La voz de El Trapiche

Aunque nació en Nueva Galia, Martín Grillo le puso sonetos al paisaje envuelto por la música del río. Dos nietos cuentan qué lo inspiraba a crear y cuál es el legado de quien fue declarado “Tesoro viviente de la cultura provincial”.

Aunque nació en Nueva Galia, Martín Grillo le puso sonetos a El Trapiche durante más de 25 años.

Aunque nació en Nueva Galia, Martín Grillo le puso sonetos a El Trapiche durante más de 25 años.

Grillo es un poeta esperanzado. Los objetos y seres que salen de su pluma ante la muerte cambian de forma. Esa estela recorre sus 14 libros, plagados de rimas que laten con el paisaje. Pero el autor no se limitaba a contemplar, sino que sembraba la palabra en el pueblo donde vivió más de 25 años.

Las ediciones caseras que su nieta María Bonicato exhibe sobre la mesa de su abuelo dan cuenta que le preocupaba compartir más que lucir. Las 46 bibliotecas hogareñas que creó en casas de familias de El Trapiche y alrededores, señalan el porqué fue distinguido como “Tesoro viviente de la cultura de la provincia”.

“Martín Grillo es un bardo del pueblo, poseedor del sano optimismo de los hombres buenos y de la hondura de los creyentes fieles”, lo describió María Delia Gatica de Montiveros en el libro “Pequeña historia de las letras puntanas”. Liberato Tobares, Hugo Fourcade, y Jerónimo Castillo son otros de los autores que prologaron al poeta de la Generación del 40. En “El Viaje del Poema, mapa documental de la poesía puntana”, Gustavo Romero Borri también le dedicó unos párrafos.

“Para don Martín el día comenzaba temprano. Aún a oscuras, preparaba el mate mientras decía en silencio una plegaria, y luego junto al canto del zorzal, disfrutaba de las primeras luces del alba a través de la ventana”, cuenta su nieto Maximiliano Atencio, en la selección de poemas de su abuelo “Volver a los siete caminos”, recientemente presentada. María agrega que Grillo trabajaba a diario con las letras así como el carpintero con la madera.

Con un anotador en mano, cada mañana recorría cualquiera de los siete caminos, simbolizados en las tapas de sus libros como una estrella que converge en El Trapiche. Río Grande, Los Siete Cajones, Virorco, Barranquitas, La Florida, El Mirador y Cuesta Blanca, son los rumbos que también están presentes en su obra. El último punto ya no existe porque era un sitio pequeño, bautizado sólo por Grillo.

Bonicato aún continúa con la simbología. En su casa de El Trapiche ha repartido coloridas placas de cemento con los siete caminos.

“Él tiene para mí tiene tres partes de su obra: cuando le escribe a El Trapiche como entorno natural. Otra parte que es la familia. Y cuando escribe a los acontecimientos de la comunidad”, explica.

Otro poeta de la afirmación

Así como Agüero, Grillo no conoce postura agónica en sus versos. Esa influencia quizás puede rastrearse cuando se recibió de maestro en la Escuela Normal “Juan Pascual Pringles” de la ciudad capital, ya que sus dos compañeros fueron el merlino conocido como el “Capitán de Pájaros” y Amílcar Urbano Sosa.

Su madre, quien también atravesaba con tierna esperanza su lírica, lo acercó a las letras. Ella ejercía como directora en la escuela de Nueva Galia -al sur provincial- fundada en 1910, donde después enseñaría su hijo. Bagual, Fortuna y El Durazno fueron otros paisajes en los que Martín ejerció.

Posteriormente, como presidente del Consejo Provincial de Educación, subsecretario del Gobierno de la provincia de San Luis en dos oportunidades, vocal gremial de la Caja de Jubilaciones, intendente municipal de la ciudad de San Luis y comisionado en El Trapiche, fue uno de los fundadores del Instituto Sanmartiniano y, en El Trapiche, fue presidente de la Cooperativa de Agua Potable como miembro fundador.

Tras jubilarse, en su amado rincón, Grillo creó además una biblioteca pública. Hoy una calle lleva su nombre en El Trapiche, cuyo museo atesora su escritorio, la máquina de escribir, y parte de su biblioteca.

“Era maestro. Sobre todo llevaba en la sangre acompañar al otro para descubrir cosas de la vida”, describe Bonicato.

Maximiliano, quien estudia Filosofía en Córdoba y trabaja en la Fundación Vivir Agradecidos, señala que el libro de Buscaglia “Vivir, amar y aprender” inspiró a don Martín para publicar “Vivencias”, que fue elogiado por el autor norteamericano así: “Enseñar a otros a amar es la tarea más estimulante, emocionante y fecunda que uno pueda imaginar. Continúe viviendo en amor, y compartiendo su calidez expresiva con los muchos que lo necesitan”.

María, docente de la Universidad de La Plata, resume el legado literario de su abuelo: “Hacer de la poesía algo accesible. Creo que estamos muy acostumbrados como sociedad a pensar que los libros son para algunos y que a la literatura acceden sólo unos pocos. Me parece que el abuelo lo que hacía era que fuera simple, que te diera ganas de escribir”.

La voz de El Trapiche

Nacido el 20 de octubre de 1916, embriagado por la música del río, Grillo deslizó párrafos por donde aún pasa el frescor de la arboleda “trapichense” hasta colarse en los hogares.  “El sol atravesando la cortina/ dibujada en el piso un arabesco./ Al mirarlo, voló mi fantasía,/ y una hermosa excursión viví entre sueños./”, poetiza. Lo cotidiano en su voz adquiere otra dimensión. “Miré los leños del hogar que ardían/ en un inquieto entrelazar de llamas/ y en brazos de ese extraño laberinto/ me atrapó su embrujada salamandra./”.

“En uno de sus versos dice que volverá cada vez que alguien lea sus sonetos”, comparte con emoción su nieta.

El poeta habla de milagros, ángeles, comunión con seres queridos ausentes, etéreos viajes y el amor redentivo. Es que el catolicismo alimentó su cosecha literaria.

“Le puso palabras a la belleza de El Trapiche y a su gente”, sentencia María.

El prolijo rimador no sólo difundía sus textos en concursos, revistas, diarios, radio o televisión sino que también visitaba escuelas.

A Bonicato se le nubla la vista cuando recuerda que su abuelo le regalaba poemas, cuando fue distinguido como tesoro viviente, y cuando lo premiaron desde el Ministerio de Cultura de la Nación.

El poeta murió en la ciudad capital, el 14 de noviembre de 1996, a los 80 años, pero sus restos, junto a los de su esposa Alicia Gola, descansan en El Trapiche.

Maximiliano considera: “En un mundo en el que cada vez más se tiende a medir el desarrollo humano por los avances tecnológicos y el crecimiento económico, Martín Grillo, maestro rural y poeta enamorado, nos enseña el camino hacia la verdadera plenitud: el asombro ante la belleza, el amor vivido en familia, la solidaridad, la honestidad, la fe y la confianza en Dios”.

Con una orgánica arquitectura de sonetos, en vida Grillo enseñó a gustar la poesía. Luego de leerlo es imposible no fundirse con su canto en el río.

Fuente: Agencia de Noticias San Luis.

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