Cuentos de amor, locura y juventud

¿Quiénes son y sobre qué escriben los escritores de las generaciones jóvenes? Un mapa de los autores nacionales que en poco tiempo darán que hablar en los estantes de todo el país. La situación en la provincia.

Extraño comportamiento el de los seres humanos ese de reunirse de acuerdo a las profesiones o a las actividades en común. En esos cónclaves suelen conformarse las camadas, una palabra cuya definición posible es la permanencia en un momento de la historia de individuos de más o menos la misma edad que tienen intereses comunes. La literatura nacional conoce perfectamente de esos movimientos.

Es muy raro encontrar algún escritor argentino definitivamente aislado de un movimiento conformado por otros. Jorge Luis Borges, el más reconocido, era parte en sus inicios -aunque él nunca lo reconoció- del grupo Florida, que integraban también Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo, Raúl González Tuñón y Ricardo Güiraldes. Eso, sin contar las conocidas conexiones estilísticas que compartía con Victoria Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

Francisco Moulia, a la cabeza de la nueva camada

A partir de allí, incluso antes, los escritores argentinos han desarrollado carreras encolumnados en grupos, sino afines estilísticamente, al menos con participantes nacidos en años cercanos. Puede que los márgenes se hayan achicado y que la nueva narrativa argentina incluya a escritores de ambos sexos que rondan los 40, pero que abrace con el mismo calor a autores diez años menores y mayores.

Los narradores actuales crecieron bajo los libros y los talleres literarios de una generación que, literalmente, está muriendo y que supo albergar a Abelardo Castillo, Ricardo Piglia, Isidoro Blaisten, Juan José Saer y Rodolfo Fogwill. Y ven a sus generaciones anteriores (Rodrigo Fresán, Marcelo Birmajer, Martín Caparrós, Pedro Mairal, Claudia Piñeyro, Sylvia Iparraguirre, César Aira, Leopoldo Brizuela, entre muchos otros) con la admiración con la que un chico de inferiores ve a un futbolista consagrado.

Esa comunión intergeneracional -que no es tan común en otras ramas del arte argentino- posibilitó que las relaciones se retroalimenten y los consagrados encuentren puntos de contacto con los más chicos y los más jóvenes no renieguen de un pasado que todavía está presente. Ese enriquecimiento mutuo conformó un buen momento general de las letras nacionales, con buenas ventas, interés de un público que no para de exigir y el surgimiento de nuevas plumas.

Leonardo Oyola, reconstruyendo héroes suburbanos

Muchos de los representantes de la nueva narrativa nacional se juntaron hace poco más de un mes en la Primera Feria Federal del Libro que se realizó en Merlo. Allí se vio claramente cómo, bajo la figura convocante y convalidante de Eduardo Sacheri, un grupo de jóvenes escritores amparados por las mismas editoriales y con coincidencias hasta en la forma de vestir, pueden configurar lo que se llama una camada.

Un rápido repaso por los nombres que visitaron la localidad provincial el fin de semana largo de finales de mayo encuentra a Luis Mey, quien a los 39 años y con cuatro novelas editadas goza de un bien ganado prestigio entre sus colegas, en contraste con algunas dificultades para consolidarse ante el gran público.

Otros que estuvieron en la feria fueron Haidu Kowski (el seudónimo de Adrián Elías Haidukowsi y autor del recomendable “Recomendaciones para robar supermercados”), Martín Sancia Kamawichi, Enzo Maqueira, quien expuso su firmeza ideológica y su sorprendente novela “Electrónica”, Esteban Castromán, Mariano Blatt, Mariana Komiseroff, una militante feminista que, sin embargo, no cree en la literatura femenina, Iosi Havilio, Macarena Moraña, Juan Carrá -nuevo representante en la vieja relación entre periodismo y literatura- y Bibiana Ricciardi.

Mariana Enríquez, entre el periodismo rockero y los libros

Todos son parte de una escena que tiene la media de público entre quienes verdaderamente se interesan por encontrar cosas nuevas en las librearías y que halló una buena manera de difundir sus talentos en las redes sociales, donde se muestran activos. En los extremos de los autores que estuvieron en Merlo nado a la siempre difícil literatura fantástica.

