Cómo leer sin una escoba

Cuentos. Empleos precarios y pobreza no le impidieron a Lucia Berlin convertirse en una gran narradora estadounidense.

 

Una infancia difícil, una sucesión de altibajos, alcoholismo, internaciones, problemas con la policía, divorcios, enfermedad, una retahíla de empleos precarios: a diferencia de la mayor parte de los escritores estadounidenses, quienes se valen de estas situaciones como tema de sus textos sin que hayan formado parte de su vida realmente, Lucia Berlin (1936-2004) lo vivió todo, y sus experiencias podrían haber constituido su único capital literario (lo cual ya habría sido suficiente) de no haber contado también la autora con una gran capacidad de observación, talento para la comparación, una excepcional percepción del ritmo narrativo y un desolador sentido del humor, así como con el desapego, la compasión, la atención al detalle y la economía de medios que adquirió mediante la lectura de Anton Chejov, el autor que mayor influencia ejerció sobre ella.

Vivimos desde hace décadas rodeados de instituciones que tienen como finalidad inducirnos a pensar que lo sabemos todo acerca de la literatura que se produce en nuestra época: prensa, crítica literaria, editoriales públicas y privadas, subsidios a la edición, premios, etcétera. Y sin embargo, una y otra vez tropezamos con textos y autores del pasado reciente que desconocíamos. ¿Qué falla en el complejo entramado que conforman todas esas instituciones? Lucia Berlin limpió casas, fue secretaria en un consultorio y enfermera en las urgencias de un hospital; su exclusión hasta este año de la lista de los grandes cuentistas norteamericanos ratifica al menos parcialmente que los excluidos (no sólo) de la literatura son siempre los mismos: pobres, homosexuales, inmigrantes, negros, mujeres.

Lucia Berlin fue mujer y fue pobre, y esa doble condición la excluyó pese a la evidencia (constatable por fin para quien lo desee también en español) de que se trató de una de las mejores autoras estadounidenses de relatos del siglo XX. Su recuperación este año no es el resultado de la imposición de cuotas (con las que la calidad literaria nunca establece vínculos fiables) ni (mucho menos aún) una señal de que los condicionantes que impidieron su ingreso a la primera plana de la literatura hayan cambiado, sino de un reconocimiento unánime de su extraordinario talento como escritora.

Manual para mujeres de la limpieza es uno de los libros del año en no menor medida debido a lo que constata: que es necesario leer de otro modo para que el juego de exclusiones y prejuicios que alguna vez nos privó de la literatura de Lucia Berlin no nos tenga también a nosotros, en tanto lectores, como sus víctimas.

 

 

Fuente: Clarín

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