Adaptación al cine de una biblioteca entera

Ex Libris es el excelente film de Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York, que pudo verse en el reciente festival de documentales DocBsAs.

Una señora frágil, de considerable edad, maniobra con su carrito ante estantes repletos: sigue pescando novelas para llevarse a su casa. Por teléfono, un empleado le enumera a un socio de la biblioteca títulos relacionados con unicornios. En una de las salas de lectura, un hombre estudia mapas en su pantalla y otro evalúa el modo de embarcarse en un juicio. En ronda, personas de timidez variable discuten El amor en los tiempos del cólera. Un actor graba, entera, Risa en la oscuridad de Nabokov, mientras un técnico lo frena ante cada mínimo defecto de dicción. Escolares tiran a adivinar sumas y restas. Clases de baile para veteranos, teatro para sordos. Gente que dormita en un concierto y gente que oye con los ojos cerrados.

Por cintas transportadoras corren ejemplares devueltos o para su redistribución a otra sucursal. Visitantes circunstanciales fotografían escaleras de mármol, estatuas y lectores peculiares. Una estudiante apunta su cámara hacia la lámina de una enciclopedia. Alguien escanea una noticia de un diario viejísimo. Una joven clasifica fotos en blanco y negro donadas, por temas, por acción. Un encargado les explica a unos estudiantes cómo explorar la colección de imágenes de la biblioteca, que visitaba Joseph Cornell con el fin de desenterrar tesoros para su pequeñas vitrinas portátiles. A pocos metros, una exhibición y las caras imborrables de Rembrandt, Pound y Baudelaire.

La película avanza pero todo sucede en simultáneo, un presente suspendido. Casi tres horas y media en las que todo sucede al mismo tiempo. La lectura está retratada de un modo indirecto, triangulado, o como por refracción. Ex Libris –el documental de Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York, que mostró el reciente festival DocBsAs, con dirección artística de Roger Koza– es un fresco de Nueva York, una colorida galería de vecinos, y ante la lente desfilan, sobre todo, desocupados, jubilados e inmigrantes. La biblioteca pública como último refugio de los desalojados de una sociedad, aunados por la carencia de silencio (el silencio como espacio, paisaje, reserva natural, y por ende, con viento a favor, factor civilizatorio).

La biblioteca ofrece asesoría legal para extranjeros, ayuda a discapacitados, funciona como centro educativo y bolsa de trabajo. En el lugar del mutismo por excelencia, Wiseman opta por acercar la cámara a gente que se la pasa hablando: lectura de tonos, de gestos. Intersección del tiempo ralentizado de criaturas a la deriva, este espacio público interior se ofrece como sitio ideal para estar a solas con uno mismo, o solo en compañía. Para hacer tiempo mientras se pospone otra cosa, para repasar o proyectar caminos no elegidos.

Wiseman se deja guiar, entre otras tentaciones, por una fascinación que no tiene fin: la de un raro rostro desconocido. Caras que escuchan caras que parlotean en público: Richard Dawkins, Elvis Costello, Patti Smith. Un muestrario de modos de persuadir o convencer. Cajas chinas: el uso del lenguaje en una biblioteca. Práctica que Wiseman registra también en las reuniones de administradores y funcionarios. El detrás de escena tiene un plato único: el financiamiento público y privado de esa ciudadela en miniatura. El documentalista ya había radiografiado las mecánicas del poder en diversas instituciones: un hospital, un museo, un departamento de policía, un zoológico, un ballet, una escuela, un loquero.

Frederick Wiseman posee una combinación no demasiado frecuente: es un artista técnicamente dotado con claras ambiciones de totalidad. Antes de que las suyas se conviertan en películas que pueden leerse, trabaja como un bibliotecario de borradores: filma entre cien y ciento cincuenta horas por proyecto, de las cuales destila unas tres horas promedio. El momento decisivo para él no es el mismo que para Henri Cartier-Bresson (una milésima); es dilatado y expansivo como una foto de su admirado Walker Evans.

El montaje habla por sí solo y por más esmero que despliegue –le lleva un año por película– un cineasta nunca controlará la lectura o fantasía interpretativa que inciten dos imágenes que se tocan. (Uno de los juegos que planteaban los guías de la National Gallery –sitio que inspiró otros de sus documentales– era el de hacer dialogar unos cuadros con otros).

En teoría, el cine –incluso, y a veces sobre todo, el documental– tiene intenciones más visibles que la literatura. Pero cuanto más largas las escenas, menos margen para intervenir, y en Wiseman sólo las de transición son cortas, dedicadas a las calles –al contexto– de cada sucursal de la Biblioteca de Nueva York. En un punto, los buenos documentales no parecen tener autor (aunque sí se reconoce la firma ante su familia de películas). Si su mano no se nota es porque más de tres horas pasan como si fueran menos de dos. O la mano de un autor se nota precisamente por eso. ¿Y si la sabiduría –la de un Wiseman, digamos– equivaliera a un truco?

Clarín.

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