Listado de la etiqueta: La Reserva Nacional Pushkin

Delicias cómicas del alma rusa

Autor casi secreto, se traducen La Reserva Nacional Pushkin y El oficio de un gran maestro de la vieja Unión Soviética. 

Delicias cómicas del alma rusa
Hipnótico. La poderosa prosa de Dovlátov se puede apreciar tanto en su ficción como en sus diarios.

Por Ezequiel Alemian

Ama usted a Pushkin?”.

El amor a Alexander Pushkin funciona como moneda de uso en La Reserva Nacional Pushkin, mezcla de parque recreativo y museo ubicada en el pueblo de Mijáilovskoie, cerca de la ciudad de Pskov, a unos kilómetros del Lago Peipus, en la frontera de Rusia con Estonia. De la Reserva forman parte la estancia familiar del poeta, una hacienda en la que vivían sus amigos, a los que solía visitar en sus largos paseos a pie, o a caballo, y un monasterio donde se encuentran los túmulos de sus ancestros. Desterrado en ese lugar entre 1824 y 1826, sostiene un artículo que en ese paisaje alcanzó Pushkin su madurez creativa. Ahí escribió El prisionero del Cáucaso, La dama de pique y Ruslán y Ludmila, mientras seguía trabajando su seminal “novela en verso” Eugenio Onieguin.

En las primeras páginas de La Reserva Nacional Pushkin, de Serguei Dovlátov, leemos que en ese lugar “cada rama, literalmente, cada brizna de hierba, respira por Pushkin. A cada rato esperas verlo aparecer por una curva”. Pero en la Reserva no quedan objetos del poeta, incluso se dice que no es de su abuelo africano, esclavo del zar, un retrato que se exhibe como tal.

Estamos a principios de los 80, en la Unión Soviética. Boris, el narrador, discutió con su mujer y viajó a la Reserva a buscar trabajo. Su mujer se quedó en Leningrado con la hija de ambos. En la Reserva Boris consigue un puesto como guía. Los recorridos con los turistas se hacen en micro y son extensos, tienen varias paradas. Vienen a visitar la Reserva contingentes de todas las repúblicas de la unión. Cada pueblo hace sus preguntas particulares. Lo esencial de su trabajo, dice Boris, consiste en realizar acotaciones lógicas que permitan pasar de una sala a la otra. Se trata de pensar “ligamentos”. De improvisarlos. Sus excursiones, dice, se caracterizan por “su manera libre de explicar”.

Instalado en un cuarto que alquila a un borracho, vuelve a leer la obra de Pushkin: lo que más le interesa, dice, es su olímpica indiferencia, su disposición para aceptar y expresar cualquier punto de vista. Boris es un hombre joven, está endeudado, ha sido cronista, tiene escritos muchos relatos que el Estado no le permite publicar. Su forma de comunicarse con los demás es a través de la ironía y del malentendido.

Dovlátov escribe como huyendo de las cosas y de las frases. Las nombra y las abandona. Si su mujer, irritada con sus evasivas, en una visita que le hace, para avisarle que piensa abandonar la URSS, le pregunta “¿de qué estás hablando?”, el narrador le responde: “¿de qué podemos hablar?”. Cada diálogo del libro, cada situación, es una pequeña pieza de dramaturgia, un acto. “Uno puede postrarse ante la inteligencia de Tolstoi. Sentirse admirado por la elegancia de Pushkin. Valorar las búsquedas morales de Dostoievski. El humor de Gógol. Y así sucesivamente. Y no obstante, el único a quien uno quisiera parecerse es a Chéjov”, aseguró Dovlátov en otro texto.

Hay una foto famosa que lo muestra junto a Kurt Vonnegut. Dovlátov era más grandote que Vonnegut. Sobre el cuerpo de Dovlátov escribió Joseph Brodsky: “Creo que le molestaba un poco, especialmente cuando era muy joven, y a sus maneras de portarse y de hablar les era propia cierta irónica afabilidad, como si quisiera justificar y disculparse por su exuberancia física. Pienso que esta fue en parte la causa de su decisión de volcarse a la escritura: la percepción de lo paradójico, lindante con el absurdo de todo lo que sucede –tanto afuera como dentro de su conciencia– era algo afín a todo lo que él había escrito”.

