Barcelona, ciudad invitada a la Feria del Libro

Grandes editores catalanes: dos exiliados ejemplares. Antoni López Llausás, de Sudamericana homenajeado en una muestra en el Museo Larreta y Juan Carlos Torrendell, de Tor, marcaron la época de oro de la edición en la Argentina.

Este año, cuando Barcelona es la ciudad invitada en la Feria del Libro, vale la pena rescatar a dos editores catalanes con historias y recorridos divergentes, en verdad, casi opuestos. Durante la Feria, en el Museo Larreta de Belgrano se podrá ver la muestra Barcelona-Buenos Aires: Un Puente de Libros, dedicada a Antoni López Llausás, primero director y después propietario de Sudamericana, una de las editoriales más importantes del país y de la lengua en el siglo XX. López Llausás descendía de una familia de editores, además de propietarios de la tradicional librería Catalonia, en Barcelona.

“Su abuelo había fundado unas revistas que fueron muy de vanguardia, L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Grácia. Se hicieron muchísimos números y publicaba allí gente de avanzada, ilustradores, fotógrafos”, cuenta Gloria Rodrigué, su nieta y hoy dueña de la casa editorial Edhasa. Durante la década del 20 –aún en España– editó el Diccionari General de la Llengua Catalana, el primer diccionario catalán-castellano, y también la revista D’Ací i d’Allá, un mensuario de actualidad e impronta cosmopolita y moderna –lo que hoy llamaríamos “tendencia”– vinculado al catalanismo cultural. Como muchos otros, se exilió durante la Guerra Civil: “Se fue de España el día que los anarquistas le tomaron el taller, en 1936, muy poquito tiempo después de que empezara la guerra. Matan a uno de los directores de estas revistas, y el día que lo matan le avisan a mi abuelo que a él también lo van a matar”.

López Llausás se instaló en París y recién llegó a la Argentina tres años más tarde, convocado para dirigir Sudamericana: “La habían fundado Victoria Ocampo, Oliverio Girondo, Don Carlos Mayer… un grupo de intelectuales. Ninguno era editor, comenzaron a publicar los libros de sus amigos y, al cabo de unos meses, estaba fundida. Entonces un amigo de él, de Barcelona, que estaba viviendo en Buenos Aires y trabajaba en la compañía de electricidad CHADE, le propuso venir a Buenos Aires. Y mi abuelo estaba en Francia, trabajando en la casa Hachette, y se vino a la Argentina con mi abuela y mi papá” , cuenta su nieta.

El grupo de fundadores incluía también a Rafael Vehils –que fue quien fue a buscarlo a París– y a Andreu Bausili i Sanromà. Ambos eran políticos y empresarios vinculados al político catalanista, mecenas y millonario Francesc Cambó, también emigrado a la Argentina, y fueron presidentes de la mencionada Compañía Hispanoamericana de Electricidad –después de 1936, CADE–, una de las proveedoras de Buenos Aires.

Sudamericana pronto se convirtió en una editorial exitosa. Según Rodrigué, “en el ´42, enseguida empezó a publicar muchas traducciones interesantes. Mauriac, Virginia Woolf, Huxley, en la colección Horizonte. Él no era el que leía, porque tenía un asesor literario, que en un primer momento era Julián Urgoiti, un vasco que trabajó muchos años con él. Él siempre tuvo editores pero tenía una visión global de lo editorial, de lo comercial, de lo administrativo y también de lo literario”.

Más adelante, la persona clave fue Francisco «Paco» Porrúa, responsable de la publicación de Cien años de soledad en 1968 y del “boom”, que marcó una época de esplendor cultural y comercial para la literatura latinoamericana. También creó la colección de ciencia ficción Minotauro con Jorge López Llausás –padre de Gloria, quien murió joven, en la década del 60– y que más tarde se convirtió en editorial.

El despegue de Sudamericana coincide con la llamada “época de oro” de la edición argentina, que se suele situar entre 1939 y 1955. Con la industria española asfixiada por la crisis de posguerra y la censura, las editoriales argentinas dirigidas o fundadas por españoles –la misma Sudamericana, Espasa Calpe, Emecé y Losada– lideraron el mercado en lengua castellana: “El 50% de lo que se producía se exportaba a América Latina, España y México.

En 1945, cuando vino el peronismo, mi abuelo dijo ‘de nuevo voy a tener que irme’, entonces fundó en México una distribuidora, y después editorial, llamada Hermes, y en España fundó Edhasa, como empresas independientes, por si tenía que volver a escapar. A España, muchos de los libros publicados en Sudamericana entraban bajo cuerda y se vendían en las librerías con otras tapas porque estaban prohibidos por la censura. Había un depósito clandestino. Camus, Simone de Beauvoir, Sartre…; muchos escritores españoles como Salvador de Madariaga, se publicaban acá y no en España”.

