«Truco callejero», por Nicolás Gatica Ceballos

El joven periodista tomense gestiona la radio escolar en el establecimiento educativo Nº 28 “General Juan Martín de Pueyrredón” y transcurre sus horas entre el amor a las letras, la música y el dictado de clases. Nos comparte en esta ocasión un texto de su portal «Gotas de Pétalos».

Nicolás, en su hogar, paladeando un nuevo relato a puño y letra.

Nicolás, en su hogar, paladeando un nuevo relato a puño y letra.

«…Es un sitio donde comparto el anclaje de mi interior, de mis sentimientos, mis vivencias, mis ilusiones, mis mentiras, mis aventuras en el mar de la existencia. Cada letra es un pétalo perteneciente a una flor, flor que pertenece al jardín de la vida, vida que intento expresar vagamente en palabras», dice Nicolás Gatica Ceballos acerca de su sitio Gotas de Pétalos.

El periodista oriundo de La Toma comparte en su sitio distintos escritos de su autoría. A continuación, uno de ellos:

Advertencia: el siguiente relato no es más que un pedazo de fantasía:

Ayer por la mañana iba caminando tranquilo cuando se me apareció un mago. El mago aparentaba ser inofensivo, tenía un gamulán marrón de aires setentones y los combinaba perfectamente con unas soberbias botas de búfalo. Parecía inclusive un frustrado artista, que en el afán de hacer auténtica su magia, más de una vez se comía un papelón.

No sé por qué, pero me eligió para su convincente truco callejero. Me tomó abruptamente del brazo, y empezó a pregonar falaces promesas sobre un acto jamás visto por los ojos de ningún ser humano.

—Lo que este hombre me pida, lo haré realidad, —dijo con tono comprador.

Entonces la gente, que caminaba tan de prisa, tan dormida de rutina, se paraba poco a poco alrededor nuestro. Recuerdo que había niños, abuelos, parejas, un público variable, y además un miedo espantoso invadió mi cuerpo, haciendo correr una fría gota de transpiración que la sentí escalofriante desde el cuello, pasando por la espalda y la cintura.

—Pídeme lo que quieras, —dijo el mago entre conjuros y muecas.

—¿Lo que quiera?, —contesté.

—¡Lo que quieras! No hay nada imposible para mí.

En ese instante me tomé un intervalo para pensar, hasta que creí pertinente contestar:

—Quiero “un segundo”.

El mago no sabía qué hacer. Por momentos pensé que quería matarme a golpes, sentí más mía que suya la vergüenza reinante. «Tal vez no debí haber pedido nada», pensé.

—¿No quieres pedir mejor millones de dólares, una casa en París, un cine en tu casa, o comprender el sentido de la vida? —preguntó desafiante el mago.

—Mira: si pido los millones se me escurrirán entre los dedos. Probablemente gastaré centavo tras centavo en cosas que no me dejarán nada, y al fin y al cabo seguiré siendo el mismo. Si pido la casa en París sería aburrido, no conozco a nadie en aquellos horizontes, y de hecho soy un hombre muy arraigado a mi suelo. Supongamos que pido el cine, en ese caso cometería una tontería ya que me desesperaría estar tan solo en medio de una pantalla. Y comprender el sentido de la vida no me interesa, porque a eso ya lo tengo.

Cuando mencioné las últimas frases la gente quedó muda. ¿Cómo iba a saber el sentido de la vida? Y el mago quedó más callado aún, pensando en cómo sacar adelante un show que se tornó abatido.

—Está bien —dijo—. Te concederé el segundo, pero antes dime: ¿qué harás con él?

—Usaré el segundo para besar un segundo más el sentido de la vida.

—¿Y cuál es el sentido de la vida?

—La inmensidad del océano de saliva, ese surco interminable que algunos ignorantes llaman “beso”. El sentido de la vida no es más que saborear la intensidad de aliento en un cruce cósmico de almas.

Nadie entendió qué diablos estaba diciendo, pero como la gente sintió aprecio, tal vez hasta lástima, el mago se apresuró y luego de las palabras mágicas concedió el deseo.

No lo podía creer nadie. Ni el mago, ni los abuelos, ni los nietos, ni las parejas, ni yo. Pero desde el árbol más grande surgió un reloj de arena rojizo, que tenía unas series de escrituras en latín y desde la base surgían esculturas perfectamente talladas.

Del reloj se desprendieron unos pequeños trozos de cristal, muy parecidos a los vasos que venden en las joyerías. Los cristales se fundieron formando un pequeñito reloj de arena y, por último, se posó el reloj padre debajo del pequeño, dejando caer -muy emocionado- una lágrima. La pequeña porción de agua fue cayendo lentamente, y mientras caía se transformaba en arena, y la arena fue a parar al reloj miniatura.

El mago tomó inmediatamente el instrumento del tiempo, pero una voz gritó:

—Alto ahí. Tú no eres mago. No eres más que una débil carcajada, un farsante, un déspota que no tiene idea de lo que es ser mago. Por el contrario el reloj sólo puede ser tomado por el hombre.

En ese momento tomé el reloj -algo tembloroso- y en un segundo tan hermoso, tan prójimo, pude besar al amor de mi vida en la inmaculada concepción de la aurora.

El público aplaudió, tan fuerte, que los empleados de negocios vecinos salían a ver qué sucedía. Aplaudieron durante un minuto completo, y pedían otro truco, muertos de éxtasis. Claro que pensaron que todo fue un buen show, una escenografía montada, un ingenioso guión, un buen sonidista. Nadie imaginaba que en verdad sucedieron las cosas.

Mientras la gente se retiraba a sus obligaciones, le dije al mago:

—Si bien eres un mentiroso, te agradezco porque me diste la posibilidad de besar, un segundo más, el sentido de la vida.

—¡Púdrete! —dijo el mago y se fue, pavoroso entre las multitudes, pues nadie le había dejado propina.

Nicolás Gatica Ceballos.

Edición para CdT: Sinforiano Digital.

Fotos: Facebook NGC.

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