El oficio, de aparición inminente, está integrado por dos diarios íntimos: “El libro invisible”, firmado en Leningrado en 1976, y “El periódico invisible”, en Nueva York, en 1984. El “oficio” es el oficio de escribir. Sobre el primero señaló Dovlátov que era su “biografía creativa”. En ese momento Dovlátov tiene inéditas una novela, siete relatos y casi 400 cuentos. Babel, Gorki y Hemingway integran su declarada genealogía. Su forma de subsistencia es el periodismo.

Sus amigos se llaman Bítov, Maia Danini, Rid Grachov, Voskobóinikov, Leónov, Arro, Anatoli Naiman: “personalidades extraordinarias, atrevidos escritores principiantes”. Con Igor Efímov, Borís Vajtín, Maramzín y Gubin, efímeramente ha conformado un grupo, “Los ciudadanos”. “El ambiente literario es indispensable”, dice Dovlátov, “porque así el autor no puede abandonar su tarea”.

El “libro invisible” del título es La zona, que escribió de joven en Tallin, capital de la entonces república soviética de Estonia, cuando, recluta, se desempeñó como guardia en un campo del Gulag: “Los prisioneros del régimen de extrema seguridad y sus guardias se parecen desmesuradamente. Eso fue lo que traté de expresar”.

En 1967 envió el original del libro a la revista Novy Mir. El texto gustó, pero no fue aceptado. “Se siente como algo programado el rechazo demostrativo, un poco arrogante, hacia las deducciones, hacia las moralejas. El silencio acentuado (del autor) se convierte en una forma de presencia, en un sistema de visión despiadado”, escribió la crítica convocada por la revista para evaluar el libro.

Las cartas de rechazo se suceden. Los cuentos gustan a todos, pero nadie quiere publicarlos. Es el camino del “joven autor progresista”: “Gente torturada, llena de amor propio. El fracaso oficial se compensa con una vanidad enfermiza. Los años de existencia lamentable se reflejan en la psiquis. El alto porcentaje de enfermedades psíquicas da testimonio de ello”.

Cuando finalmente parece que podrá publicar, un incidente vuelve a paralizar la edición, hundiéndola en un sinfín burocrático. Escribe Dovlátov: “Yo quería descubrir a la persona concreta que manejó mi destino a su antojo. Encontrar la fuente real de mi fracaso incondicional. Pero esa persona quedaba en la oscuridad. En su lugar actuaban marionetas, fantasmas, sombras…”.

“Dovlátov”, escribió Brodsky en 1991, un año después de la muerte de su amigo, “aspiraba al laconismo máximo en el papel, a la concisión mayor, tan afín al lenguaje poético; a la concentración máxima de una expresión. Aquel que se expresa de esta manera en ruso debe pagar mucho por su estilo. Somos una nación multiverbosa y enredada; somos gente de la oración subordinada, del adjetivo arremolinado. El, que habla corto, más aún, él, que escribe corto, nos desalienta, como si quisiera comprometer nuestra exuberancia verbal”.

En 1979, Sérgei Dovlátov cruza el Atlántico con su mujer, su madre y su hija. No sabe inglés. Lanza en Nueva York un periódico para emigrados. El New Yorker publica un cuento suyo. Tiene agente, firma contrato para editar su primer libro. Es lo que cuenta “El periódico salvaje”, el segundo de los diarios incluidos en El oficio.

En Estados Unidos publicó doce libros. Murió a los cincuenta años, de una insuficiencia cardíaca. Había nacido en Ufá, capital de Baskiria, hoy Baskortostán. Hay otros cuatro títulos suyos traducidos al español: Los nuestros, La maleta, El compromiso y La zona.

La Reserva Nacional Pushkin y El oficio, de Sérgei Dovlátov. Editorial Añosluz.

Fuente: Clarín