«Por el coraje de imaginar», de Gabriela Pereyra

“Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.


Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.

Con este relato corto Eduardo Galeano describe en “Celebración de la Fantasía” que a veces sólo se necesita un poco de imaginación y, si se te antoja, verás hasta tus alas.
Por eso hoy, venimos a pedirle a la ciencia que a veces nos consulte si queremos dejar de fantasear. Porque nuestros monstruos, son nuestros monstruos, y con ellos nos divertimos, nos asustamos, nos asociamos. Los hacemos crecer hasta el infinito y más allá. A los refutadores de leyendas también les decimos: ¿pero ustedes no tuvieron infancia? A esos que se dedican a descubrir el truco del mago y se pierden la magia del truco, les exigimos que paren. Hay límites.
Resulta que ahora vienen por una de esas historias favoritas, la leyenda del monstruo del lago Ness que habita en aguas de Escocia. Vienen por Nessie, a decirnos que no es un monstruo, que no es un misterio, que no es nada fascinante, que ya no podremos soñar excursiones buscando la valiosa foto en primer plano que agigante su fama y capacidad de escapismo. Hubo gente que cambió su vida persiguiendo a Nessie por más de 30 años, y más de un millón de personas han visitado el lago Ness y sus alrededores año tras año, aportando, por cierto, a la economía unos US$40 millones. Jonathan Downes, director de la fundación Centre for Fortean Zoology, asegura que la leyenda del monstruo data del siglo VI. Sin embargo, no fue hasta la década de 1930 cuando realmente comenzó su popularidad. Una serpiente marina gigante, un dinosaurio marino cuello largo atrapado en el tiempo, una criatura jurásica, como sea, es de la absoluta propiedad de nuestra fantasía. Su fama es mundial y hasta es marca registrada.
Pero claro, nos quieren mostrar “el truquito” y descategorizar al pobre monstruo convirtiéndolo en anguila. Un equipo de investigadores de Nueva Zelanda trabajó para catalogar todas las especies que habitaron en el famoso lago de Escocia mediante la extracción de ADN de muestras de agua. Tras realizar los análisis, los científicos descartaron la existencia de animales de gran tamaño con los que, según otras teorías, se podría haber confundido con el legendario monstruo en el pasado. No encontraron pruebas, por ejemplo, de que en el lago habitaran plesiosaurios (un reptil gigante prehistórico) o peces de gran tamaño similares al esturión. También rechazaron las teorías de que Nessie fuera un bagre gigante o un tiburón errante de Groenlandia. Dicen que «una cantidad muy significativa de ADN de anguila» fue encontrado, «no podemos descartar la posibilidad de que lo que la gente ve y cree que es el monstruo del lago Ness pudiera ser una anguila gigante», concluyó Gemmell.
Las anguilas juveniles, conocidas como angulas, llegan a los ríos y lagos escoceses después de migrar más de 5.000 km desde el Mar de los Sargazos, cerca de las islas Bahamas, donde estos animales ponen sus huevos.
Pobre Nessie, qué ofendido debe estar, sumergido pero en la tristeza, evaluando si realmente su público lo merece. Quién sabe si decida no aparecer más con su espectáculo. Pero seguro recuerda que él también fue pequeño y que no se le puede hacer esto a los que conservan imaginación de niño y no olvidan su curiosidad innata. Quizás todavía piense en sus amigos de otras leyendas, o en su primo “Nahuelito” que habita en un lago de la Patagonia argentina y le hizo llegar aquel mensaje que lo conmovió: “Cuando sea grande, quiero ser como vos”.
Así que sépanlo; si vienen también por nuestro Nahuelito encontrarán a “la resistencia”, esa que conformamos todos los que no perdemos el coraje de imaginar.

Nota escrita por Gabriela Pereyra para el semanario La Opinión.

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