El resto, más allá de poetas reconocidos como Gustavo Romero Borri, Luis Vilchez y Darío Oliva, representan intentos más bien individuales, en muchos casos más apoyados en el corazón y el deseo que en el trabajo y el talento. Como elemento contenedor habría que nombrar a “Perniciosa literatura”, un grupo que ha sabido contener los arrestos literarios de sus integrantes.

Mauro Libertella, o la fábula del escritor compulsivo

Lo nuevo más nuevo

Intentar un mapeo completo de la literatura nacional es una tarea tan inabarcable como intentar calificar a todos los escritores que componen una generación. Antes de Moulia, Carrá, Komiseroff, May y compañía hubo un grupo que alcanzó buenas ventas y buenas historias y que tuvo puntos altos y recordados. Por lo novedoso de su temática y de su técnica, Washington Cucuruto (el seudónimo del quilmeño Santiago Vega) puede ser el encargado de encabezar esa porción. El hecho de que no publique desde 2012, con la divertida “La culpa es de Francia”, lo aleja un poco de la escena.

Leonardo Oyola, autor de la imprescindible “Kryptonita”, es otro de los destacados que puede tomar esa posta que en algún momento quisieron disputar Federico Levín -de quien habría que leer “Ceviche”-, Ignacio Molina, Lucas “Funes” Oliveira y Ricardo Romero, quienes junto al músico Facundo Gorostiza, conforman el llamado “Quinteto de la muerte”.

Lo que tiene esa generación, todavía activa, que otras tuvieron con menor intensidad es una interesantísima participación femenina reflejada en algunos nombres de fuerte impacto. Acaso la más importante sea Samanta Schweblin, quien a los 40 años vive en Alemania, tiene siete premios internacionales y una trayectoria muy interesante sostenida en cuatro novelas.

Washington Cucuruto, cartonero, escritor y referente

En el ambiente literario, la presencia de Gabriela Cabezón Cá- mara -quien tiene diez años más que Samanta- es todo un acontecimiento celebrado por sus compañeros. Como es celebrada la edición de su “trilogía oscura”, una formación de temas religiosos, sexuales y sociales escritos con tintes clásicos, modernos y humorísticos. Otra representante de ese movimiento es Mariana Enriquez, ex periodista de rock que supo mezclar su oficio y su imaginación y tanto en las crónicas como en las novelas expuso un estilo directo y propio. “Este es el mar”, su novela más reciente, conjuga esas experiencias como lo hace “Alguien camina sobre tu tumba”, en la que reflejó los cementerios argentinos, y sus cuentos “Las cosas que perdimos en el fuego”.

Schweblin, Lola Copacabana, Luciana Souza, Mauro Libertella -quien con 34 años escribió tres autobiografías-, Diego Erlan y Martín Castagnet son los seis escritores argentinos sub 40 que fueron elegidos entre los mejores 40 del continente en un festival literario que se realizó en Colombia en mayo del año pasado.

Más abajo todavía en el conocimiento del gran público, otro grupo de autores nacionales emerge con fuerza y en algunos años podrían ser protagonistas de los éxitos editoriales. En ese núcleo novato se destacan Sebastián Robles, quien con menos de 40 hizo la primera novela generacional sobre los 90, “Los años felices”, la entrerriana Selva Almada, el cordobés Luciano Lamberti y el porteño Damián Huergo.

De toda esa camada, la historia más literaria es la de J.P. Zooey, una suerte de Thomas Pynchon que ocultó su rostro y dio muy pocas entrevistas (sólo por mail o teléfono, con una descarnada visión de la realidad) durante diez años en los que, sin embargo, publicó dos novelas de enorme impacto y sorpresiva narración: “Sol artificial” y “Te quiero”. Resultó ser Juan Pablo Ringelheim, un profesor de la carrera de Comunicación que había escrito algunos artículos para diarios y revistas y que había conseguido -con su propia vida- escribir su cuento más real.

El Diario de la República.

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