La “época de oro”, no obstante, fue un fenómeno más comercial e industrial que literario a nivel local. En su libro Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-1930 José Luis de Diego señala que “durante la ‘época de oro’ se exportaba más del 40% de la producción, lo que obligaba a proyectar catálogos más ‘universales’”. Esto cambió en la década del 60. Con una industria española en recuperación y un nuevo público lector en nuestro país, las editoriales argentinas priorizaron a los autores nacionales o latinoamericanos.

En el caso de Sudamericana, García Márquez, Cortázar, Sabato, Puig y Onetti. Este nuevo público compró también títulos que llevaban años en su fondo editorial, como Adán Buenosayres, de Marechal, que había aparecido en 1948, La vida breve de Onetti (1950) y Bestiario de Cortázar (1951). López Llausás manejó la editorial hasta su muerte, en 1979, y a partir de entonces, hasta su venta en 1998, se hizo cargo su nieta Gloria Rodrigué, que tuvo como editores a Enrique Pezzoni y Luis Chitarroni.

Menos conocida y glamorosa –entre los catalanes en la Argentina– es la historia de Juan Carlos Torrendell, contrafigura acabada de López Llausás. Su editorial, Tor, también tuvo su apogeo en los años 40, destinada a un público popular. Se dedicaba a los libros baratos y fue la editorial más grande, en cuanto a títulos y ejemplares publicados, de Latinoamérica, según afirma Carlos Abraham en su exhaustivo estudio Tor: medio siglo de libros populares. Por él, sabemos que Juan Torrendell i Escalas, el padre de Juan Carlos, llegó con su familia al país en 1912. Fue narrador, autor teatral, crítico literario en La Nación y se jubiló –también– como empleado de la CHADE.

En 1916, fundó Tor junto a su hijo Juan Carlos, que dirigió la empresa. Según Abraham, “una de las características fundamentales de Tor fue haber sido una editorial centrada exclusivamente en el aspecto comercial de la actividad literaria. No poseía una motivación intelectual”.

A partir de allí, todo lo que rodea a Tor es inusual, empezando por su manera de producir: fue la única editorial de libros en imprimir en rotativas, método rentable solo con ediciones de más de 5.000 ejemplares, pero solía hacer tiradas de más de 20.000. Para colocar esta cantidad, llegó a publicar un libro por día y distribuir en toda Latinoamérica y –en menor medida– en España. Su catálogo vastísimo –más de 10.000 títulos– incluía novela policial, de aventuras, historietas, género rosa, grandes clásicos de la filosofía, literarios, libros de autoayuda, sagas como TarzánMr. Reeder o Sexton Blake, las aventuras de Rocambole y ediciones de Dostoievski y Nietzche que, se asegura, leía Arlt. No resultaba fundamental la calidad de las traducciones ni su origen. Lo único que le importaba era que se vendieran; los textos eran un insumo más. Tor tenía como lema: “Todo negocio referente a papel impreso”.

Este eclecticismo absoluto permitió que publicaran en Tor autores de la incipiente vanguardia argentina. En 1933 Bioy Casares publicó su primera novela, 17 disparos contra lo porvenir, con el seudónimo de Martín Sacastrú. En la misma colección, Cometa, se publicaron 45 días y 30 marineros, de Norah Lange, Mundo de siete pozos, de Alfonsina Storni y La rueca milagrosa, de Salvadora Medina Onrubia. En otra colección, Megáfono, posiblemente financiada por la revista católica del mismo nombre, apareció Vidas de muertos, de Ignacio Anzoátegui y debutó Borges como prosista con Historia universal de la infamia.

Después de su apogeo en las décadas del 30 y 40, Tor decayó a fines de los 50. No pudo renovarse tecnológicamente ni competir en el mercado latinoamericano con la industria española ya recuperada. En 1961 murió Juan Carlos Torrendell y diez años después, su hijo Jorge cerró la empresa.

Hace décadas que los grandes grupos controlan la industria editorial global en castellano. La tradición de Sudamericana se puede rastrear en el sello que lleva su nombre y en Edhasa. La de Tor, en los clásicos libres de derechos que aún llenan las mesas de oferta de la avenida Corrientes, con su delicioso anacronismo.

Barcelona-Buenos Aires Un puente de libros. Muestra en el Museo Larreta, curada por Julià Guillamon. Desde el 26 de abril. Juramento 2291, CABA. De 12 a 19 en la semana. Sáb. y dom. de 10 a 20. Martes cerrado.

Fuente: Revista Ñ.

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