Alfredo Salinas: «Un escritor nunca debe perder la capacidad de asombro, de emocionarse»

Es escritor, periodista y realizador cinematográfico. Hijo de Orfila y Pototo. Nació en Villa Mercedes. De humor ácido y simple, de códigos, buen tipo, mejor amigo.

El escritor mercedino habló sobre las lecturas que marcaron su infancia, de su madre “referente en todo sentido, incluso en lo literario”, de su padre de quien se le “pegó algo de su bohemia de cantor de tango”.

De su trabajo como corrector en La Voz del Sud, de sus primeras armas en el periodismo y de la llegada de sus cinco libros y el cine.

Alfredo, tenés identificada tu infancia con algún escritor en particular?

Mi infancia, como era común en mi generación, estuvo muy vinculada a las historietas, desde las creaciones de Dante Quinterno, o sea “Andanzas de Patoruzú”, “Locuras de Isidoro” y “Correrías de Patoruzito”, hasta “Condorito” de Pepo y un sinnúmero de revistas por el estilo, que más adelante fui cambiando por las de editorial Columba, con personajes como Nippur de Lagash, Dago, Jackaroe y tantos otros. A los autores de esas obras texto-visuales se les llama guionistas, pero en realidad son escritores que trabajan con otro formato; así que me identifiqué con creadores como los ya mencionados, a los que sumo a Robin Wood, Héctor Oesterheld y, por supuesto, a Manuel García Ferré, el padre de Anteojito, Hijitus y esa maravillosa galería que formó parte de mi niñez.

¿A quién o quiénes considerás los guías en tu camino por las letras, por el amor por la palabra?

Cuando era chico no había computadoras y la oferta televisiva era súper limitada, por lo que las necesidades de información se encontraban en las historietas y en los libros. Hubo un año, no recuerdo cuál, que sufrí nefritis y estuve en cama cerca de un mes, con un aburrimiento tal que me amparé en lo que tenía a mano, como la enciclopedia “Lo sé Todo”, los cuentos de Horacio Quiroga y algunos textos de Borges que terminé de comprender muchos años después. No obstante fue así que descubrí la literatura y me aficioné, seguramente alentado por mi madre, que es docente.

¿Cuál es la herencia inmaterial más importante que le debés a tus viejos?

Como te dije, mi madre, Orfila, es maestra. Por supuesto que ya está jubilada, pero siempre fue una referente en todo sentido, incluso en lo literario. Creo que me heredó una buena ortografía y me dio los parámetros para ir armándome de una cultura general, que me ha servido más de una vez. De mi viejo, Pototo, creo que se me pegó algo de su bohemia de cantor de tango, aunque no me legó la garganta para hacer lo mismo. Era un muy buen narrador de anécdotas divertidas, lector y amante del cine, también fue una gran influencia. De ambos creo que heredé valores, el respeto a mis semejantes y a los seres vivos en general, la importancia que implica la amistad, con sus derechos y obligaciones, y un gran interés por querer saber todos los días algo nuevo.

¿Naciste y te criaste en Villa Mercedes? Por qué lugares más te llevó la vida?

Soy lo más alejado a un cosmopolita, pues siempre viví en Villa Mercedes y varios años en San Luis capital, mientras que los viajes que he hecho han sido por algunos lugares del país; de hecho sólo una vez salí de Argentina para ir a México, tal es mi breve experiencia peregrina.

¿Qué significa el periodismo en tu vida? Has sacado ingredientes de las noticias para tus novelas?

De niño disfrutaba escribir y hasta hacer mis propias historietas en cuadernos de hojas rayadas o cuadriculadas, y se me daba bien las redacciones escolares. Estudié en la vieja Escuela Industrial, de donde salí técnico electromecánico, lo que me llevó a trabajar en fábricas de diverso rubro, pero a los 24 se me dio la oportunidad de trabajar como corrector en La Voz del Sud, donde luego haría mis primeras armas en el periodismo, que me fue dando enormes satisfacciones, en lo profesional como en lo personal. Durante muchos años cubrí casos policiales, algunos de los cuales me dejaron bases para algunos cuentos que nunca publiqué, como también de mis tres novelas editadas. Pasa que los hechos verídicos siempre llaman más la atención que la mera ficción, que por lo general es superada por la realidad.

En 2006 presentaste “Pastora, el enigma del Monte Albornoz”. ¿Qué te llevó a escribirla y publicarla?

“Pastora, el enigma de Monte Albornoz” comenzó como un cuento inspirado en una vieja película australiana, “Picnic en Hanging Rock”, como también en la desaparición nunca esclarecida de Ricardo Godoy, en cercanías del dique Vulpiani. Ambas historias, la ficticia (promocionada como un hecho real, aunque nunca lo fue) y aquel drama del Villa Mercedes de los ’80, me despertaron un gran interés, por lo que me surgió la necesidad de escribir un relato con esas influencias. Finalmente, el texto resultó más largo y terminó convirtiéndose en una novela corta, y a la vez mi ópera prima. Su publicación formó parte del sesquicentenario de mi ciudad, por lo que lo considero uno de mis hitos personales más queridos.

¿Cómo es que llega el cine a tu vida?

El cine llega a mí, o yo a él, de la mano de “Pastora”, por iniciativa de amigos que, al igual que yo, querían incursionar en el séptimo arte, al abrirse la posibilidad mediante la Ley Provincial de Fomento a la Industria Audiovisual. Fue una experiencia muy linda, inolvidable e irrepetible.

Años después llegó tu segundo libro “Manos de hierro, manos de trapo”. Y por último “Benicia en Blanco”. Cuál es el enigma que cruza la trilogía?

“Pastora”, “Mano de hierro, mano de trapo” y “Benicia en blanco” son aventuras independientes del periodista Fabio Picasso, que conduce un programa televisivo sobre casos misteriosos y también escribe libros afines. Nunca lo consideré un alter ego, porque el verdadero Picasso existe, y aunque es farmacéutico, también es un ufólogo que conocí hace mucho tiempo. Y podría decirse que el misterio que las une es el propio protagonista, que tras una crisis existencial decide dejar el periodismo político para abocarse a lo extraño, por su necesidad de creer en algo más elevado de lo que su escepticismo le permite. Fabio siempre termina encontrando explicaciones lógicas a episodios que se presentaban como sobrenaturales, aunque en “Benicia…” me permití dejarle una esperanza.

¿Alfredo, qué es lo que más disfrutás cuando recorrés las calles de tu ciudad?

Disfruto mucho recorrer Villa Mercedes, que ha cambiado mucho, incluso muchos personajes que para mí la hacían especial ya no están, como mi propio padre, por ejemplo. Aquel placer hoy es diferente, incluso está teñido de nostalgia pues hasta el paisaje ha mutado también. Pero igual me sigue gustando caminar o manejar por sus calles, cruzándome con conocidos y, por supuesto, tomar café en algún que otro bar.

¿Qué considerás que es lo que nunca debiera perder un escritor?

Siento que un escritor nunca debe perder la capacidad de asombro y la de emocionarse, como tampoco el placer que da hilvanar palabras y oraciones para dar forma a un relato, un ensayo o un poema. Pero tampoco debe dejar de lado la responsabilidad que implica escribir para alguien más que uno mismo, pues el autor no deja de ser un formador de opinión, y aunque elija un estilo provocador y transgresor, el respeto al lector siempre ha de mantenerse como una premisa.

Fuente: Cultura Rundún.

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