de las convenciones zonzas; cuestiona al Walsh de la verdad con mayúsculas como único posible, aquel a quien solo puede pensarse con el prisma de esa verdad jurídica. Porque, aunque relevante para buscar justicia, la verdad se juega diferente en el régimen del relato.

Moreno retoma los aportes de Piglia sobre el “colimba” en Operación Masacre. Y analiza la representación del personaje –un civil reclutado– más que su existencia pensada desde el positivismo histórico. El mismo Walsh, comenta Moreno, ante la incapacidad de especificar el orden en que bajaron del camión en el descampado de José León Suarez los “fusilados” escribió una nota al pie: “La contradicción –típica de situaciones semejantes– permanece insoluble hasta ahora”.

Los recuerdos de los entrevistados por Moreno (desde Patricia Walsh a los habitantes de la casa donde murió Vicki) podrían enmarcarse en aquella frase del filósofo Giorgio Agamben: “Solo si somos capaces de entrar en relación con la irrealidad y con lo inapropiado en cuanto tal, es posible apropiarse de la realidad y de lo positivo”.

Dice María Moreno que los testimonios “vívidos, contradictorios, y conscientes hasta la duda de la fidelidad de los recuerdos, conservan su voluntad de autenticidad y desdeñan todo énfasis autobiográfico”. Y luego de escenificarlos en el libro, de pensarlos como género junto al epistolar, los publica completos: da cuenta de sus procedimientos de montaje para “someterlos a juicios diversos, aunque no simulen una desgrabación pasada en limpio que desestime la escritura como valor en situación, siempre provisional pero jamás neutral”. Así, además de su texto más ambicioso, Oración quizá sea su obra más performática.

Oración, María Moreno. Literatura Random House, 384 págs.

Fuente: Revista Ñ.

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